El bebé del Jefe

• Mereces todo lo bueno, sin tener que hacer nada •

—¿Entonces no vas a dormir?—Consulta, de manera juiciosa, mientras veo el techo, sintiendo los mimos que hace con sus dedos en mi cabello.

—No—murmuro, serio—. Es día de insomnio, Maeve—se remueve, buscando mi atención que recibe de inmediato al no querer dejarme solo.

—Pues... Hablemos de algo, lo que sea—pide, con la cabeza sobre su palma, de costado.

—¿De qué quieres hablar?—Encoge los hombros, cubierta un poco más al dejar mi pecho descubierto, para que no vea demasiado el suyo.

No es que tenga intenciones de ver su cuerpo, ni de hablar sobre él, mas bien, intenta evitar que me pierda en ese espacio o que haya otro evento donde ninguno diga nada relevante sobre su vida.

Creo que también es algo que cada uno se merece, después de todo, no tengo intenciones de perder el interés hacia ella, aunque no sé si corro peligro ante lo que siente por mí.

De todas formas, no me inquieta en lo absoluto lo que pase; quiero pensar en algo diferente, que no sea el que no puedo cerrar los ojos.

—Estoy viendo qué se me ocurre—libera, con un pico que apenas dura un segundo y del que apenas me logro reponer.

Miro a otro lado, intentando buscar con qué cubrirme, a pesar de que el frío no es igual a la primera vez que vino; tiro de la manta que encontré, puesto que el hecho de que no tenga sueño, no significa que quiera congelarme con la temperatura y menos a esta hora.

Levanto el brazo, tomando el control para graduar los números al punto más cálido, seleccionando el botón que hace que salga del piso la pequeña chimenea.

Mivi da un pequeño sobresalto ante la impresión, elevado al verla, mientras sacude el rostro.

—¿Puedes...?—La veo, sin deseos de fijarse demasiado en el objeto al cambiar de posición, captando de inmediato que no quiere nada de eso.

De hecho, casi pude notar que se tragó un grito de espanto ante la impresión por lo que hice.

—Maeve...

—Ocúltalo. No quiero ver eso—farfulla, entre los dientes al apretar el edredón contra ella—. Por favor—musita, bajando un poco la guardia.

El fuego que se ha encendido, es debilitado por el sistema en el suspiro, logrando apagarlo y guardar de nuevo la herramienta que durante mucho, estuve ocultando.

—¿Pasa algo?—Tanteo en el espacio. Mivi no reacciona de inmediato.

No me ve, ni se gira, lo que hace que la sensación del ambiente, se vuelva un poco tensa por la forma en la que está, mirando lo que tiene ante sus ojos, apretando más los brazos y la tela de la sábana.

—Había una de esas en la casa y yo solo..., solo miraba eso—murmulla, entrecortada.

Bajo la cabeza, deduciendo que eso activó más de lo que pensé, temiendo siquiera tocarla justo ahora.

—N-No..., Lo siento—susurro, alzando apenas los dedos en el deseo de tocar su antebrazo, aunque lo evito al ver que el simple gesto la hace renegar.

sin dar el frente al tomar asiento en la cama.

—No sabía..., bueno, yo..., es claro que no, pero debí avisar y preguntar—emito, sin que dé el frente, sentado en la cama.

Toma un tiempo que lo procese, por lo que no actúo, sino que dejo que cada emoción se acomode en el sitio, despacio.

Paso la saliva en tanto empieza a girar, mirando arriba unos minutos.

—Lo lamento—enuncia, volviendo a verla en esa inspección que parece más de culpa por su reacción, que molestia por lo ocurrido—. Disculpa, Farouh—niego, tomando su mano en cuanto observo, ya boca arriba.

—No, mi amor—digo, claro—. No es nada—traga, sin mucha opción más que dejarme, porque no es algo que pienso pelear—. Lo que sí me gustaría es que duermas un rato.

—¿Y tú?—Habla, extrañada, en tanto salgo del colchón, alzada en el lecho.

—Trabajaré algo de lo que tenga pendiente—expido, yendo por una bata al baño.

—Hace frío—apenas giro para verla fingir un titiriteo, elevando la ceja por su imperiosa capacidad de querer llevarme la contraria a su antojo, aunque tampoco tengo muchas ganas de pelear por ello.

—Usa la manta—señalo, en un esquivo al caminar en dirección a la cocina.

—¿Cuál?—Suelto una carcajada al ver que la hace un bollo y la pone debajo de la almohada, buscando una excusa necesaria para no estar sola.

—Esa que tienes bajo tu cabeza—apunto, desde la encimera.

Tomo un vaso de agua, sin dejar de sonreír, al verla remover su cuerpo, tratando de que no sea notorio el bulto bajo el objeto de reposo.

—No tengo nada—tantea, sin dejar de reír—. De hecho, creo que tu cama tiene como un sensor o algo; mira cómo me levantó—vuelvo a reír, entregado a la emoción al sacudir la cabeza, perdido en la chispa que me causa esta mujer—. No me acostumbro—murmura, haciendo un puchero que hace apriete un poco el vaso, dejando de respirar ante lo que causa—. Sabes que no se compara al tamaño de la mía, que es más chiquita y que casi destruyes, por cierto—detalla—. No encajaría aquí.

—¿Para qué quieres que encaje? No tengo intenciones de dormir separado de ti—declaro, captando su mirada que vuelve a la mía—. ¿Tú sí?




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