El beso de la Luna

24. La Paz de la Luna y la Furia de la Loba. I

(Parte I: La Reunión)

El Gran Salón de los Alfas Ancestrales apestaba a testosterona rancia y orgullo herido. Las antorchas chisporroteaban, iluminando los rostros enrojecidos y las venas palpitantes de Kaelen, Alfa de las Rocas Grises, y Lycus, Alfa del Río Veloz. La disputa por las putas tierras fronterizas había llegado a un punto de ebullición, amenazando con desatar una guerra generacional.

"¡Esas tierras son nuestras, mocoso engreído!" rugió Kaelen, su voz áspera como piedras de moler. -"Mis ancestros derramaron su sangre para defender cada maldito metro. ¡Tu manada no era más que un puñado de cachorros temblorosos cuando nosotros ya cultivábamos esos valles!"-

-"¡Viejo senil!"- replicó Lycus, su voz juvenil cargada de veneno. -"Tus 'ancestros' eran unos ladrones codiciosos que se aprovecharon de la debilidad de los nuestros. ¡Esas tierras nos pertenecen por derecho! ¡El río mismo lo atestigua, serpenteando ahora dentro de nuestras fronteras!"-

-"¿El río? ¡El río cambia de curso como una puta veleta! ¡No tiene valor como frontera!"- escupió Kaelen, golpeando la mesa con un puño huesudo que hizo temblar los pergaminos. -"¡Es la tradición, la sangre derramada, lo que marca la propiedad, imbécil!"-

-"¡Tu tradición está obsoleta y tu sangre ya se ha secado!"- siseó Lycus, poniéndose de pie, su cuerpo tenso como un resorte a punto de saltar. -"¡Necesitamos esas tierras para alimentar a nuestra gente, anciano egoísta! ¡Tu tiempo ya pasó!"-

El aire se cortaba con un cuchillo. Los otros Alfas observaban en silencio, algunos con anticipación sombría, otros con un cansancio ancestral ante la repetición de este conflicto interminable. Arick, el Rey Alfa de la Manada del Norte, permanecía sentado, su rostro imperturbable en medio del torbellino de insultos. A su izquierda, Rhysand anotaba con una calma exasperante, mientras que a su derecha, Luna observaba la escena con una serenidad que parecía ajena a la furia desatada.

-"¡Voy a reclamar lo que es mío, aunque tenga que arrancarles la piel a cada uno de tus lobos!" bramó Kaelen, sus ojos inyectados en sangre.

-"¡Inténtalo, viejo decrépito, y te enterraré con tus putas tradiciones!" respondió Lycus, sus garras asomando ligeramente.

El enfrentamiento físico parecía inevitable. Fue entonces cuando un silencio repentino e inexplicable cayó sobre el salón. La tensión palpable se disipó como por arte de magia. Los rostros enrojecidos de Kaelen y Lycus se suavizaron, la furia en sus ojos se atenuó, reemplazada por una confusión palpable. Se miraron el uno al otro, parpadeando como si hubieran olvidado por qué estaban a punto de destrozarse.

Arick, que hasta ese momento había mantenido una compostura impenetrable, sintió un ligero cambio en la atmósfera. Su mirada se desvió hacia Luna y la vio. Sus ojos plateados brillaban con una intensidad suave, su mano derecha descansaba discretamente sobre la mesa, los dedos ligeramente extendidos. Una sutil calma parecía emanar de ella, una energía tranquila que envolvía la furia del salón. En ese instante, comprendió. Era ella. Sin una palabra, sin un gesto evidente, su Luna estaba tejiendo una red de paz a su alrededor. Lentamente, extendió su mano y tomó la de ella bajo la mesa, apretándola suavemente, un reconocimiento silencioso de su poder y su amor.

Finalmente, con los ánimos misteriosamente apaciguados, la discusión se retomó con un tono más civilizado, aunque aún cargado de desconfianza. Se lograron concesiones a regañadientes, un acuerdo precario que, aunque no satisfacía plenamente a ninguno de los contendientes, evitaba por el momento el derramamiento de sangre.




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