En un rincón olvidado del mundo, bañado por la luz espectral de una luna menguante y oculto por la espesura de un bosque ancestral, un hombre curtido por la amargura y alimentado por el rencor apretaba los puños hasta que sus nudillos se volvían blancos. El fracaso de su elaborada emboscada contra el Rey Alfa lo consumía como un fuego lento. Cada detalle del plan fallido, cada lobo renegado caído sin lograr su objetivo, era una punzada más en su corazón envenenado.
"¡Maldito seas, Arick!" siseó entre dientes, su voz áspera como el roce de piedras. La frustración lo carcomía, la imagen del Alfa ileso, desafiante incluso ante la muerte, grabada a fuego en su mente. Había dedicado semanas a urdir esa trampa, a manipular a los renegados desesperados, y todo había sido en vano. Pero la derrota no lo doblegaría; solo avivaría la llama de su odio, haciéndola arder con una intensidad aún mayor. Acabaría con ese maldito Rey Alfa, cueste lo que cueste.
Sin embargo, en medio de su furia ciega, una chispa de curiosidad comenzó a encenderse en su mirada turbia. Los informes de sus informantes, aunque escasos, mencionaban un factor inesperado en el reciente enfrentamiento: una mujer. La acompañante del Alfa, una figura aparentemente frágil pero que había luchado con una ferocidad sorprendente, desatando poderes elementales y acompañada de una loba blanca espectral.
Una sonrisa lenta y escalofriante comenzó a curvar sus labios, una mueca que revelaba una mente retorcida. La situación, que antes lo llenaba de rabia, adquiría ahora un matiz intrigante. La llegada de esta "Luna" a la manada del Alfa había introducido una variable fascinante, un elemento de poder desconocido que despertaba en él una nueva clase de interés.
Sus ojos brillaron con una luz enfermiza, una mezcla de codicia y una creciente obsesión. "Así que el maldito Alfa tiene una compañera," murmuró para sí mismo, su voz ahora teñida de una excitación perversa. "Y al parecer... es poderosa." Los informes sobre sus habilidades, sobre la extraña calma que irradiaba y la furia elemental que desataba, alimentaban una idea peligrosa en su mente.
Ya no se trataba solo de destruir al Rey Alfa. Ahora, la presencia de su Luna lo había desviado hacia un objetivo mucho más... personal. La quería. Quería ese poder para sí mismo, quería poseer esa extraña combinación de fragilidad y fuerza. La imagen de la loba blanca espectral danzaba en su mente, despertando en él una fascinación oscura y retorcida.
Una risa baja y gutural escapó de su garganta, resonando en la oscuridad del lugar. "Interesante... muy interesante," repitió, sus ojos fijos en la nada, visualizando a la mujer de cabello blanco y mirada intensa. El odio hacia el Alfa seguía ardiendo, pero ahora se entrelazaba con una nueva obsesión, un deseo voraz de poseer a su Luna.
La emboscada fallida no había sido el final; había sido el preludio de un nuevo y peligroso juego, donde la posesión de la poderosa Luna se había convertido en su objetivo primordial. El Rey Alfa pronto lamentaría el día en que encontró a su compañera, porque ahora, ella era el premio que este hombre, consumido por la oscuridad, ansiaba más que la propia venganza.
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Editado: 19.07.2025