_“Jamás reveles lo que tus ojos descubren. Lo que ves no pertenece a este mundo, y el mundo llamará locura a tu verdad. Y los locos terminan en manicomios… pero tú no debes estar allí. Tú naciste para ser libre.”_
— Louise Dubois.
12 de Diciembre de 2025, 14:15.
Lugar: Cementerio de Gravenmoor.
Evento: Funeral de Louise Dubois.
La tela del vestido negro me aprieta como una mordaza. Es áspera, ajena, como si alguien más me hubiera obligado a vestirla. Tengo ganas de arrancármelo, de liberarme de este disfraz de luto que no me pertenece, pero sé que sería un escándalo. Y en Gravenmoor, los escándalos son alimento para las bocas que nunca se cansan de murmurar.
El padre Belmont habla con voz solemne, palabras que se pierden en el aire frío y húmedo. Intento concentrarme, pero su sermón es un murmullo distante, incapaz de atravesar el muro de mi dolor. Mis ojos se clavan en el ataúd de caoba brillante como si la muerte mereciera lujo. Una única rosa roja descansa en el centro, insolente en su belleza. La última ofrenda a mi madre.
El pecho se me oprime. Nunca volveré a escuchar su voz. Nunca volveré a sentir la calma que solo ella podía darme. Y mientras el ataúd comienza a descender lentamente hacia la tierra, siento que mi mundo se hunde con él.
El crujido de las sogas, el golpe seco de la madera contra la fosa. El silencio se vuelve pesado, casi insoportable. Y entonces, como si la ceremonia exigiera un guion, las personas se acercan una por una.
—Lo siento mucho, Aurora —dice la señora Whitmore, con esa sonrisa que nunca me dedicó en vida.
—Tu madre era una gran mujer —añade el señor Clarke, que jamás cruzó palabra con ella.
—Debes ser fuerte ahora —me aconseja la señorita Hayes, la misma que siempre me miró como si fuera un error.
Cada palabra es un cuchillo envuelto en terciopelo. Pésames vacíos, frases aprendidas, lástima disfrazada de compasión. Los escucho y sé que ninguno de ellos conoció realmente a Louise Dubois. No lloran por ella. Me miran a mí, y lo que sienten no es dolor, es alivio. Eso era lo que veía en sus ojos: el alivio de que la bruja del pueblo ya no existiera. Sonreí ante el apodo que nos lanzaban a escondidas, como si fuéramos demasiado ingenuas para notar sus cuchicheos. Mi madre nunca se esforzó en acallar los rumores; al contrario, parecía disfrutarlos, alimentando cada susurro con su misterio.
Yo asiento, murmuro un “gracias” automático, pero por dentro ardo. Puedo palpar la falsedad en cada gesto, en cada mirada que se posa sobre mí como si fuera un animal raro. No me han querido nunca. Desde niña fui la intrusa, la que no encajaba, la que hablaba sola y veía cosas que ellos no podían ver. Ahora me observan con lástima, como si mi soledad fuera un espectáculo.
El ataúd desaparece bajo la tierra, y con él, la única persona que me protegía de este mundo. La única que me entendía.
Y entonces, como una punzada en la sien, las visiones regresan. Entre los rostros de los asistentes, por un instante, las máscaras se desdibujan. Donde debería haber vecinos comunes, veo sombras alargadas, ojos que brillan demasiado, bocas que se curvan en sonrisas imposibles. Criaturas disfrazadas de humanidad.
Parpadeo, y vuelven a ser personas. Pero sé que no fue un error, esto me recuerda que debo tomar mi medicina, pero al mismo tiempo tengo que administrar lo que me queda ya que era mi madre quien la preparaba. Y sé que mi madre ya no está para ocultar lo que soy. Una lunática.
Mientras todos me rodean con sus condolencias falsas, yo solo pienso en lo irónico de este funeral: ellos creen que me acompañan en el dolor, pero en realidad, lo único que siento es que estoy más sola que nunca… y más expuesta de lo que jamás he estado.
Cuando por fin todos se han ido del cementerio, siento que puedo respirar. El silencio me envuelve como un manto pesado, distinto al murmullo hipócrita de los pésames vacíos. Camino despacio hacia el espacio de tierra recién removida, el lugar donde mi madre descansará por toda la eternidad. Me detengo frente a la lápida de granito gris, aún húmeda por el rocío.
“Aquí descansa Louise Dubois. Amada madre y esposa. Esperamos que logre reencontrarse con su esposo en el otro lado.”
Mis ojos se deslizan hacia la lápida contigua, la de mi padre. El ramo de flores que dejé el mes pasado yace seco, los pétalos caídos forman una alfombra marchita sobre el césped corto.
—¿Por qué ambos tuvieron que dejarme tan pronto? —pregunto al aire, con la ingenua esperanza de escuchar una respuesta.
Mi padre, Nathaniel Ravenscroft, se fue incluso antes de que yo naciera. Solo tengo una vieja fotografía: un hombre de mirada intensa, cabello oscuro y sonrisa que nunca conocí. Y ahora, mi madre… arrancada de mí por una borracha al volante.
—Es increíble, mamá… por una maldita imprudencia te perdí.
Me arrodillo frente a las dos lápidas, mis dedos rozan las letras grabadas en la piedra fría.
—Papá… nunca te conocí, pero siempre te busqué en los ojos de mamá. Ella decía que yo tenía tu carácter, tu forma de desafiar al mundo. ¿Es cierto? ¿Me ves ahora? —mi voz se quiebra, y las lágrimas caen sin permiso.
—Y tú, mamá… ¿por qué tuviste que dejarme sola? ¿Por qué no me enseñaste cómo seguir sin ti?
El viento sopla entre los cipreses del cementerio, arrastrando hojas secas que crujen bajo mis pies. El cielo comienza a teñirse de naranja y púrpura; el día se acerca a su final. Miro el reloj: son casi las seis de la tarde. En dos horas debo entrar a mi turno nocturno en el hospital. Pero antes… necesito volver a casa.
Me dirijo al estacionamiento y subo a mi auto: un sedán pequeño, gris. El motor ruge suavemente y avanzo por las calles de Gravenmoor.
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Editado: 04.09.2026