La luz de la luna bañaba el Bosque de Cristal, donde los árboles de plata reflejaban destellos azulados y el aire olía a mirra y secretos. Lysandra, la joven hechicera del Clan de la Luz, avanzaba con paso sigiloso entre los tallos translúcidos, su túnica blanca ondeando como una sombra etérea.
—No deberías estar aquí, intrusa—una voz cortante la detuvo en seco.
Desde las sombras emergió Kael, el Príncipe de las Sombras, envuelto en una capa negra que parecía devorar la luz. Sus ojos, dorados como el fuego fatuo, la estudiaron con frialdad.
—Y tú, ¿qué haces lejos de tu reino de tinieblas?—respondió ella, alzando la barbilla.
—Cazando—susurró él, acercándose hasta que Lysandra sintió su aliento en el rostro—. Pero parece que la presa me ha encontrado primero.
—No soy presa de nadie—la hechicera extendió la mano, y una esfera de luz blanca pulsó entre sus dedos—. Ni siquiera de un príncipe con aire de lobo hambriento.
Kael rio, un sonido grave que hizo temblar las hojas de cristal.
—¿Luz contra sombra, entonces?—desafió, y su propia sombra se alargó como una serpiente viva, enroscándose alrededor de sus botas—. ¿Cuánto durará tu estrella antes de que la devore la noche?
—lTanto como tu oscuridad antes de que la parta en dos—Lysandra apretó la esfera, y la luz se expandió en un círculo que obligó a Kael a dar un paso atrás.
Permanecieron así, frente a frente, magia contra magia, hasta que un grito lejano rompió el duello. Ambos voltearon: en la ladera del bosque, una criatura de escamas negras y ojos de carbón emergía del suelo, arrancando árboles de raíz.
—Un dracón de ceniza—masculló Kael—. ¿Trabajas para los Señores del Vacío, hechicera?
—¿Yo?—Lysandra soltó una risa amarga—. Eso es obra de tu gente. Solo los de las Sombras domestican esas... aberraciones.
—Entonces corre—el príncipe desvainó una espada de obsidiana que parecía absorber la luz—. Porque si no matamos a esa bestia, ninguno de los dos contará esta historia.
Lysandra vaciló. Su deber era regresar al Santuario de la Luz, advertir a su clan. Pero Kael ya avanzaba hacia la criatura, su sombra proyectándose como un ejército de bultos danzantes.
—Maldición—susurró ella, y corrió tras él.
El dracón rugió, escupiendo fuego negro que convertía el cristal en polvo. Kael esquivó, cortando el aire con su espada, mientras Lysandra canturreaba en la lengua antigua:
—"Lux aeterna, veni ad me..."
Un haz de luz cayó del cielo, clavándose en el ojo izquierdo de la bestia. El dracón aulló, tambaleándose, pero su cola golpeó a Kael, lanzándolo contra un árbol.
—¡Príncipe!—Lysandra corrió hacia él, ignorando el fuego que se acercaba.
Kael escupió sangre, pero sonrió con sorna.
—¿Preocupada por mí, estrella?—jadeó—. Casi me haces creer en la compasión.
—Cállate y ayúdame—ella posó las manos sobre su pecho, y la luz se filtró por sus dedos, cerrando las costillas rotas.
—Tu magia... duele—siseó él, pero se incorporó—. Pero duele menos que morir.
Juntos se alzaron. Lysandra creó un escudo de luz mientras Kael su espada se volvía más oscura, absorbiendo la sombra del bosque.
—A la cuenta de tres—dijo ella—. Uno... dos...
—Tres—ambos atacaron al unísono.
La luz y la sombra colisionaron contra el dracón en una explosión que hizo llorar al cielo. Cuando el polvo se asentó, la criatura yacía convertida en ceniza, y ellos estaban de rodillas, jadeando, a un metro de distancia.
—Trabajas bien para alguien que odia mi raza—murmuró Kael.
—Y tú luchas como si tu vida dependiera de la mía—respondió Lysandra, limpiándose la sangre del labio.
Se miraron. Por primera vez, sin odio. Solo... curiosidad.
—¿Cuál es tu nombre, hechicera?—preguntó él, extendiendo la mano.
—Lysandra—ella la tomó, y un escalofrío les recorrió a ambos cuando la luz de sus dedos tocó la sombra de los suyos—. ¿Y el tuyo, príncipe de las tinieblas?
—Kael—su voz se suavizó—. Y aunque nuestras razas estén condenadas a la guerra...
—...esta noche—Lysandra terminó—, solo fuimos dos almas contra una bestia.
Se alejaron lentamente, pero antes de perderse entre los árboles, Kael la llamó:
—Lysandra... la próxima vez que nos encontremos, ¿seremos enemigos o algo más?
Ella no respondió. Solo sonrió, y su sonrisa fue más peligrosa que cualquier hechizo.
—Eso depende de cuánto estés dispuesto a arriesgar, príncipe.
Y desapareció en la luz de la luna, dejando a Kael con la sombra de su risa grabada en la piel.