El Beso Que No Existe

capitulo 4

La niebla era un animal que lamía los tobillos y mordisqueaba los recuerdos. Se llamaba Olvido, y solo vivía en el valle donde Kael y Lysandra habían decidido —sin saberlo— encontrarse cada cien años cuando la luna se olvidara de fases. Él bajaba por el sendero norte: una silueta alta, piel curtida por siglos de noches mal dormidas, barba de dos días que siempre parecía haber sido dos días, no más ni menos. Llevaba una capa negra que no era tela sino ausencia de estrellas: cuando se movía, el cielo se quedaba un instante sin brillar, como si el universo necesitara parpadear. Sus ojos, sin embargo, conservaban el dorado burlón de juventud que nunca tuvo; eran dos monedas de oro que alguien hubiera lanzado a un pozo y el pozo hubiera devuelto convertido en mirada.

Ella subía por el sendero sur: Lysandra, ahora con una cana blanca detrás de la oreja izquierda que parecía hilada con luz lunar. Su túnica era de lino descolorido por los viajes, pero en cada pliegue se escondía un destello de aurora que escapaba cuando caminaba, como si el alba fuera un pájaro que anidara entre sus costuras. Sus manos —manos que una vez crearon galaxias— tenían ahora cicatrices de mapa: una línea fina cruzaba la palma izquierda, fruto de una vez que había intentado abrir una puerta con la sombra de un recuerdo. Sus ojos verdes habían aprendido el color del olvido y por eso brillaban con una tristeza dulce, como manzanas maduras a punto de caer.

El lugar donde convergían no tenía nombre en ningún idioma. Los mapas lo dibujaban como un espacio en blanco, una mancha donde los cartógrafos dejaban de mentir. Era una ciudad que solo existía cuando alguien la nombraba en voz alta, y como nadie osaba nombrarla, permanecía entre dos suspiros: un conjunto de calles de arena de reloj que se agotaban mientras se caminaba, casas de cristal de espejo que reflejaban lo que podrías haber sido, y un río de mercurio que fluía en espiral hacia arriba, desafiando la gravedad con la arrogancia de lo que ya ha sido todo y ya no es nada.

Kael llegó primero. La niebla le lamió la cicatriz del pecho —esa que ahora tenía forma de estrella gris— y le susurró: "Bienvenido a donde no eres nadie, príncipe de lo que ya no existe". Él ignoró el sarcasmo animal de la niebla y se dirigió a la plaza del Reloj Roto, donde un reloj de sol mostraba las doce en punto de una tarde que nunca había sido mañana. Allí se sentó en el borde de la fuente cuyo agua era lágrimas de personas que nunca lloraron. Se quitó las botas —de cuero negro que olía a tormenta pasada— y sumió los pies en el agua. Las lágrimas le cosquilleaban entre los dedos, reconociéndolo: "Tú fuiste el que no lloró cuando ella se fue" murmuraban, "ahora llóranos nosotros por ti".

Lysandra apareció cuando el sol —ese sol que en el valle parecía de cartón pintado— se despegó un poco del cielo, como si alguien lo hubiera remendado mal. Ella no venía caminando: el camino se retractaba bajo sus pies, como si el mundo prefiriera acortar distancias antes que enfrentar su cansancio. Llevaba una bolsa de terciopelo borgoña que contenía objetos que olvidaba y recordaba a voluntad: un botón de la camisa que Kael había perdido en un abrazo de hacía tres siglos, una pluma de cuervo que alguna vez escribió su nombre en el aire, una moneda con la cara de un rey que todavía no había nacido.

Al verlo, Lysandra se detuvo a diez pasos de distancia emocional: esa medida exacta que permite estar cerca sin tocar la herida.

—Hueles a madrugada—dijo ella, porque era verdad: Kael siempre olía a horas que no saben si son sueño o vigilia.

—Y tú a despedida—respondió él, porque Lysandra llevaba el perfume de los "hasta luego" que nunca llegan a ser "hasta siempre".

Se miraron. Fue un mirarse que duró lo suficiente como para que ambos envejecieran un segundo dentro del otro. En ese segundo, Kael vio la cicatriz de su cana convertirse en río de plata que desembocaba en el océano de sus propias canas. Lysandra vio la sombra de Kael hacerle señales de despedida con la mano, como si ya supiera que esta vez el encuentro sería diferente.

La plaza comenzó a llenarse de silencios que tomaron forma de bancos vacíos, faroles apagados que se encendían al recordar haber estado encendidos, y un gato de niebla que se frotaba contra las piernas de ambos sin decidirse por quién adoptar.

—¿Traes la semilla?—preguntó Kael al fin.

Lysandra abrió la bolsa. Dentro, las dos semillas —la blanca y la negra— ya no eran semillas sino dos gotas de tiempo solidificado: una que recordaba el futuro, otra que anticipaba el pasado. Se habían fusionado parcialmente, formando un círculo gris que pulsaba como un corazón que no sabe si quiere seguir latiendo.

—Ya no son tuyas ni mías—susurró ella—. Son un "nosotros" que no cabe en un solo mundo.

Kael extendió la mano. En su palma había una cicatriz nueva: una línea que partía la estrella gris en dos, como si su propio cuerpo estuviera discutiendo internamente si olvidar o recordar.

—Entonces plantémoslas aquí—dijo—. En la ciudad que no existe hasta que la nombramos. Que crezca un árbol que no sea ni de luz ni de sombra, sino de entre-luz: ese instante en que el día y la noche se miran sin reconocerse.

Caminaron —no juntos, no separados: a la distancia donde los abrazos se convierten en recuerdos sin terminar— hasta el Jardín de los Mapas Perdidos, donde el suelo era un mosaico de cartas náuticas que conducían a lugares que se habían hundido cuando los últimos amantes los olvidaron. Allí, la tierra olía a "hasta pronto" mezclado con "nunca más".

Kael cavó con las manos. La arena del reloj se resistía, escapándose entre los dedos como si quisiera evitar que el tiempo se plantara. Lysandra depositó el círculo gris en el hoyo. Ambos cubrieron la semilla con capas de ayer y mañana, y luego Kael escupió en la tierra —porque la saliva de quien ha besado la eternidad es el mejor abono— y Lysandra le puso una lágrima encima —porque las lágrimas de quien ha olvidado llorar son el mejor riego.




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