El Beso Que No Existe

capitulo 6

El río bajo el puente no era agua ni sombra, sino el color que se forma cuando cierras los ojos con fuerza y aún así ves una luz tenue. Kael llegó desde el norte, pisando los tablones de madera que crujían con voz de días que no tuvieron ocasión de ser. Llevaba el capote echado hacia atrás, dejando al aire la cicatriz que le atravesaba el pecho como un mapa de ciudades que nadie había fundado. El viento le peinaba la barba con dedos hurones y le susurraba que esa noche iba a llover, aunque las nubes estuvieran tan lejos que apenas existían.

Lysandra salió del sur, descalza, porque las sandalias se le habían roto meses atrás al correr entre escombros de un mundo que decidió desmoronarse justo cuando ella pasaba. La túnica le llegaba a mitad de pantorrilla y tenía bordados hilos que brillaban apenas, como recuerdos que se niegan a apagarse del todo. En el hombro llevaba una bolsa de lienzo donde guardaba una cuchar de madera, un cuarzo rosado y la hoja de cristal ahumado que temblaba al ritmo de su pulso.

Se encontraron en el centro del puente, donde el tablón central tenía grabado una fecha que ninguno de los dos supo leer, porque los números se movían y cambiaban de forma cada vez que alguien parpadeaba. No había barandillas; a cada lado, el aire caía en picado hacia el río que no era río.

Kael habló primero, bajito, como quien no quiere despertar a un sueño que está en la misma tabla.
Has tardado.

Lysandra sonrió, y la sonrisa le llegó a los ojos antes que a la boca.
Tú llegaste temprano. Eso cuenta.

Se quedaron quietos, dejando que el silencio hiciera el trabajo de presentarlos. El silencio les dijo: aquí no hace falta nombre ni pasado. Solo el peso de este instante, que es el mismo que sostiene el puente para que no se rompa.

Kael alargó la mano, no para tocarla, sino para ofrecerle la palma abierta. En la línea de la vida tenía una marca nueva, un surco que parecía hecho con uña de luna. Ella apoyó el dedo índice en esa marca y notó que latía, como si dentro de la piel hubiera un corazón más pequeño que el suyo y que también se acordara de ella.

El río empezó a cantar, si es que aquello era cantar: un murmullo que no tenía melodía pero que sabía a café recién hecho en una cocina que ya no existe.

Lysandra soltó el bolso, se agachó y sacó el cuarzo rosado. Lo colocó entre ellos, sobre la tabla, justo donde la fecha movediza pareía detenerse un segundo.

Esto es para que el puente recuerde por qué estamos aquí.

Kael metió la mano bajo el capote y sacó un puñado de polvo que brillaba como arena de playa robada. Lo dejó caer sobre el cuarzo. El polvo formó una especie de remolino que se quedó girando, lento, como un reloj que decide que ya no le apete seguir las reglas.

Entonces habló de nuevo, sin alzar la voz, porque en ese lugar los susurros llegan más lejos que los gritos.
¿Te acuerdas del río de mercurio?

Ella asintió con la barbilla.
Me acuerdo del olor. Como monedas calientes en la palma.

Eso mismo. Esta arena es de allí. He ido a buscarla para que el puente tenga un pie en cada mundo.

Lysandra miró hacia abajo, hacia el vacío que no era vacío. Vio reflejada su cara, pero no la de ahora: la de cuando tenía diecisiete años y aún no sabía que las sombras podían tener nombre propio.

¿Y si nos caemos?

Kael se quitó el capote, lo dobló con cuidado y lo colocó sobre la tabla, como quien tiende una mesa para la última cena.
Entonces volaremos. O flotaremos. O aprenderemos a caminar sobre lo que no es agua ni aire.

Ella respiró hondo, notando cómo el aire sabía a lluvia que aún no ha caído. Se agachó, recogió el cuarzo y la arena ya mezclados y los metió en un pequeño frasco de vidrio que sacó del bolsillo. El frasco no tenía tapón; no hacía falta: el contenido se quedó quieto, como si el tiempo dentro del vidrio hubiera decidido tomarse un respiro.

Kael extendió la mano otra vez, esta vez para agarrarla. Ella intercaló sus dedos entre los suyos. Ambos tenían la piel fría, pero en el punto de contacto empezó a formarse un calor pequeño, constante, como una luciérnaga que ha encontrado su lugar en la noche.

Dieron un paso hacia el norte. El puente crujió, pero aguantó. Otro paso hacia el sur. El tablón central se curvó levemente, como un arco que decide que puede soportar un poco más de peso si es por buena causa.

Sin hablarlo, empezaron a andar al unísono, paso a paso, hacia el este, hacia el oeste, hacia donde el puente se estrechaba hasta convertirse en una sola tabla que temblaba pero no se partía.

En mitad de ese camino invisible, Lysandra se detuvo. Se soltó de su mano, se agachó y colocó el frasco sobre la madera.

Que el puente guarde esto. Así, cada vez que alguien cruce, llevará un trozo de mercurio y de cuarzo sin saberlo.

Kael asintió. Volvieron a agarrarse. Continuaron.

Cuando llegaron al final —o al principio, que en ese lugar era lo mismo— el puente empezó a desaparecer detrás de ellos, tabla a tabla, como si prefiriera no existir sin su peso.

No se volvieron. No hacía falta.

Delante tenían un camino que se bifurcaba: a la izquierda, la noche; a la derecha, el alba.

Ella eligió la noche. Él eligió el alba.

Se soltaron.

—Hasta la próxima hora que no sea hora —dijo ella.

—Hasta el próximo puente que no sea puente —respondió él.

Y se alejaron, cada uno llevándose el eco del otro en la suela de los zapatos, o en la planta del pie, o en el latido que ahora viajaba solo pero sabía que en alguna parte, bajo la misma luna que no era luna, existía otro latido que hablaba su mismo idioma de casi.

Detrás de ellos, el último tablón del puente se deshizo en polvo que el viento llevó río abajo, hacia el lugar que no era río, donde el polvo se mezcló con el mercurio y el cuarzo y aprendió a flotar sin prisa, esperando que algún día, dos caminantes llegaran de nuevo a las tres de la madrugada que no son tres ni madrugada, y plantaran un nuevo puente con solo tomarse de la mano.




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