El Beso Que No Existe

capitulo 8

La Biblioteca de los Libros que Se Escriben Cuando Nadie Mira

Llegaron por error, como quien tropieza con una palabra que no sabía que necesitaba. El edificio surgió entre la niebla que no era niebla sino páginas antiguas deshechas. No tenía puerta; tenía un índice colgando de un gancho oxidado. Kael lo tocó y el índice se abrió solo, mostrando una entrada escrita con su propia letra: “Capítulo en el que Kael descubre que olvidar también es una forma de escribir”.

Entraron. El olor era mezcla de tinta fresca y polvo que había sido ideas antes de convertirse en olvido. Los estantes no eran de madera; eran frases durmientes, apiladas unas sobre otras, formando pilas que temblaban cuando alguien pasaba cerca.

Una mujer los recibió. Llevaba gafas de cristales tan gruesos que sus ojos parecían párrafos en cursiva. No dio su nombre; dijo que era la índice-encargada y que cada libro tenía derecho a elegir su lector, pero también cada lector tenía derecho a elegir el libro que lo elija a él.

Lysandra preguntó si existía un volumen que contuviera la historia de dos que se separan para encontrarse. La mujer sonrió y señaló un pasillo que no estaba ahí hasta que señaló.

Caminaron. El suelo dejaba huellas de letras; cada pisada formaba una palabra que se desvanecía al siguiente paso. Kael miró abajo y leyó: “siempre”. Lysandra leyó: “todavía”. Ambas palabras se encontraron entre sus pies y se fundieron en un “siempre todavía” que se elevó como burbuja y estalló contra el techo sin dejar rastro.

Llegaron a una sala circular. En el centro, una mesa de lectura con un libro abierto. La página de la izquierda estaba en blanco. La de la derecha mostraba una barca sobre un río de mercurio, y en la barca dos figuras que se miraban sin tocarse.

Kael reconoció la barca. Lysandra reconoció el río. No dijeron nada; solo se sentaron. En cuanto sus manos rozaron el papel, la tinta empezó a brotar desde el interior de la hoja, como si el libro sudara recuerdos.

Primero apareció el puente del capítulo seis, pero sin principio ni fin, flotando sobre el agua. Luego surgió el jardín de relojes, pero los relojes eran pájaros que cantaban la hora y luego se olvidaban de ella. Después nació la casa que se olvida de tener paredes, y dentro de ella el abrazo que todavía se está dando.

La tinta no se secaba; fluía hacia el margen y se desbordaba, cayendo al aire como lluvia negra. Cada gota que tocaba la mesa dejaba una mancha que se convertía en palabra: “casi”, “ahora”, “aquí”.

Lysandra alzó la vista y vio que los estantes se habían acercado sin hacer ruido. Los libros abrían sus lomos y dejaban caer páginas en blanco que flotaban como plumas hasta posarse sobre la mesa. Cada hoja en blanco absorbía una gota de tinta y mostraba un fragmento de historia: un beso que no se dio, un nombre que se cambió para que el olvido no lo encontrara, una estrella que aprendió a latir.

Kael extendió la mano y tocó una de esas páginas. La página se pegó a su piel y se volvió cicatriz: una línea negra que le atravesaba la palma y llegaba hasta la muñeca. Lysandra hizo lo mismo; su cicatriz era blanca, como si la tinta hubiera decidido negar su propia sombra.

La índice-encargada apareció en el umbral. Dijo que el libro estaba contento, que por fin había encontrado lectores que no quisieran terminarlo. Les entregó una pluma que no era pluma sino un rayo de luz fracturado.

Con esto pueden escribir lo que falta. Pero recuerden: cada palabra que pongan desaparecerá de su memoria tan pronto como la hoja se seque. Escribir aquí es regalar el recuerdo para que el recuerdo siga vivo fuera de ustedes.

Kael escribió: “Se encontrarán cuando el tiempo se olvide de ser camino y decida ser mesa donde apoyar la mano”.

Lysandra escribió: “Se separarán porque el abrazo también es una forma de viaje y algunos viajes se hacen dejando ir”.

Las palabras brillaron, se apagaron, y ambos sintieron que algo se iba de dentro, como quien despierta y ya no recuerda el sueño pero conserva la sensación de que el sueño lo cambió todo.

Cerraron el libro. La tapa era dura, fría, y tenía grabado un símbolo que ninguno reconoció pero que ambos supieron que era el nombre de lo que son cuando están juntos sin tocarse.

La índice-encargada les indicó la salida. El pasillo que los llevó hasta la entrada ya no era el mismo: ahora las frases-durmientes se habían despertado y murmuraban fragmentos de lo que acababan de perder.

Salieron. El edificio ya no estaba. Solo quedaba el índice colgando del gancho, girando lentamente, mostrando páginas en blanco que se llenaban con cada latido de los dos.

Se miraron. No recordaban lo que habían escrito, pero sabían que el libro seguía abierto en algún estante que elige quien lo lee, y que en cada lectura faltaría una palabra que ya vive dentro de quien la perdió.

Se tomaron de la mano, no para escribir, sino para que las cicatrices negra y blanca se tocaran y formaran un gris tenue, el color de la página que aún está por venir.

Caminaron alejándose sin rumbo, porque la biblioteca no deja coordenadas: solo deja la certeza de que cada paso es una palabra que alguien, en algún momento, leerá cuando nadie esté mirando.




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