El Beso Que No Existe

capitulo 2

El alba se derramaba como miel dorada sobre el Valle de los Susurros, donde la hierba cantaba en lengua de viento y las flores de cristal se abrían al sol con un crujido que sonaba como risas de niños. Lysandra avanzaba por el sendero de guijarros luminosos, su túnica blanca ahora teñida de polvo de viaje, sus pies descalzos marcando huellas de luz que se desvanecían tras ella. En su mente aún ardía la imagen de Kael, su sonrisa de lobo, la forma en que su sombra se enroscaba alrededor de sus dedos como si quisiera poseerla.

—No deberías haber venido—una voz surgió desde el aire mismo, y la hechicera se detuvo.

Ante ella, el Arquitecto de los Cielos se materializó como una figura de vapores estelares, sus ojos galaxias rotas, su voz el eco de mil tormentas olvidadas.

—Tu corazón ya no late solo para la luz, Lysandra. Lleva la marca de la sombra.

—No llevo marca ninguna—respondió ella, pero su voz tembló.

—Mentiras—el Arquitecto extendió una mano etérea, y en el pecho de Lysandra apareció un símbolo negro que pulsaba como una estrella moribunda—. Este es el sello de Kael. Te ha reclamado como suya, aunque ni él lo sepa todavía.

—Nadie me posee—Lysandra cubrió el símbolo con ambas manos, y la luz brotó entre sus dedos, pero la marca no se desvaneció—. Ni siquiera un príncipe de las sombras.

—Entonces demuéstralo—el Arquitecto señaló hacia el horizonte, donde el cielo se partía en dos: un lado bañado de luz, el otro sumido en tinieblas—. Ve al Altar de las Estrellas Caídas Allí se forjan los pactos que cambian el destino de los mundos. Si logras romper el sello antes de la próxima luna nueva, serás libre. Si no... serás suya para siempre.

Y se disolvió en viento de constelaciones, dejando a Lysandra con el corazón dividido entre el deber y algo que no quería nombrar.

Kael se encontraba en las Catacumbas de la Oscuridad Eterna, donde los muertos susurraban secretos a cambio de gotas de sangre real. El príncipe caminaba entre tumbas de obsidiana, su capa negra arrastrándose como una novia muerta, su espada cantando canciones de hambre.

—Su nombre está grabado en tu hueso izquierdo—susurró una voz desde una tumba abierta—. Lysandra de la Luz. La estrella que te quemará desde dentro.

—Cállate—Kael golpeó la tumba con el puño, y la piedra se agrietó—. No la quiero.

—Mentiras—la voz se rió, un sonido como cristal roto—. Ya la llevas en la piel. Mira.

Kael se desabrochó la camisa, y en su pecho apareció el mismo símbolo que en el de Lysandra, pero en blanco, pulsando como un corazón ajeno.

—Esto es imposible—murmuró, y por primera vez en siglos, el príncipe de las sombras sintió miedo.

—Ve al Altar de las Estrellas Caídas—la voz se volvió más fuerte—. Allí puedes romper el lazo... o sellarlo para siempre. Pero ten cuidado: si la tomas, perderás tu reino. Si la rechazas, perderás tu alma.

Kael apretó la espada hasta que la sangre le brotó de la palma.

—Entonces iré—susurró—. Y que los diodos se partan en dos.

El camino hacia el Altar era un laberinto de horrores. Lysandra cruzó el Pantano de los Lamentos, donde los espíritus de los amantes traicionados intentaban arrastrarla al fango con besos de ceniza. Ella los rechazó con fuego de estrellas, pero cada uno que tocaba dejaba una cicatriz en forma de lágrima en su piel.

—¿Por qué luchas?—le susurró un espíritu con voz de Kael—. ¿No es más fácil dejarte llevar?

—Porque no soy tuya—respondió ella, y cortó el espíritu en dos con un cuchillo de luz.

Más adelante, encontró el Pozo de los Deseos Imposibles, donde el agua mostraba lo que más temía: ella misma, abrazando a Kael bajo una lluvia de fuego, sus cuerpos fundiéndose en uno solo.

—No—Lysandra se tapó los ojos—. No es real.

—Es inevitable—el pozo respondió—. El amor entre luz y sombra siempre acaba en ceniza.

Pero ella siguió adelante, aunque cada paso le costara un recuerdo: la risa de su madre, el olor del Santuario, la primera vez que conjuró una estrella. Todo se quedaba atrás, convertido en polvo.

Kael, por su parte, atravesó el Desierto de los Espejos Rotos donde cada fragmento reflejaba una versión distinta de sí mismo: uno llorando sangre, otro besando a Lysandra mientras la estrangulaba, otro arrodillado ante ella como un perro.

—¿Cuál eres tú?—le preguntó un espejo con su propia voz.

—Ninguno—respondió, y rompió el cristal con el puño—. Solo soy el príncipe que va a romper su destino.*

En el Río de las Almas Perdidas, las aguas susurraban:

—Ella te destruirá.

—Ya lo sé.

—Entonces ¿por qué vas hacia ella?

—Porque prefiero ser destruido por su luz que vivir mil años en mi oscuridad.

Y se sumergió en el río, dejando que las almas le arrancaran pedazos de sombra de la piel, hasta que solo quedó el hueso de su deseo.

Se encontraron en el Altar de las Estrellas Caídas cuando la luna nueva colgaba como una herida negra en el cielo. El altar era un círculo de piedras que flotaban en el aire, cada una grabada con el nombre de un amor imposible. En el centro, un fuego azul consumía estrellas que caían del cielo como lágrimas.

Lysandra llegó primero, su túnica en jirones, su piel cubierta de cicatrices que brillaban como constelaciones. Kael apareció desde la sombra, su capa negra convertida en banderas de batalla, sus ojos más dorados que nunca.

—Tú—dijo ella.

—Tú—respondió él.

Se miraron durante un siglo que duró un segundo.

—¿Has venido a romperlo?—preguntó Kael.

—¿Tú?—respondió ella.

—No puedo—confesó él—. Lo he intentado. Cada vez que intento olvidarte, te llevo más dentro.

—Yo tampoco**—Lysandra se acercó hasta que solo el fuego azul los separaba—. He caminado por el infierno para borrarte, y te he encontrado en cada paso.

—Entonces somos condenados—Kael extendió la mano—. ¿O...?

—O cambiamos las reglas—ella puso su mano sobre la suya, y el fuego azul estalló en mil fragmentos.




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