El Beso Que No Existe

capitulo 11

Llegaron al filo del valle cuando el cielo aún no había decidido si sería noche o mañana; la luz pendía como una lámina de plata tensada entre dos dedos invisibles, y el aire olía a latido que se ha quedado sin dueño. Kael adelantó un pie; la tierra, en lugar de recibirlo, se alzó en un suspiro que le envolvió el tobillo como perro que reconoce el olor de alguien que ya fue hogar. Lysandra respiró hondo; el aire le entró en pulmones y al salir llevó consigo un latido de cada siglo que el valle había olvidado ser. No había viento, solo un silencio tan denso que los pensamientos se hundían en él como piedras en miel. Comenzaron a descender, porque en el Valle de los Latidos que Se Cuentan de Memoria no existe la opción de quedarse en la cumbre: el filo devora la quietud y la escupe como eco de corazones que ya no recuerdan su ritmo.

La primera ladera les dio la bienvenida deshaciéndose bajo sus plantas: cada paso hundía y al salir la tierra formaba una silueta efímera de lo que podrían haber sido si en algún momento hubieran elegido distinto. Kael vio su propia silueta con barba más larga y una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda, llevando una canasta de frutas que nunca había probado; Lysandra vio la suya con cabellos cortos y una sonrisa que no era suya sino de alguien que había aprendido a reír sin preguntar. Las siluetas se miraron, se tocaron las manos sin tocarse y se deshicieron al siguiente paso, porque en este valle lo que florece bajo tus pies se marchita en cuanto lo miras.

Siguieron. El sol, o lo que fuera, no se movía; era un disco perfectamente quieto que parecía esperar permiso para empezar su carrera. Esa quietud engañosa hacía que el tiempo se comportara como animal domesticado que de pronto olvida las reglas: un minuto se estiraba hasta convertirse en tarde entera, o se contraía hasta ser solo un parpadeo que dejaba sabor a cobre en la boca. Para no perderse —aunque perderse fuera la única forma de encontrar algo— Kael fue marcando el camino con pequeños cristales de reloj que sacaba del bolsillo: eran las perlas de hora solidificadas que habían rescatado del jardín de relojes que florecen. Al clavarse en la tierra, cada cristal emitía un tic tenue, como latido de pollo dentro del huevo. Lysandra, en vez de señales, iba soltando susurros que la tierra absorbía y devolvía convertidos en diminutas brisas que olían a preguntas sin respuesta.

Cuando la pendiente les llegó a la cintura, encontraron el primer espejo enterrado. Era redondo, del tamaño de un rostro, y su superficie no reflejaba lo que estaba delante sino lo que estaba detrás del latido: Kael se vio a sí mismo durmiendo en una cama que era también una barca, y al despertar en la barca descubría que el colchón estaba lleno de estrellas recién nacidas que aún no sabían brillar; Lysandra se vio a sí misma leyendo un libro cuyas páginas eran noches, y al pasar la página cada noche se convertía en alba que luego se doblaba hasta ser solo una línea fina en el margen de un recuerdo. Se miraron en el espejo y se vieron juntos, pero en una posición que no habían practicado nunca: él de pie, ella sentada, ambos sosteniendo un hilo que unía sus ombligos y vibraba como cuerda de guitarra que decide ser melodía antes que ruido.

—¿Qué es esto? —preguntó Kael, y la voz le salió tan baja que la tierra tuvo que agacharse para escucharla.

—Es el latido que no nos atrevimos a tener —respondió Lysandra, y la respuesta fue tan clara que el aire la grabó en la superficie del espejo como si fuera tinta que no necesita papel.

Sin hablar, decidieron enterrar el espejo. Cavaron con las manos; la tierra se resistía al principio, como si protegiera un secreto que no quería compartir, pero cedió cuando Lysandra canturreó la canción que su madre usaba para que el pan creciera. El espejo desapareció bajo la tierra y en su lugar brotó una planta de cristal con una sola flor: el capullo era un minúsculo reloj de arena cuyo polvo era luz. La flor no se abrió; no hacía falta. El tic-tac interno se sincronizó con los cristales que Kael había clavado en el camino, y de pronto todo el valle vibró en un solo latido, como si miles de corazones despertaran al unísono y dijeran: ahora.

Siguieron. La tierra cambió de color: primero rojo cobrizo, luego gris plomo, después blanco hueso. Cada cambio traía un sabor distinto en la boca: hierro, lluvia, sal. El blanco era el más difícil de caminar; se hundían hasta la rodilla y al sacar el pie la tierra formaba una copia exacta del calzado, que se quedaba ahí, plantada, como diciendo: si te cansan tus pasos, úsanos, somos tú pero sin peso. Kael probó; la bota de tierra blanca se ajustó a su pie como guante y le permitió avanzar sin hundirse, pero cada paso le robaba un latido de memoria: al décimo paso ya no recordaba el olor del primer hechizo que había visto, al veinte había olvidado el nombre de la calle donde aprendió a ser sombra. Comprendió el trato y se quitó la bota de tierra; prefirió hundirse a perderse. Lysandra, en cambio, hizo pacto con la tierra: le dio uno de sus latidos —el que daba cuando veía a Kael después de años sin verle— y la tierra le devolvió un par de sandalias de sal que no se hundían y que al caminar dejaban una estela fina que brillaba como estrella cuando el sol —o lo que fuera— la tocaba.

Al anochecer —o lo que parecía anochecer— llegaron al Fondo del Valle de los Latidos que Se Cuentan de Memoria. Era una depresión enorme, tan ancha que el otro lado se perdía en el resplandor lechoso del cielo inmóvil. En el fondo, millones de corazones yacían enterrados hasta la mitad, formando un mosaico de latidos que latían desparejado. Cada corazón tenía una fecha grabada en el ventrículo: algunas eran del pasado, otras del futuro, otras de momentos que no habían existido nunca pero que alguien había deseado con tanta fuerza que el deseo se había vuelto latido y había caído aquí, agotado.

En el centro del fondo había un árbol. No era de madera: estaba hecho de arterias retorcidas, de venas que se habían enrollado alrededor de un eje imposible, de capilares que habían decidido ser tronco en lugar de camino. Las hojas eran páginas; al moverse producían un sonido de susurro de biblioteca que se olvida de cerrar. Bajo el árbol, una tumba. No tenía nombre; solo una losa de cristal donde el polvo del latido había dibujado una silueta doble: dos cuerpos abrazados que compartían un solo contorno.




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