Llegaron cuando la noche aún no había decidido si ser infinita o solo muy larga. El páramo se extendía como una herida que cicatrizó demasiado deprisa y dejó la piel tensa, sin arrugas, sin recuerdo de haber sangrado. Kael puso un pie sobre la hierba que no era hierba sino horas muertas, aplastadas por el peso de no haber sido vividas. El tacto era frío, pero no de hielo: de silencio que se ha quedado sin argumento. Lysandra respiró y el aire le entró en pulmones y al salir llevó consigo un día entero que no había tenido ocasión de ser. No hacía viento; solo un quieto que parecía esperar permiso para empezar a moverse sin que nadie notara que antes había estado quieto.
Comenzaron a caminar porque en el páramo no existía la opción de detenerse: la quietud se convertía en arena movediza de segundos que se tragaba los tobillos y escupía recuerdos sin dueño. Kael iba adelante, dejando una estela de pasos que no eran pasos sino versos escritos al revés: si te agachabas y leías desde el suelo, decían "aquí estuvimos sin saber que estábamos, y al saberlo dejamos de estar para seguir siendo". Lysandra caminaba pisando los versos de Kael, pero cada vez que pisaba uno, la letra se volvía música y la música se volvía latido y el latido se volvía pregunta que no necesitaba respuesta.
La primera hora fue una extensión de luz gris que no sabía si quería ser alba o crepúsculo. El cielo pendía como techo de tela que alguien empezó a tejer y olvidó terminar. Kael sacó del bolsillo una perla de hora solidificada —la que habían rescatado del jardín de relojes— y la colocó sobre la hierba-hora-muerta. La perla no brilló; se abrió como flor que prefiere ser semilla y dejó caer un grano de "todavía" que se hundió sin hacer ruido. Lysandra, en vez de perla, soltó un susurro que era en realidad el nombre que había olvidado cuando aprendió que ser hechicera era también ser olvido. El susurro se posó sobre el grano de "todavía" y ambos se fundieron en un punto tan pequeño que cabía en el espacio entre dos latidos consecutivos.
El páramo, al recibir el punto, se alzó en una onda que no era onda sino respiración de tierra que ha aprendido a respirar por los pies del viajero. La onda se extendió hasta el horizonte y al llegar se volvió eco que decía: "sigan, que aquí no hay fin, solo página que se dobla para que el siguiente paso sea el primero".
Siguieron. La segunda hora traía sabor a metal recién fundido, como si el cielo estuviera forjando un nuevo color que aún no sabía si quería ser azul o gris o negro. Kael sintió que sus dedos se volvían pesados de no-ser: cada movimiento dejaba una estela de "quizá" que se posaba en sus uñas y se volvía lunar. Lysandra, al verlo, le tomó la mano y la mano de él se volvió ligera de ser: la luna de "quizá" se desprendió y se elevó hasta colgarse del cielo-tejido-incompleto, donde se quedó como lámpara que no necesita encenderse porque ya es luz sin saberlo.
La tercera hora fue un bosque de quietud. Los árboles no eran árboles sino minutos que se habían parado en seco y habían decidido ser troncos para que alguien pudiera apoyar la frente y llorar sin que el tiempo se moviera. Kael apoyó la frente en un tronco-minuto y el minuto se volvió abrazo que no termina porque no empezó. Lysandra apoyó la mejilla en otro tronco-minuto y el minuto se volvió canción que no necesita ser cantada porque ya es melodía sin serlo.
La cuarta hora traía olor a lluvia que no cae. El cielo se había vuelto tan denso que las nubes se tocaban con la frente del viajero y al tocarse dejaban gotas de "ayer" que no mojaban pero dejaban el sabor de haber sido. Kael abrió la boca y bebió el "ayer"; al tragarlo sintió que se le llenaban los pulmones de días que no había vivido pero que ahora eran suyos. Lysandra bebió también y al beber recordó un mañana que ya había olvidado recordar.
La quinta hora fue un río de quietud. El agua no era agua sino latido que se ha quedado sin corazón y decide ser corriente para que alguien pueda cruzar sin mojarse los pies. Kael cruzó; sus pies se quedaron secos pero el latido se le subió por los tobillos y se le quedó en las rodillas como rodillera de "ahora" que amortigua el golpe de cada paso. Lysandra cruzó también; el latido se le subió hasta las caderas y se le quedó como cinturón de "siempre" que sostiene el cuerpo para que no se deshaga en páramo.
La sexta hora traía sabor a despedida que no se dio. El aire se había vuelto tan denso que los suspiros se quedaban flotando como globos que no saben si subir o bajar. Kael soltó un suspiro; el suspiro se quedó flotando entre ellos y se volvió pregunta que no necesitaba respuesta:
—¿Seguimos? —preguntó el suspiro.
—Seguimos —respondió Lysandra, y la respuesta se volvió globo que se elevó hasta colgarse del cielo-tejido-incompleto, donde se quedó como lámpara que no necesita ser encendida porque ya es luz sin saberlo.
La séptima hora fue un desierto de memoria. Las dunas no eran arena sino recuerdos que se habían deshecho en grano tan fino que el viento no podía llevarlos y se quedaban ahí, formando colinas de "fue" que no llegan a ser "es". Kael cavó con las manos; la memoria se resistía al principio, como si protegiera un secreto que no quería compartir, pero cedió cuando Lysandra canturreó la canción que su madre usaba para que el pan creciera. La memoria se abrió como flor que prefiere ser semilla y dejó caer un grano de "todavía" que se hundió sin hacer ruido.
La octava hora traía olor a café que se enfría. El aroma se quedaba flotando como nube que no sabe si es aroma o es recuerdo. Kael bebió el aroma; al beberlo sintió que se le llenaban los pulmones de mañanas que no había vivido pero que ahora eran suyas. Lysandra bebió también y al beber recordó una tarde que ya había olvidado recordar.
La novena hora fue un cielo de quietud. Las nubes no eran nubes sino horas que se habían parado en seco y habían decidido ser almohada para que alguien pudiera dormir sin que el tiempo se moviera. Kael se recostó en una nube-hora y la hora se volvió sueño que no termina porque no empezó. Lysandra se recostó en otra nube-hora y la hora se volvió vigilia que no necesita ser velada porque ya es despierto sin serlo.