Llegaron cuando la costa aún no había decidido si sería arena o recuerdo. El faro se alzaba como un dedo que señala lo que ya no está: no había mar, solo una extensión de luz líquida que se movía sin oleaje, como si el agua hubiera aprendido a respirar. Kael tocó la luz: estaba tibia, como si alguien hubiera estado sosteniéndola antes, esperando que alguien más la tocara para poder soltarla. Lysandra miró hacia arriba y vio que la lámpara del faro no era lámpara sino un sol diminuto que había decidido ser faro porque estaba cansado de ser día.
No había escalera. Solo una espiral de sombras que subía hacia lo alto, cada peldaño era un destello que se había quedado sin destellar y se había vuelto escalón para que alguien subiera sin tener que ver.
Subieron.
La primera vuelta fue una penumbra que no sabía si quería ser sombra o solo recuerdo de haber sido luz. El aire era denso, como si el faro hubiera aprendido a ser pulmón de luz que se respira sin respirar. Kael puso un pie en la sombra-escalón y la sombra se hundió apenas, dejando una huella que no era huella sino promesa de volver a brillar. Lysandra puso su pie en la misma sombra y la promesa se volvió eco que dijo: “sigan, que aquí no hay fin, solo faro que se dobla para que el siguiente paso sea el primero”.
Siguieron.
La segunda vuelta traía olor a libro que se olvida de ser leído. Las paredes no eran paredes sino páginas que se habían pegado unas a otras para formar un cilindro de historias que nadie había escrito pero que todos habían vivido. Kael se detuvo y leyó una página: “Se encontraron cuando la luz se olvidó de ser brillo y decidió ser mesa donde apoyar la mano”. Lysandra leyó otra: “Se separaron porque la luz también es una forma de viaje y algunos viajes se hacen dejando brillar”. Ambas páginas se encontraron entre sus dedos y se fundieron en un “siempre todavía” que se elevó como bruma y se perdió entre las sombras sin dejar rastro.
La tercera vuelta fue un río de quietud. La luz no era luz sino faro que se ha quedado sin mar y decide ser corriente para que alguien pueda cruzar sin mojarse los pies. Kael cruzó; sus pies se quedaron secos pero el faro se le subió por los tobillos y se le quedó en las rodillas como rodillera de “ahora” que amortigua el golpe de cada paso. Lysandra cruzó también; el faro se le subió hasta las caderas y se le quedó como cinturón de “siempre” que sostiene el cuerpo para que no se deshaga en faro.
La cuarta vuelta traía sabor a encuentro que no se dio. El aire se había vuelto tan denso que los abrazos se quedaban flotando como globos que no saben si abrazar o soltar. Kael soltó un abrazo; el abrazo se quedó flotando entre ellos y se volvió pregunta que no necesitaba respuesta:
—¿Seguimos? —preguntó el abrazo.
—Seguimos —respondió Lysandra, y la respuesta se volvió bruma que se elevó hasta colgarse del faro-tejido-incompleto, donde se quedó como lámpara que no necesita ser encendida porque ya es luz sin saberlo.
La quinta vuelta fue un campo de quietud. Las sombras no eran sombras sino segundos que se habían parado en seco y habían decidido ser pétalos para que alguien pudiera pisar sin que el tiempo se moviera. Kael pisó un segundo-sombra y el segundo se volvió latido que no termina porque no empezó. Lysandra pisó otro segundo-sombra y el segundo se volvió respiración que no necesita ser respirada porque ya es aire sin serlo.
La sexta vuelta traía olor a despedida que no se dio. El aire se había vuelto tan denso que los “hasta luego” se quedaban flotando como globos que no saben si subir o bajar. Kael soltó un “hasta luego”; el “hasta luego” se quedó flotando entre ellos y se volvió pregunta que no necesitaba respuesta:
—¿Seguimos? —preguntó el “hasta luego”.
—Seguimos —respondió Lysandra, y la respuesta se volvió bruma que se elevó hasta colgarse del faro-tejido-incompleto, donde se quedó como lámpara que no necesita ser encendida porque ya es luz sin saberlo.
Al final de las seis vueltas, el faro se alzó en una onda que no era onda sino página que se dobla para que el siguiente paso sea el primero. La onda se extendió hasta el horizonte y al llegar se volvió eco que decía:
—Sigan, que aquí no hay fin, solo faro que se dobla para que el siguiente paso sea el primero, y el primero será el que ya se dio, y así, sin fin, sin prisa, sin luz, sin memoria, solo siendo.