Llegaron cuando el edificio aún no había decidido si ser ruina o resguardo. El archivo se alzaba entre dos sombras que no eran sombras sino páginas de un libro que alguien había empezado a escribir y luego había dejado sin titulo. No había puerta; había un índice colgando de un alfiler de luz. Kael lo tocó y el índice se abrió solo, mostrando una entrada escrita con su propia letra:
—Capítulo en el que Kael descubre que olvidar también es una forma de archivar.
Entraron. El olor era mezcla de tinta fresca y polvo que había sido ideas antes de convertirse en olvido. Los archivadores no eran de metal; eran recuerdos durmientes, apilados unos sobre otros, formando pilas que temblaban cuando alguien pasaba cerca.
Una mujer los recibió. Llevaba gafas de cristales tan gruesos que sus ojos parecían párrafos en cursiva. No dio su nombre; dijo que era la Archivista de los Fragmentos y que cada archivo tenía derecho a elegir su lector, pero también cada lector tenía derecho a elegir el archivo que lo olvide.
Lysandra preguntó si existía un archivo que contuviera la historia de dos que se separan para encontrarse. La mujer sonrió y señaló un pasillo que no estaba ahí hasta que señaló.
Caminaron. El suelo dejaba huellas de fragmentos; cada pisada formaba una imagen que se desvanecía al siguiente paso. Kael miró abajo y vio: —siempre—. Lysandra vio: —todavía—. Ambas imágenes se encontraron entre sus pies y se fundieron en un —siempre todavía— que se elevó como burbuja y estalló contra el techo sin dejar rastro.
Llegaron a una sala circular. En el centro, una mesa de lectura con un archivo abierto. La carpeta de la izquierda estaba en blanco. La de la derecha mostraba una barca sobre un río de mercurio, y en la barca dos figuras que se miraban sin tocarse.
Kael reconoció la barca. Lysandra reconoció el río. No dijeron nada; solo se sentaron. En cuanto sus manos rozaron el archivo, la tinta empezó a brotar desde el interior de la carpeta, como si el archivo sudara recuerdos.
Primero apareció el puente del capítulo seis, pero sin principio ni fin, flotando sobre el agua. Luego surgió el jardín de relojes, pero los relojes eran pájaros que cantaban la hora y luego se olvidaban de ella. Después nació la casa que se olvida de tener paredes, y dentro de ella el abrazo que todavía se está dando.
La tinta no se secaba; fluía hacia el margen y se desbordaba, cayendo al aire como lluvia negra. Cada gota que tocaba la mesa dejaba una mancha que se convertía en palabra: —casi—, —ahora—, —aquí—.
Kael alzó la vista y vio que los archivadores se habían acercado sin hacer ruido. Los fragmentos abrían sus carpetas y dejaban caer páginas en blanco que flotaban como plumas hasta posarse sobre la mesa. Cada hoja en blanco absorbía una gota de tinta y mostraba un fragmento de historia: un beso que no se dio, un nombre que se cambió para que el olvido no lo encontrara, una estrella que aprendió a latir.
Kael extendió la mano y tocó una de esas páginas. La página se pegó a su piel y se volvió cicatriz: una línea negra que le atravesaba la palma y llegaba hasta la muñeca. Lysandra hizo lo mismo; su cicatriz era blanca, como si la tinta hubiera decidido negar su propia sombra.
La Archivista de los Fragmentos apareció en el umbral.
—Con esto pueden archivar lo que falta. Pero recuerden: cada fragmento que creen desaparecerá de su memoria tan pronto como el archivo se seque. Archivar aquí es regalar el recuerdo para que el recuerdo siga vivo fuera de ustedes.
Kael archivó:
—Se encontrarán cuando el tiempo se olvide de ser camino y decida ser mesa donde apoyar la mano.
Lysandra archivó:
—Se separarán porque el abrazo también es una forma de viaje y algunos viajes se hacen dejando ir.
Los fragmentos brillaron, se apagaron, y ambos sintieron que algo se iba de dentro, como quien despierta y ya no recuerda el sueño pero conserva la sensación de que el sueño lo cambió todo.
Cerraron el archivo. La carpeta era dura, fría, y tenía grabado un símbolo que ninguno reconoció pero que ambos supieron que era el nombre de lo que son cuando están juntos sin tocarse.
La Archivista de los Fragmentos les indicó la salida. El pasillo que los llevó hasta la entrada ya no era el mismo: ahora los fragmentos-durmientes se habían despertado y murmuraban fragmentos de lo que acababan de perder.
Salieron. El archivo ya no estaba. Solo quedaba el índice colgando del alfiler de luz, girando lentamente, mostrando páginas en blanco que se llenaban con cada latido de los dos.
Se miraron. No recordaban lo que habían archivado, pero sabían que el archivo seguía abierto en algún estante que elige quien lo lee, y que en cada lectura faltaría un fragmento que ya vive dentro de quien lo perdió.
Se tomaron de las manos, no para unirse, sino para que las cicatrices negra y blanca se tocaran y formaran un gris tenue, el color de la página que aún está por venir.
Caminaron alejándose sin rumbo, porque el archivo no deja coordenadas: solo deja la certeza de que cada paso es un fragmento que al pisarse se vuelve eco, y el eco se vuelve estar, y el estar se queda así, sin fin, sin prisa, sin fragmento, solo siendo.