El Beso Que No Existe

capitulo 20

Llegaron cuando la tarde aún no había decidido si ser luz o simple reverberación. El taller se alzaba entre dos silencios que no eran silencios sino cuerdas flojas que vibraban sin ser tocadas. No había puerta; había una partitura colgando de un clavo oxidado. Kael la tocó y la partitura se abrió sola, mostrando una entrada escrita con su propia letra:

—Capítulo en el que Kael descubre que olvidar también es una forma de afinar.

Entraron. El olor era mezcla de resina caliente y polvo que había sido melodía antes de convertirse en olvido. Los instrumentos no eran de madera ni metal; eran recuerdos durmientes, apilados unos sobre otros, formando pilas que temblaban cuando alguien pasaba cerca.

Un hombre los recibió. Llevaba una chaqueta tejida con pentagramas y una gorra de claves que se movían al compás de su paso. No dio su nombre; dijo que era el Luthier de los Sonidos que Se Cansaron de Ser Nota y que cada instrumento tenía derecho a elegir su intérprete, pero también cada intérprete tenía derecho a elegir el instrumento que lo olvide.

Lysandra preguntó si existía un instrumento que contuviera la historia de dos que se separan para encontrarse. El hombre sonrió y señaló un pasillo que no estaba ahí hasta que señaló.

Caminaron. El suelo dejaba huellas de acordes; cada pisada formaba una nota que se desvanecía al siguiente paso. Kael miró abajo y vio: —siempre—. Lysandra vio: —todavía—. Ambas notas se encontraron entre sus pies y se fundieron en un acorde de “siempre todavía” que se elevó como arpejo y se perdió entre las vigas sin dejar rastro.

Llegaron a una sala circular. En el centro, un atril con un instrumento abierto. La página de la izquierda estaba en blanco. La de la derecha mostraba una barca sobre un río de mercurio, y en la barca dos figuras que se miraban sin tocarse.

Kael reconoció la barca. Lysandra reconoció el río. No dijeron nada; solo se sentaron. En cuanto sus manos rozaron el instrumento, la tinta empezó a brotar desde el interior de la página, como si el instrumento sudara recuerdos.

Primero apareció el puente del capítulo seis, pero sin principio ni fin, flotando sobre el agua. Luego surgió el jardín de relojes, pero los relojes eran pájaros que cantaban la hora y luego se olvidaban de ella. Después nació la casa que se olvida de tener paredes, y dentro de ella el abrazo que todavía se está dando.

La tinta no se secaba; fluía hacia el margen y se desbordaba, cayendo al aire como lluvia negra. Cada gota que tocaba el atril dejaba una mancha que se convertía en nota: —casi—, —ahora—, —aquí—.

Kael alzó la vista y vio que los instrumentos se habían acercado sin hacer ruido. Los recuerdos abrían sus cajas y dejaban caer páginas en blanco que flotaban como plumas hasta posarse sobre el atril. Cada hoja en blanco absorbía una gota de tinta y mostraba un fragmento de historia: un beso que no se dio, un nombre que se cambió para que el olvido no lo encontrara, una estrella que aprendió a latir.

Kael extendió la mano y tocó una de esas páginas. La página se pegó a su piel y se volvió cicatriz: una línea negra que le atravesaba la palma y llegaba hasta la muñeca. Lysandra hizo lo mismo; su cicatriz era blanca, como si la tinta hubiera decidido negar su propia sombra.

El Luthier de los Sonidos que Se Cansaron de Ser Nota apareció en el umbral.

—Con esto pueden tocar lo que falta. Pero recuerden: cada nota que creen desaparecerá de su memoria tan pronto como el instrumento se seque. Tocar aquí es regalar el recuerdo para que el recuerdo siga vivo fuera de ustedes.

Kael tocó:

—Se encontrarán cuando el tiempo se olvide de ser camino y decida ser mesa donde apoyar la mano.

Lysandra tocó:

—Se separarán porque el abrazo también es una forma de viaje y algunos viajes se hacen dejando ir.

Las notas brillaron, se apagaron, y ambos sintieron que algo se iba de dentro, como quien despierta y ya no recuerda el sueño pero conserva la sensación de que el sueño lo cambió todo.

Cerraron el instrumento. La tapa era dura, fría, y tenía grabado un símbolo que ninguno reconoció pero que ambos supieron que era el nombre de lo que son cuando están juntos sin tocarse.

El Luthier de los Sonidos que Se Cansaron de Ser Nota les indicó la salida. El pasillo que los llevó hasta la entrada ya no era el mismo: ahora los instrumentos-durmientes se habían despertado y murmuraban fragmentos de lo que acababan de perder.

Salieron. El taller ya no estaba. Solo quedaba la partitura colgando del clavo oxidado, girando lentamente, mostrando páginas en blanco que se llenaban con cada latido de los dos.

Se miraron. No recordaban lo que habían tocado, pero sabían que el instrumento seguía abierto en algún estante que elige quien lo toca, y que en cada interpretación faltaría una nota que ya vive dentro de quien la perdió.

Se tomaron de las manos, no para unirse, sino para que las cicatrices negra y blanca se tocaran y formaran un gris tenue, el color de la página que aún está por venir.

Caminaron alejándose sin rumbo, porque el taller no deja coordenadas: solo deja la certeza de que cada paso es una nota que al pisarse se vuelve eco, y el eco se vuelve estar, y el estar se queda así, sin fin, sin prisa, sin nota, solo siendo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.