Llegaron cuando la función aún no había decidido si empezar o terminar. El teatro se alzaba entre dos telones que no eran tela sino velos de niebla que se habían vuelto cortina para que el olvido pudiera hacer su entrada sin que nadie lo viera. No había cartel; había un programa colgando de un alfiler de humo. Kael lo tocó y el programa se abrió solo, mostrando una entrada escrita con su propia letra:
—Acto en el que Kael descubre que olvidar también es una forma de representar.
Entraron. El olor era mezcla de polvo de reflectores y sudor de aplausos que nunca se dieron. Las butacas no eran de terciopelo; eran sombras sentadas, apiladas unas sobre otras, formando hileras que temblaban cuando alguien pasaba cerca.
Un hombre los recibió. Llevaba una capa cosida con siluetas y una máscara de luz que se apagaba y encendía al compás de su respiración. No dio su nombre; dijo que era el Director de las Sombras que Se Cansaron de Ser Oscuras y que cada sombra tenía derecho a elegir su luz, pero también cada luz tenía derecho a elegir la sombra que la olvide.
Lysandra preguntó si existía una obra que contuviera la historia de dos que se separan para encontrarse. El hombre sonrió y señaló un pasillo que no estaba ahí hasta que señaló.
Caminaron. El suelo dejaba huellas de siluetas; cada pisada formaba una proyección que se desvanecía al siguiente paso. Kael miró abajo y vio: —siempre—. Lysandra vio: —todavía—. Ambas sombras se encontraron entre sus pies y se fundieron en un “siempre todavía” que se elevó como neblina y se perdió entre las vigas sin dejar rastro.
Llegaron a un escenario circular. En el centro, un telón abierto que mostraba una barca sobre un río de mercurio, y en la barca dos figuras que se miraban sin tocarse.
Kael reconoció la barca. Lysandra reconoció el río. No dijeron nada; solo se sentaron en la primera fila de sombras. En cuanto sus manos rozaron el asiento, la luz empezó a brotar desde el interior del telón, como si el teatro sudara recuerdos.
Primero apareció el puente del capítulo seis, pero sin principio ni fin, flotando sobre el agua. Luego surgió el jardín de relojes, pero los relojes eran pájaros que cantaban la hora y luego se olvidaban de ella. Después nació la casa que se olvida de tener paredes, y dentro de ella el abrazo que todavía se está dando.
La luz no se apagaba; fluía hacia el proscenio y se desbordaba, cayendo al aire como lluvia blanca. Cada gota que tocaba el escenario dejaba una mancha que se convertía en sombra: —casi—, —ahora—, —aquí—.
Kael alzó la vista y vio que las sombras del público se habían acercado sin hacer ruido. Las siluetas abrían sus brazos y dejaban caer capas de oscuridad que flotaban como telas hasta posarse sobre el escenario. Cada capa absorbía una gota de luz y mostraba un fragmento de historia: un beso que no se dio, un nombre que se cambió para que el olvido no lo encontrara, una estrella que aprendió a latir.
Kael extendió la mano y tocó una de esas capas. La capa se pegó a su piel y se volvió cicatriz: una línea negra que le atravesaba la palma y llegaba hasta la muñeca. Lysandra hizo lo mismo; su cicatriz era blanca, como si la luz hubiera decidido negar su propia sombra.
El Director de las Sombras que Se Cansaron de Ser Oscuras apareció en el umbral del escenario.
—Con esto pueden representar lo que falta. Pero recuerden: cada sombra que creen desaparecerá de su memoria tan pronto como el telón se cierre. Representar aquí es regalar el recuerdo para que el recuerdo siga vivo fuera de ustedes.
Kael representó:
—Se encontrarán cuando el tiempo se olvide de ser camino y decida ser mesa donde apoyar la mano.
Lysandra representó:
—Se separarán porque el abrazo también es una forma de viaje y algunos viajes se hacen dejando ir.
Las sombras brillaron, se apagaron, y ambos sintieron que algo se iba de dentro, como quien despierta y ya no recuerda el sueño pero conserva la sensación de que el sueño lo cambió todo.
Cerraron el telón. La tela era dura, fría, y tenía grabado un símbolo que ninguno reconoció pero que ambos supieron que era el nombre de lo que son cuando están juntos sin tocarse.
El Director de las Sombras que Se Cansaron de Ser Oscuras les indicó la salida. El pasillo que los llevó hasta la entrada ya no era el mismo: ahora las sombras-durmientes se habían despertado y murmuraban sombras de lo que acababan de perder.
Salieron. El teatro ya no estaba. Solo quedaba el programa colgando del alfiler de humo, girando lentamente, mostrando páginas en blanco que se llenaban con cada latido de los dos.
Se miraron. No recordaban lo que habían representado, pero sabían que el teatro seguía abierto en algún escenario que elige quien lo representa, y que en cada representación faltaría una sombra que ya vive dentro de quien la perdió.
Se tomaron de las manos, no para unirse, sino para que las cicatrices negra y blanca se tocaran y formaran un gris tenue, el color de la página que aún está por venir.
Caminaron alejándose sin rumbo, porque el teatro no deja coordenadas: solo deja la certeza de que cada paso es una sombra que al pisarse se vuelve eco, y el eco se vuelve estar, y el estar se queda así, sin fin, sin prisa, sin sombra, solo siendo.