Llegaron cuando el crepúsculo aún no había decidido si sería luz o simple sombra alargada. El reloj se alzaba sobre una duna que no era arena sino horas muertas, aplastadas por el peso de no haber sido vividas. Kael tocó el cristal: estaba tibio, como si alguien hubiera estado sosteniendo el tiempo antes y lo hubiera dejado ir justo en ese instante. Lysandra inclinó la cabeza y escuchó: no se oía nada, pero el nada era tan denso que se volvía presencia, como si el silencio hubiera aprendido a latir.
No había agua, solo arena que fluía de abajo arriba, lenta, como montaña que se alza. Cada grano al pasar el cuello dejaba un brillo que se colgaba del aire y se convertía en estrella diminuta que apenas se veía si la mirabas de reojo.
—¿Qué cuenta? —preguntó Kael, y la pregunta se quedó colgando del cuello del reloj como cuerda sin cubo.
—Lo que se olvida de ser tiempo —respondió Lysandra, y soltó un susurro que era en realidad el nombre que había olvidado cuando aprendió que ser hechicera era también ser instante.
El susurro cayó. No se oyó, pero el reloj se estrechó un poco, como si hubiera tragado algo que le hiciera falta.
Entonces oyeron el primer tic. Era un tic tan bajo que era casi tac: el de un segundo que se dijo una vez y nunca se repitió, y que aún así seguía diciéndose en algún lugar que no era lugar sino recuerdo de haber sido.
El segundo tic era más alto: era el de un abrazo que se dio sin brazos y que aún así sigue abrazando desde el aire que quedó entre dos cuerpos que no se tocaron.
El tercero ya no era tic sino pregunta que no necesita ser preguntada:
—¿Estás? —susurraba el tic.
—Estoy —respondió el reloj, y la respuesta fue tan suave que fue como si no hubiera sido.
Kael cerró los ojos. No para ver, sino para dejar de ver lo que ya no se veía. Oyó entonces su propio tic: era un latido que se había quedado sin pulso y que aún así latía, porque el pulso no era suyo sino del eco que se quedó cuando el latido original se fue.
Lysandra cerró los ojos también. Oyó su tic: era una respiración que se había quedado sin aire y que aún así respiraba, porque el aire no era suyo sino del susurro que se quedó cuando la respiración original se fue.
Cuando abrieron los ojos, el reloj ya no era reloj sino mesa. Una mesa de cristal que no era cristal sino tiempo convertido en superficie donde apoyar la mano. Sobre la mesa, dos tazas vacías que aún olían a “estoy” y a “estás”.
Se sentaron. No frente a frente: lado a lado, porque en el reloj el enfrentamiento se vuelve encuentro si compartes la misma dirección del latir.
Kael tomó la taza vacía y la llenó con su tic. El tic se volvió líquido que no era líquido sino eco que se bebe sin tragar.
Lysandra tomó la otra taza y la llenó con su tic. El tic se volvió aroma que no era aroma suto recuerdo que se respira sin olvidar.
Bebieron. No del tic, sino del eco que quedaba después de beberlo: era un “aquí estoy” que no necesitaba ser dicho porque ya era.
Al final, el reloj se volvió círculo. Un círculo tan pequeño que cabía en el espacio entre dos tics consecutivos.
Se tomaron de las manos, no para unirse, sino para que el tic también tuviera manos que lo sostengan mientras decide dejar de ser tiempo y se convierte en estar.
Caminaron alejándose sin rumbo, porque el reloj no deja coordenadas: solo deja la certeza de que cada paso es un tic que al pisarse se vuelve eco, y el eco se vuelve estar, y el estar se queda así, sin fin, sin prisa, sin tic, solo siendo.