El Beso Que No Existe

capitulo 26

Llegaron cuando la bruma aún no había decidido si sería voz o simple eco sin dueño. El pabellón se alzaba como una garganta que se olvida de cerrar y deja caer sobre la tierra un puñado de “aquí estoy” que no necesita ser pronunciado. Kael tocó el umbral: la piedra estaba tibia, como si alguien hubiera estado llamando antes y hubiera dejado su nombre colgado para que otro lo recogiera y supiera que ya no estaba solo. Lysandra inclinó la cabeza y escuchó: no se oía nada, pero el nada era tan denso que se volvía presencia, como si el silencio hubiera aprendido a nombrar.

No había puerta; había una palabra colgando de un alfiler de luz. Kael la tocó y la palabra se abrió solo, mostrando una entrada escrita con su propia letra:

—Capítulo en el que Kael descubre que olvidar también es una forma de nombrar.

Entraron. El olor era mezcla de tinta fresca y polvo que había sido nombre antes de convertirse en olvido. Las palabras no estaban escritas; flotaban, suspendidas como luciérnagas de carne que se han quedado sin cuerpo y decidieron ser letra para que alguien las leyera sin tener que leer.

Una mujer los recibió. Llevaba una capa tejida con sílabas y un collar de consonantes que se movían al compás de su respiración. No dio su nombre; dijo que era la Archivista de los Nombres que Se Cansaron de Ser Llamados y que cada palabra tenía derecho a elegir su portador, pero también cada portador tenía derecho a elegir la palabra que lo olvide.

Lysandra preguntó si existía un nombre que contuviera la historia de dos que se separan para encontrarse. La mujer sonrió y señaló un pasillo que no estaba ahí hasta que señaló.

Caminaron. El suelo dejaba huellas de letras; cada pisada formaba una sílaba que se desvanecía al siguiente paso. Kael miró abajo y vio: —siempre—. Lysandra vio: —todavía—. Ambas sílabas se encontraron entre sus pies y se fundieron en un “siempre todavía” que se elevó como bruma y se perdió entre las vigas sin dejar rastro.

Llegaron a una sala circular. En el centro, un atril con un nombre abierto. La página de la izquierda estaba en blanco. La de la derecha mostraba una barca sobre un río de mercurio, y en la barca dos figuras que se miraban sin tocarse.

Kael reconoció la barca. Lysandra reconoció el río. No dijeron nada; solo se sentaron. En cuanto sus manos rozaron el nombre, la tinta empezó a brotar desde el interior de la página, como si el nombre sudara recuerdos.

Primero apareció el puente del capítulo seis, pero sin principio ni fin, flotando sobre el agua. Luego surgió el jardín de relojes, pero los relojes eran pájaros que cantaban la hora y luego se olvidaban de ella. Después nació la casa que se olvida de tener paredes, y dentro de ella el abrazo que todavía se está dando.

La tinta no se secaba; fluía hacia el margen y se desbordaba, cayendo al aire como lluvia negra. Cada gota que tocaba el atril dejaba una mancha que se convertía en palabra: —casi—, —ahora—, —aquí—.

Kael alzó la vista y vio que los nombres se habían acercado sin hacer ruido. Las palabras abrían sus letras y dejaban caer páginas en blanco que flotaban como plumas hasta posarse sobre el atril. Cada hoja en blanco absorbía una gota de tinta y mostraba un fragmento de historia: un beso que no se dio, un nombre que se cambió para que el olvido no lo encontrara, una estrella que aprendió a latir.

Kael extendió la mano y tocó una de esas páginas. La página se pegó a su piel y se volvió cicatriz: una línea negra que le atravesaba la palma y llegaba hasta la muñeca. Lysandra hizo lo mismo; su cicatriz era blanca, como si la tinta hubiera decidido negar su propia sombra.

La Archivista de los Nombres que Se Cansaron de Ser Llamados apareció en el umbral.

—Con esto pueden nombrar lo que falta. Pero recuerden: cada palabra que creen desaparecerá de su memoria tan pronto como el nombre se seque. Nombrar aquí es regalar el recuerdo para que el recuerdo siga vivo fuera de ustedes.

Kael nombró:

—Se encontrarán cuando el tiempo se olvide de ser camino y decida ser mesa donde apoyar la mano.

Lysandra nombró:

—Se separarán porque el abrazo también es una forma de viaje y algunos viajes se hacen dejando ir.

Las palabras brillaron, se apagaron, y ambos sintieron que algo se iba de dentro, como quien despierta y ya no recuerda el sueño pero conserva la sensación de que el sueño lo cambió todo.

Cerraron el nombre. La carpeta era dura, fría, y tenía grabado un símbolo que ninguno reconoció pero que ambos supieron que era el nombre de lo que son cuando están juntos sin tocarse.

La Archivista de los Nombres que Se Cansaron de Ser Llamados les indicó la salida. El pasillo que los llevó hasta la entrada ya no era el mismo: ahora los nombres-durmientes se habían despertado y murmuraban nombres de lo que acababan de perder.

Salieron. El pabellón ya no estaba. Solo quedaba la palabra colgando del alfiler de luz, girando lentamente, mostrando páginas en blanco que se llenaban con cada latido de los dos.

Se miraron. No recordaban lo que habían nombrado, pero sabían que el nombre seguía abierto en algún estante que elige quien lo nombra, y que en cada nombramiento faltaría una palabra que ya vive dentro de quien la perdió.

Se tomaron de las manos, no para unirse, sino para que las cicatrices negra y blanca se tocaran y formaran un gris tenue, el color de la página que aún está por venir.




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