Llegaron cuando la madrugada aún no había decidido si sería luz o simple ausencia de oscuridad. El palacio se alzaba como una garganta que se olvida de cerrar y deja caer sobre la tierra un puñado de “aquí estuve” que no necesita ser pronunciado. Kael tocó el umbral: la piedra estaba tibia, como si alguien hubiera estado callando antes y hubiera dejado su silencio colgado para que otro lo recogiera y supiera que ya no estaba solo. Lysandra inclinó la cabeza y escuchó: no se oía nada, pero el nada era tan denso que se volvía presencia, como si el silencio hubiera aprendido a respirar.
No había puerta; había un silencio colgando de un alfiler de luz. Kael lo tocó y el silencio se abrió solo, mostrando una entrada escrita con su propia letra:
—Capítulo en el que Kael descubre que olvidar también es una forma de callar.
Entraron. El olor era mezcla de tinta fresca y polvo que había sido voz antes de convertirse en olvido. Los silencios no estaban escritos; flotaban, suspendidos como luciérnagas de carne que se han quedado sin cuerpo y decidieron ser letra para que alguien las leyera sin tener que leer.
Una mujer los recibió. Llevaba una capa tejida con susurros y un collar de consonantes que se movían al compás de su respiración. No dio su nombre; dijo que era la Guardiana de los Silencios que Se Cansaron de Ser Eco y que cada callada tenía derecho a elegir su sonido, pero también cada sonido tenía derecho a elegir la callada que lo olvide.
Lysandra preguntó si existía un silencio que contuviera la historia de dos que se separan para encontrarse. La mujer sonrió y señaló un pasillo que no estaba ahí hasta que señaló.
Caminaron. El suelo dejaba huellas de susurros; cada pisada formaba una sílaba que se desvanecía al siguiente paso. Kael miró abajo y vio: —siempre—. Lysandra vio: —todavía—. Ambas sílabas se encontraron entre sus pies y se fundieron en un “siempre todavía” que se elevó como bruma y se perdió entre las vigas sin dejar rastro.
Llegaron a una sala circular. En el centro, un atril con un silencio abierto. La página de la izquierda estaba en blanco. La de la derecha mostraba una barca sobre un río de mercurio, y en la barca dos figuras que se miraban sin tocarse.
Kael reconoció la barca. Lysandra reconoció el río. No dijeron nada; solo se sentaron. En cuanto sus manos rozaron el silencio, la tinta empezó a brotar desde el interior de la página, como si el silencio sudara recuerdos.
Primero apareció el puente del capítulo seis, pero sin principio ni fin, flotando sobre el agua. Luego surgió el jardín de relojes, pero los relojes eran pájaros que cantaban la hora y luego se olvidaban de ella. Después nació la casa que se olvida de tener paredes, y dentro de ella el abrazo que todavía se está dando.
La tinta no se secaba; fluía hacia el margen y se desbordaba, cayendo al aire como lluvia negra. Cada gota que tocaba el atril dejaba una mancha que se convertía en silencio: —casi—, —ahora—, —aquí—.
Kael alzó la vista y vio que los silencios se habían acercado sin hacer ruido. Las calladas abrían sus brazos y dejaban caer capas de quietud que flotaban como telas hasta posarse sobre el atril. Cada capa absorbía una gota de tinta y mostraba un fragmento de historia: un beso que no se dio, un nombre que se cambió para que el olvido no lo encontrara, una estrella que aprendió a latir.
Kael extendió la mano y tocó una de esas capas. La capa se pegó a su piel y se volvió cicatriz: una línea negra que le atravesaba la palma y llegaba hasta la muñeca. Lysandra hizo lo mismo; su cicatriz era blanca, como si la tinta hubiera decidido negar su propia sombra.
La Guardiana de los Silencios que Se Cansaron de Ser Eco apareció en el umbral.
—Con esto pueden callar lo que falta. Pero recuerden: cada silencio que creen desaparecerá de su memoria tan pronto como el silencio se seque. Callar aquí es regalar el recuerdo para que el recuerdo siga vivo fuera de ustedes.
Kael calló:
—Se encontrarán cuando el tiempo se olvide de ser camino y decida ser mesa donde apoyar la mano.
Lysandra calló:
—Se separarán porque el abrazo también es una forma de viaje y algunos viajes se hacen dejando ir.
Los silencios brillaron, se apagaron, y ambos sintieron que algo se iba de dentro, como quien despierta y ya no recuerda el sueño pero conserva la sensación de que el sueño lo cambió todo.
Cerraron el silencio. La carpeta era dura, fría, y tenía grabado un símbolo que ninguno reconoció pero que ambos supieron que era el nombre de lo que son cuando están juntos sin tocarse.
La Guardiana de los Silencios que Se Cansaron de Ser Eco les indicó la salida. El pasillo que los llevó hasta la entrada ya no era el mismo: ahora los silencios-durmientes se habían despertado y murmuraban calladas de lo que acababan de perder.
Salieron. El palacio ya no estaba. Solo quedaba el silencio colgando del alfiler de luz, girando lentamente, mostrando páginas en blanco que se llenaban con cada latido de los dos.
Se miraron. No recordaban lo que habían callado, pero sabían que el silencio seguía abierto en algún estante que elige quien lo calla, y que en cada callada faltaría un silencio que ya vive dentro de quien la perdió.
Y allí se quedaron, sin irse, sin quedarse, solo siendo el silencio que se mira sin mirar y que al mirarse se olvida de ser eco y se convierte en estar, simplemente, sin necesidad de ser silencio, sin necesidad de ser luz, sin necesidad de ser.
Llegaron cuando la madrugada aún no había decidido si sería luz o simple ausencia de oscuridad. El palacio se alzaba como una garganta que se olvida de cerrar y deja caer sobre la tierra un puñado de “aquí estuve” que no necesita ser pronunciado. Kael tocó el umbral: la piedra estaba tibia, como si alguien hubiera estado mirando antes y hubiera dejado su reflejo colgado para que otro lo recogiera y supiera que ya no estaba solo. Lysandra inclinó la cabeza y escuchó: no se oía nada, pero el nada era tan denso que se volvía presencia, como si el silencio hubiera aprendido a reflejarse.