El Beso Que No Existe

capitulo 30

Llegaron cuando la madrugada aún no había decidido si sería luz o simple ausencia de oscuridad. El círculo se alzaba como una boca que se olvida de cerrar y deja caer sobre la tierra un puñado de “aquí estuve” que no necesita ser pronunciado. Kael tocó el borde: la piedra estaba tibia, como si alguien hubiera estado regresando antes y hubiera dejado su retorno colgado para que otro lo recogiera y supiera que ya no estaba solo. Lysandra inclinó la cabeza y escuchó: no se oía nada, pero el nada era tan denso que se volvía presencia, como si el silencio hubiera aprendido a regresar.

No había puerta; había un círculo colgando de un alfiler de luz. Kael lo tocó y el círculo se abrió solo, mostrando una entrada escrita con su propia letra:

—Capítulo en el que Kael descubre que olvidar también es una forma de regresar.

Entraron. El olor era mezcla de tinta fresca y polvo que había sido vuelta antes de convertirse en olvido. Los círculos no eran de metal; eran recuerdos durmientes, apilados unos sobre otros, formando pilas que temblaban cuando alguien pasaba cerca.

Una mujer los recibió. Llevaba una capa tejida con vueltas y un collar de siluetas que se movían al compás de su respiración. No dio su nombre; dijo que era la Guardiana de los Círculos que Se Cansaron de Ser Ida y que cada vuelta tenía derecho a elegir su regreso, pero también cada regreso tenía derecho a elegir la vuelta que lo olvide.

Lysandra preguntó si existía un círculo que contuviera la historia de dos que se separan para encontrarse. La mujer sonrió y señaló un pasillo que no estaba ahí hasta que señaló.

Caminaron. El suelo dejaba huellas de vueltas; cada pisada formaba un círculo que se desvanecía al siguiente paso. Kael miró abajo y vio: —siempre—. Lysandra vio: —todavía—. Ambos círculos se encontraron entre sus pies y se fundieron en un “siempre todavía” que se elevó como bruma y se perdió entre las vigas sin dejar rastro.

Llegaron a una sala circular. En el centro, un atril con un círculo abierto. La página de la izquierda estaba en blanco. La de la derecha mostraba una barca sobre un río de mercurio, y en la barca dos figuras que se miraban sin tocarse.

Kael reconoció la barca. Lysandra reconoció el río. No dijeron nada; solo se sentaron. En cuanto sus manos rozaron el círculo, la tinta empezó a brotar desde el interior de la página, como si el círculo sudara recuerdos.

Primero apareció el puente del capítulo seis, pero sin principio ni fin, flotando sobre el agua. Luego surgió el jardín de relojes, pero los relojes eran pájaros que cantaban la hora y luego se olvidaban de ella. Después nació la casa que se olvida de tener paredes, y dentro de ella el abrazo que todavía se está dando.

La tinta no se secaba; fluía hacia el margen y se desbordaba, cayendo al aire como lluvia negra. Cada gota que tocaba el atril dejaba una mancha que se convertía en círculo: —casi—, —ahora—, —aquí—.

Kael alzó la vista y vio que los círculos se habían acercado sin hacer ruido. Las vueltas abrían sus brazos y dejaban caer capas de quietud que flotaban como telas hasta posarse sobre el atril. Cada capa absorbía una gota de tinta y mostraba un fragmento de historia: un beso que no se dio, un nombre que se cambió para que el olvido no lo encontrara, una estrella que aprendió a latir.

Kael extendió la mano y tocó una de esas capas. La capa se pegó a su piel y se volvió cicatriz: una línea negra que le atravesaba la palma y llegaba hasta la muñeca. Lysandra hizo lo mismo; su cicatriz era blanca, como si la tinta hubiera decidido negar su propia sombra.

La Guardiana de los Círculos que Se Cansaron de Ser Ida apareció en el umbral.

—Con esto pueden volver lo que falta. Pero recuerden: cada círculo que creen desaparecerá de su memoria tan pronto como el círculo se seque. Volver aquí es regalar el recuerdo para que el recuerdo siga vivo fuera de ustedes.

Kael volvió:

—Se encontrarán cuando el tiempo se olvide de ser camino y decida ser mesa donde apoyar la mano.

Lysandra volvió:

—Se separarán porque el abrazo también es una forma de viaje y algunos viajes se hacen dejando ir.

Los círculos brillaron, se apagaron, y ambos sintieron que algo se iba de dentro, como quien despierta y ya no recuerda el sueño pero conserva la sensación de que el sueño lo cambió todo.

Cerraron el círculo. La carpeta era dura, fría, y tenía grabado un símbolo que ninguno reconoció pero que ambos supieron que era el nombre de lo que son cuando están juntos sin tocarse.

La Guardiana de los Círculos que Se Cansaron de Ser Ida les indicó la salida. El pasillo que los llevó hasta la entrada ya no era el mismo: ahora los círculos-durmientes se habían despertado y murmuraban vueltas de lo que acababan de perder.

Salieron. El palacio ya no estaba. Solo quedaba el círculo colgando del alfiler de luz, girando lentamente, mostrando páginas en blanco que se llenaban con cada latido de los dos.

Se miraron. No recordaban lo que habían vuelto, pero sabían que el círculo seguía abierto en algún estante que elige quien lo vuelve, y que en cada vuelta faltaría un círculo que ya vive dentro de quien la perdió.

Y allí se quedaron, sin irse, sin quedarse, solo siendo el círculo que se mira sin mirar y que al mirarse se olvida de ser vuelta y se convierte en estar, simplemente, sin necesidad de ser círculo, sin necesidad de ser luz, sin necesidad de ser.




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