El Beso Que No Existe

capitulo 34

Llegaron cuando la madrugada aún no había decidido si sería luz o simple ausencia de oscuridad. El manuscrito se alzaba como una garganta que se olvida de cerrar y deja caer sobre la tierra un puñado de “aquí estuve” que no necesita ser pronunciado. Kael tocó el umbral: la piedra estaba tibia, como si alguien hubiera estado escribiendo antes y hubiera dejado su día colgado para que otro lo recogiera y supiera que ya no estaba solo. Lysandra inclinó la cabeza y escuchó: no se oía nada, pero el nada era tan denso que se volvía presencia, como si el silencio hubiera aprendido a escribir.

No había puerta; había una página colgando de un alfiler de luz. Kael la tocó y la página se abrió sola, mostrando una entrada escrita con su propia letra:

—Capítulo en el que Kael descubre que olvidar también es una forma de escribir.

Entraron. El olor era mezcla de tinta fresca y polvo que había sido día antes de convertirse en olvido. Las páginas no estaban escritas; flotaban, suspendidas como luciérnagas de carne que se han quedado sin cuerpo y decidieron ser letra para que alguien las leyera sin tener que leer.

Una mujer los recibió. Llevaba una capa tejida con páginas y un collar de consonantes que se movían al compás de su respiración. No dio su nombre; dijo que era la Archivista de los Días que Se Cansaron de Ser Mañana y que cada página tenía derecho a elegir su lector, pero también cada lector tenía derecho a elegir la página que lo olvide.

Lysandra preguntó si existía una página que contuviera la historia de dos que se separan para encontrarse. La mujer sonrió y señaló un pasillo que no estaba ahí hasta que señaló.

Caminaron. El suelo dejaba huellas de letras; cada pisada formaba una sílaba que se desvanecía al siguiente paso. Kael miró abajo y vio: —siempre—. Lysandra vio: —todavía—. Ambas sílabas se encontraron entre sus pies y se fundieron en un “siempre todavía” que se elevó como bruma y se perdió entre las vigas sin dejar rastro.

Llegaron a una sala circular. En el centro, un atril con una página abierta. La página de la izquierda estaba en blanco. La de la derecha mostraba una barca sobre un río de mercurio, y en la barca dos figuras que se miraban sin tocarse.

Kael reconoció la barca. Lysandra reconoció el río. No dijeron nada; solo se sentaron. En cuanto sus manos rozaron la página, la tinta empezó a brotar desde el interior de la página, como si la página sudara recuerdos.

Primero apareció el puente del capítulo seis, pero sin principio ni fin, flotando sobre el agua. Luego surgió el jardín de relojes, pero los relojes eran pájaros que cantaban la hora y luego se olvidaban de ella. Después nació la casa que se olvida de tener paredes, y dentro de ella el abrazo que todavía se está dando.

La tinta no se secaba; fluía hacia el margen y se desbordaba, cayendo al aire como lluvia negra. Cada gota que tocaba el atril dejaba una mancha que se convertía en letra: —casi—, —ahora—, —aquí—.

Kael alzó la vista y vio que las páginas se habían acercado sin hacer ruido. Los días abrían sus brazos y dejaban caer capas de quietud que flotaban como telas hasta posarse sobre el atril. Cada capa absorbía una gota de tinta y mostraba un fragmento de historia: un beso que no se dio, un nombre que se cambió para que el olvido no lo encontrara, una estrella que aprendió a latir.

Kael extendió la mano y tocó una de esas capas. La capa se pegó a su piel y se volvió cicatriz: una línea negra que le atravesaba la palma y llegaba hasta la muñeca. Lysandra hizo lo mismo; su cicatriz era blanca, como si la tinta hubiera decidido negar su propia sombra.

La Archivista de los Días que Se Cansaron de Ser Mañana apareció en el umbral.

—Con esto pueden escribir lo que falta. Pero recuerden: cada página que creen desaparecerá de su memoria tan pronto como la página se seque. Escribir aquí es regalar el recuerdo para que el recuerdo siga vivo fuera de ustedes.

Kael escribió:

—Se encontrarán cuando el tiempo se olvide de ser camino y decida ser mesa donde apoyar la mano.

Lysandra escribió:

—Se separarán porque el abrazo también es una forma de viaje y algunos viajes se hacen dejando ir.

Las páginas brillaron, se apagaron, y ambos sintieron que algo se iba de dentro, como quien despierta y ya no recuerda el sueño pero conserva la sensación de que el sueño lo cambió todo.

Cerraron la página. La carpeta era dura, fría, y tenía grabado un símbolo que ninguno reconoció pero que ambos supieron que era el nombre de lo que son cuando están juntos sin tocarse.

La Archivista de los Días que Se Cansaron de Ser Mañana les indicó la salida. El pasillo que los llevó hasta la entrada ya no era el mismo: ahora las páginas-durmientes se habían despertado y murmuraban días de lo que acababan de perder.

Salieron. El manuscrito ya no estaba. Solo quedaba la página colgando del alfiler de luz, girando lentamente, mostrando páginas en blanco que se llenaban con cada latido de los dos.

Se miraron. No recordaban lo que habían escrito, pero sabían que la página seguía abierta en algún estante que elige quien la escribe, y que en cada escritura faltaría un día que ya vive dentro de quien la perdió.

Y allí se quedaron, sin irse, sin quedarse, solo siendo la página que se mira sin mirar y que al mirarse se olvida de ser letra y se convierte en estar, simplemente, sin necesidad de ser página, sin necesidad de ser luz, sin necesidad de ser.




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