El Beso Que No Existe

capitulo 37

Son latidos y un cinturón de vocales que se movían al compás de un pulso que no era suyo, una melodía ajena que resonaba en el aire como un susurro olvidado. No dio su nombre; dijo que era la Archivista de los Versos que Se Niegan a Ser Palabra, un título que llevaba como una corona de letras en la cabeza, y que cada verso tenía derecho a elegir su boca, pero también cada boca tenía derecho a elegir el verso que la calle, como un juego de elecciones en el que todos los participantes eran igualmente importantes.

Lysandra, con curiosidad en sus ojos, preguntó si existía un verso que contuviera la historia de dos que se separan para encontrarse, un relato tan antiguo como el tiempo mismo, lleno de anhelos y promesas. La figura, con un gesto que parecía bailar en el aire, abrió la boca y dejó salir un camino que no era camino sino carne que se enrolla sobre sí misma hasta formar un abrazo sin brazos, un símbolo de la conexión que trasciende el espacio y el tiempo.

Caminaron. El suelo dejaba huellas de latidos; cada pisada formaba un eco que se desvanecía al siguiente paso, como si el propio suelo respirara en sincronía con ellos. Kael miró abajo y vio: —siempre—, una palabra que resonaba con un significado profundo y eterno. Lysandra vio: —todavía—, una promesa de que, a pesar de la distancia, algo siempre permanecería. Ambos ecos se encontraron entre sus pies y se fundieron en un latido que no era latido sino “siempre todavía” que se elevó como bruma, etérea y ligera, y se perdió entre las costillas del manuscrito sin dejar rastro, como un sueño que se disipa al despertar.

Llegaron a una sala que no era sala sino pecho abierto, un espacio que latía con la vida misma. En el centro, un atril con una hoja que no era hoja sino ventrículo, el corazón de una historia aún por contar. La parte izquierda del ventrículo estaba en blanco, un lienzo en espera de ser pintado con palabras, mientras que la derecha mostraba una barca sobre un río de mercurio, y en la barca dos figuras que se miraban sin tocarse, una imagen que evocaba tanto deseo como distancia.

Kael reconoció la barca, un símbolo de su propia travesía, mientras que Lysandra reconoció el río, un espejo de sus emociones. No dijeron nada; solo se dejaron caer dentro del latido, entregándose a la corriente de la experiencia. En cuanto sus manos rozaron el ventrículo, la sangre empezó a brotar en forma de tinta, como si el corazón sudara recuerdos, una manifestación tangible de lo que habían vivido.

Primero apareció el puente del capítulo seis, pero sin principio ni fin, flotando sobre la sangre, un recordatorio de que algunas historias son cíclicas. Luego surgió el jardín de relojes, pero los relojes eran pájaros que cantaban la hora y luego se olvidaban de ella, un encanto efímero que reflejaba la naturaleza fugaz del tiempo. Después nació la casa que se olvida de tener paredes, y dentro de ella el abrazo que todavía se está dando, un refugio para aquellos que buscan conexión.

La sangre no se secaba; fluía hacia el margen y se desbordaba, cayendo al aire como lluvia carmesí, un torrente de emociones que se manifestaba en cada gota. Cada gota que tocaba el atril dejaba una mancha que se convertía en verso: —casi—, —ahora—, —aquí—, palabras que resonaban con un sentido de urgencia y presente.

Kael alzó la vista y vio que los versos se habían acercado sin hacer ruido, como susurros que se cuelan en la noche. Los latidos abrían sus brazos y dejaban caer capas de carne que flotaban como telas hasta posarse sobre el atril. Cada capa absorbía una gota de sangre y mostraba un fragmento de historia: un beso que no se dio, un nombre que se cambió para que el olvido no lo encontrara, una estrella que aprendió a latir, cada historia un eco de lo que pudieron ser.

Kael extendió la mano y tocó una de esas capas. La capa se pegó a su piel y se volvió cicatriz: una línea negra que le atravesaba la palma y llegaba hasta el corazón, un recordatorio permanente de lo vivido. Lysandra hizo lo mismo; su cicatriz era blanca, como si la sangre hubiera decidido negar su propia sombra, un símbolo de la pureza de sus intenciones.

La Archivista de los Versos que Se Niegan a Ser Palabra abrió la boca y dejó salir un susurro que no era susurro sino eco de eco:

—Con esto pueden nombrar lo que falta. Pero recuerden: cada verso que creen desaparecerá de su memoria tan pronto como el verso se seque. Nombrar aquí es regalar el recuerdo para que el recuerdo siga vivo fuera de ustedes, un acto de creación y sacrificio a la vez.

Kael nombró:

—Se encontrarán cuando el tiempo se olvide de ser camino y decida ser mesa donde apoyar la mano, un momento de pausa en el que todo cobra sentido.

Lysandra nombró:

—Se separarán porque el abrazo también es una forma de viaje y algunos viajes se hacen dejando ir, un reconocimiento de que a veces el amor implica soltar.

Los versos brillaron, se apagaron, y ambos sintieron que algo se iba de dentro, como quien despierta y ya no recuerda el sueño pero conserva la sensación de que el sueño lo cambió todo, una transformación silenciosa.

Cerraron el verso. La carpeta era dura, fría, y tenía grabado un símbolo que ninguno reconoció pero que ambos supieron que era el nombre de lo que son cuando están juntos sin tocarse, una esencia intangible pero poderosa.

La Archivista de los Versos que Se Niegan a Ser Palabra les indicó la salida. El pasillo que los llevó hasta la entrada ya no era el mismo: ahora los versos-durmientes se habían despertado y murmuraban versos de lo que acababan de perder, un lamento colectivo que resonaba en el aire.

Salieron. El manuscrito ya no estaba. Solo quedaba la hoja colgando del alfiler de luz, girando lentamente, mostrando páginas en blanco que se llenaban con cada latido de los dos, un nuevo comienzo en medio de la incertidumbre.Una vez fuera de aquella sala que había sido un corazón palpitante, el mundo parecía diferente. El aire estaba impregnado de historias aún no contadas, y los ecos de sus nombres parecían danzar en el viento, formando un canto que se perdía en la lejanía. Lysandra miró a Kael, sus ojos llenos de preguntas que nunca se atrevería a formular. Habían sido testigos de algo extraordinario, y sin embargo, la realidad los aguardaba con sus crudezas y limitaciones.




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