Los dos se encontraron en un paisaje donde los latidos creaban ríos y los ecos fluyeron como remolinos de susurros. A cada paso, el suelo palpitaba con historias olvidadas; las sombras de lo que no se dijo se tejían en la bruma que los envolvía, convirtiendo el aire en palabras a medio formar.
Kael miró a su alrededor y vio formas vagamente familiares: un faro que guiaba a las almas perdidas, una flor de papel que nunca marchitaba, y un espejo que reflejaba futuros no vividos. Todo brillaba con una luz propia, como si cada objeto estuviera lleno de la resonancia de mil versos que nunca encontraron su final.
—Aquí —dijo Lysandra, recogiendo un sonoro aliento de posibilidades—, cada latido tiene su eco y cada eco su verso, pero ¿qué ocurre con lo que nunca se dice? ¿Dónde se esconde?
Kael, con la cicatriz aún fresca en su mano, comprendió que el silencio también era parte de la historia. Un silencio denso y rugoso, tan real como el murmullo de la sangre en sus venas. Extendió la mano hacia el faro y sus dedos encontraron el frío del bronce, que vibró a su toque.
—Quizás lo que nunca se dice está aquí para ser escuchado —respondió Kael—, susurrando en el viento.
Las olas de los ecos que rodeaban el faro comenzaron a alejarse, levantando susurros como barcos que partían hacia un horizonte desconocido. La Archivista de los Versos que Se Niegan a Ser Fin apareció nuevamente, sus ojos como luceros iluminando la penumbra.
—¿Desean saber lo que permanece oculto? —preguntó con una voz que reverberaba como un acorde mayor.
Ambos asintieron, sintiendo cómo la intriga se enroscaba en sus corazones. La figura levantó una mano y, de su palma, surgió un verso a medio formar, vibrante y lleno de vida, que se materializó en el aire como si una estrella hubiera caído de su órbita.
—Lo que no se atreve a hablar, a menudo se convierte en el hilo que teje la conexión entre almas —dijo, y a medida que sus palabras se disipaban, un tercer camino se abría ante ellos, uno en el que el silencio también era elocuente y los latidos se entrelazaban en un abrazo de promesas.
Por un momento, el tiempo pareció detenerse, y en ese instante, Kael y Lysandra se dieron cuenta de que cada paso que daban era un verso que se escribía en el papel de su destino, y que lo que dejaban atrás no era un olvido, sino el preludio de un nuevo relato que los esperaba.
Un susurro reverberó en el aire, como un eco de lo recién nombrado, y el símbolo grabado comenzó a brillar, pulsando al ritmo de corazones olvidados. Kael y Lysandra sintieron un tirón en sus cicatrices, un hilo invisible que los unía a algo más grande. Se dieron la vuelta, ansiosos por explorar el nuevo paisaje que se desplegaba ante ellos.
Un sendero de letras danzantes se alzó, creando un puente orgánico entre lo que fue y lo que podría ser. Cada paso sobre las letras generaba matices en el aire: —el silencio de lo nunca dicho—, —la promesa de lo que viene—, vibraban en un tono melódico que atrapaba la atención de cada rincón. Las palabras emergían, formando una niebla de significados dispersos, y las imágenes de momentos perdidos danzaban en esa bruma.
No había retorno. Al cruzar el puente, Cael y Lysandra se encontraron en un espacio donde el tiempo se retorcía, abriendo sus posibilidades como un libro en blanco, esperando a ser escrito. “Todo lo que han nombrado se despliega aquí”, dijo una voz —una sombra de la Archivista—, “y cada elección que hagan se convertirá en verso, en historia que busca ser memoria”.
Extasiados, decidieron sentarse en la orilla de un lago que reflejaba fragmentos de sus memorias: el café en una mañana lluviosa, risas compartidas al atardecer, y lágrimas que hablaron de despedidas. Cada imagen flotaba en las aguas tranquilas, invitándolos a tocar la superficie y hacerla vibrar. Kael se inclinó y palpó el agua; vio sus recuerdos distorsionarse y reconfigurarse en nuevas historias.
Lysandra se unió a él, y juntas comenzaron a narrar. —Aquí, el amor es eco que se expande—, dijo Kael, las palabras tomando forma. —Y aquí, la distancia es solo un abrazar desde lejos—, añadió Lysandra. Las historias fluyeron del lago, cada verso una chispa de luz que iluminaba el aire, y pronto el paisaje se llenó de un espectro de emociones: alegría, nostalgia, tristeza, y esperanza.
Los ecos de sus relatos se convirtieron en puentes que los conectaban a mundos aún inexplorados. De pronto, las letras del sendero empezaron a girar como estrellas y se elevaron, transformándose en un cielo que pulsaba con versos sin fin, alimentados por la vida que realizaban en ese instante.
“Cada verso que escriban aquí vivirá”, resonó la voz en la bruma. Y entonces, Kael y Lysandra comprendieron la esencia de su viaje: crear un nuevo significado desde el entrelazado de sus cicatrices, una historia que es la suma de sus encuentros y sus ausencias, un verso que se niega a ser fin. Al alzar la mirada, vieron que el cielo respondía, brillando con cada latido compartido, desbordando letras, abrazos, y la promesa de un recuerdo que siempre querrían vivir juntos.