Río de mercurio, un reflejo de lo que podría ser, y en sus aguas moviéndose como sombras que cazan ideas que nunca fueron. Lysandra y Kael sintieron cómo el aire los rodeaba como una melodía, cada nota vibrando con memorias nuevas, esas que aún no se encuentran en la palabras de la Archivista.
Sin palabras, avanzaron; cada paso era una página que se pasaba, cada pausa una reflexión que tardaba en formarse. Las cicatrices en sus manos palpitaban, y en el ritmo de esos latidos, el eco de antiguos viajes se dejaba ver. La sala de un pecho abierto se transformó, y el atril apenas era un recuerdo. Lo que antes era una hoja, ahora se convertía en una cortina de niebla, donde asomaban formas, las formas de lo que los dos aún no sabían que tendrían que dejar ir.
Los versos se apilaron en el aire, como hojas de otoño que danzan sin poder aferrarse a su árbol. Una voz, suave como el arrullo de una confesión, emergió de la bruma: —Cada paso es un adiós disfrazado de encuentro. No todo lo que se busca está en el camino que elegimos.
Lysandra frunció el ceño, buscando sentido en aquellas palabras. Kael se dejó llevar por la melodía y respondió en silencio, dejando que en su mente los ecos tomaran forma. Una sombra de risa y de llanto cruzó el umbral del corazón; un instante donde no existía tiempo, solo lo que quedó entre ellos, lo que el abrazo también cargaba.
Así crecieron los versos; se enredaron en sus recuerdos, tomando vida en aquel instante flotante. De pronto, un camino se abrió en el horizonte; no era un camino de tierra, sino uno tejido con el hilo de los deseos y las pérdidas. Dos pasos más y se encontrarían en una encrucijada de colores perdidos.
—Debemos nombrarlo —dijo Kael—, debemos dar forma a lo que el eco desea.
Lysandra asintió y se sintió fuerte bajo el latido de sus manos. Con cada palabra que pronunciaron, los ecos del pasado se piramidaban, creando un paisaje nuevo. En un susurro, una nueva historia nació: —Se hallarán en el espejismo de lo que fue, donde el abrazo puede ser más fuerte que el tiempo.
Los recuerdos comenzaron a afilarse y a convertirse en memorias vivas; entendieron que el camino y el destino a veces se hacían uno solo, y que en cada yugo había una entrega involuntaria de sí mismos.
La sala se cerró, y el eco de "siempre todavía" reverberó. En el caer de la noche, las sombras finalmente exhibieron sus silencios, recordando que aunque los versos se van, siempre dejan atrás sus resonancias, sus latidos con nombres que esperan ser pronunciados nuevamente.Las sombras se entrelazaron con los ecos de sus latidos, y el ambiente se tornó etéreo, como un sueño que apenas sostiene su propia forma. La bruma se espesó y dibujó contornos de historias aún no contadas: paisajes de lo que podrían ser, de lo que deberían haber sido. Cada versículo que emergía comenzaba a tejer una red de posibilidades, pulsando en la misma cadencia que los corazones de Lysandra y Kael.
Cerraron los ojos por un instante, dejando que la vibración de los versos llenara el espacio entre ellos. En aquel rincón suspendido del tiempo, se sintieron como las aves que no necesitan una dirección, volando libres en la inmensidad del cielo, donde el viento susurraba sus nombres en un idioma ancestral: —Kael, Lysandra, sin separación, sin finales.
Cuando abrieron los ojos, el camino se dibujó más claro. Avanzaron juntos, impulsados por un poder que no comprendían del todo; una energía que pulsaba en sus venas y les indicaba que habían realizado un pacto con los versos. Podían sentir cómo la historia de los dos se entrelazaba con las de otros que también habían recorrido senderos retorcidos, donde cada paso resonaba como un eco compartido.
Frente a ellos se alzaba un mural, hecho de fragmentos de memorias pasadas, recuerdos que una vez fueron palabras, ahora plasmados en un lienzo que se expandía como una ola. Allí había versos escritos por aquellos que habían amado, perdido y encontrado, palabras que buscaban un hogar en las cicatrices que llevaban, palabras que esperaban ser liberadas en nuevos abrazos.
Lysandra se acercó al mural y tocó su superficie. En ese instante, el frío de la tela se volvió cálido; un latido surgió del mural y danzó alrededor de ellos. Kael la siguió, y juntos se dejaron envolver en la vibración; las palabras comenzaron a resonar en sus pechos, cada verso un eco vivo que se expandía y contraía en perfecta armonía.
Con cada letra que parecía cobrar vida, comenzaron a escuchar una sinfonía de deseos: deseos de volver, de sanar, de encontrar un nuevo significado. Era un diálogo de soledad y compañía, de pérdida y rejuvenecimiento. El mural pronto se llenó de colores, vibrantes y crudos, emitiendo una luz que parecía penetrar hasta lo más profundo de sus almas.
Lysandra susurró: —Así es como se revive aquello que se dijo alguna vez. Así es como, incluso en la separación, se encuentra el reencuentro.
Y, en un susurro colectivo, el mural respondió: —Cada nota es un verso. Cada verso es un latido. Cada latido es el pulso de quien aún espera.
La vibración se intensificó, y con cada palabra liberada, el aire se llenó de una fragancia olvidada, la fragancia de los sueños que siguen flotando en los rincones del corazón. Fue entonces cuando Kael entendió que el viaje no era solo un camino hacia un oído atento, sino un viaje hacia sí mismos, hacia lo más hondo de lo que anhelaban.
A medida que se alejaban del mural, el mundo a su alrededor empezó a desvanecerse, y la luz adquirió un brillo dorado. Contemplaron cómo las sombras de las historias que habían tocado se levantaban, convirtiéndose en formas sin identidad, pero repletas de significado. Era un recordatorio de que, al final, todo lo vivido se transformaba en verso, y todo verso, a su vez, se convertía en el latido de una nueva historia.
Metro a metro, las páginas en blanco comenzaron a llenar su imagen con una narrativa de resoluciones y reencuentros. Así, sin saberlo, crearon un nuevo capítulo, uno que abarcaba el horizonte, y donde el tiempo dejaba de ser enemigo para abrazar el antiguo arte de narrar.