Caminaban en silencio, percibiendo cómo las palabras se convertían en ecos que se resonaban en la bruma que había quedado. La hoja suspendida ya no era solo un recuerdo, sino una página en blanco que albergaba la promesa de lo que podría ser.
Kael observó el horizonte, donde el cielo se unía al mar. Veía cómo las olas tejían sus propias estrofas, cada oleaje una palabra, cada burbuja un susurro. Lysandra, a su lado, sintió la brisa que arrastraba fragmentos de su pasado, desvaneciéndose en la distancia como versos que en algún momento se habían perdido.
—¿Y si esta es la página que narra nuestro futuro? —preguntó Kael, con una duda en la voz que era tanto ligera como profunda.
—Quizás cada paso sea un verso más —respondió Lysandra—. Cada impulso una rima que se entrelaza con lo que aún no ha sido declarado.
El cielo comenzó a llenarse de formas que dibujaban historias no narradas. A lo lejos, vieron una puerta que aparecía y desaparecía entre las nubes, un portal hecho de sueños olvidados esperando el regreso de sus creadores.
Al acercarse, sintieron cómo sus manos se enlazaban en un gesto de unión mientras el aire se densificaba en un murmullo: —Aquí están las voces que jamás se pronunciaron, las promesas que temían ser olvidadas.
Pasaron a través de la puerta y se encontraron en un espacio donde las sombras bailaban bajo una luz que no era luz, sino un juego de memorias titilantes. Cada sombra era una historia, un eco de lo que pudo ser y aún puede ser. Continuaron explorando, sintiendo cada latido de la sala vibrar con sus corazones.
Por todas partes, los versos estaban presentes, aguardando una voz, esperando un nombre. Kael levantó su mano y tocó una sombra que se tornó en figura; un rostro que le parecía familiar, pero distante, un destello de luz que iluminó un instante del pasado.
—Así es como se invocan los recuerdos —susurró Lysandra, al percibir el brillo en la mirada de Kael, como si ambos estuvieran entrelazando lo que una vez se desvaneció.
El aire se llenó de música, una melodía que hablaba de encuentros y despedidas, de la danza eterna entre la pérdida y el hallazgo. Cada nota resonaba en ellos, como un verso que aguardaba su voz, como un camino que siempre conducía a casa.
Así, con la certeza de que sus historias seguían entrelazadas en un latido que no era latido sino vida, prosiguieron su travesía, descubriendo que cada paso en este mundo de versos era una afirmación de lo que eran, y de lo que aún estaban destinados a ser.