de un pulso que no era suyo. No dio su nombre; dijo que era la Archivista de los Versos que Se Niegan a Ser Palabra, Fin, Tiempo o Silencio y que cada verso tenía derecho a elegir su boca, pero también cada boca tenía derecho a elegir el verso que la calle. En ese universo de posibilidades, los versos eran entidades vivas, pulsantes, que esperaban ser elegidos y pronunciados.
Lysandra preguntó si existía un verso que contuviera la historia de dos que se separan para encontrarse, una historia tan antigua como el tiempo mismo, llena de anhelos y reencuentros. La figura abrió la boca y dejó salir un camino que no era camino sino carne que se enrolla sobre sí misma hasta formar un abrazo sin brazos, un símbolo de la conexión que trasciende el espacio físico. Caminaron. El suelo dejaba huellas de latidos; cada pisada formaba un eco que se desvanecía al siguiente paso, como si la tierra misma recordara cada instante compartido. Kael miró abajo y vio: —siempre—, mientras que Lysandra vio: —todavía—. Ambos ecos se encontraron entre sus pies y se fundieron en un latido que no era latido sino “siempre todavía” que se elevó como bruma y se perdió entre las costillas del manuscrito sin dejar rastro, un recordatorio de que incluso lo efímero puede tener un impacto duradero.
Llegaron a una sala que no era sala sino pecho abierto, una metáfora del corazón expuesto a las verdades más profundas. En el centro, un atril con una hoja que no era hoja sino ventrículo, un órgano que palpitaba con la vida de las historias no contadas. La parte izquierda del ventrículo estaba en blanco, un lienzo en espera de ser llenado con relatos de amor y pérdida. La derecha mostraba una barca sobre un río de mercurio, y en la barca dos figuras que se miraban sin tocarse, capturando la esencia de la distancia emocional. Kael reconoció la barca, un símbolo de viajes compartidos. Lysandra reconoció el río, un reflejo de sus propias corrientes internas. No dijeron nada; solo se dejaron caer dentro del latido, inmersos en la experiencia del momento.
En cuanto sus manos rozaron el ventrículo, la sangre empezó a brotar en forma de tinta, como si el corazón sudara recuerdos, una manifestación tangible de su historia compartida. Primero apareció el puente del capítulo seis, pero sin principio ni fin, flotando sobre la sangre, un puente entre sus corazones. Luego surgió el jardín de relojes, pero los relojes eran pájaros que cantaban la hora y luego se olvidaban de ella, simbolizando el paso del tiempo y la fragilidad de los momentos. Después nació la casa que se olvida de tener paredes, y dentro de ella el abrazo que todavía se está dando, una representación de la intimidad que trasciende el espacio físico. La sangre no se secaba; fluía hacia el margen y se desbordaba, cayendo al aire como lluvia carmesí, cada gota un verso en sí misma. Cada gota que tocaba el atril dejaba una mancha que se convertía en verso: —casi—, —ahora—, —aquí—, palabras que resonaban con significado.
Kael alzó la vista y vio que los versos se habían acercado sin hacer ruido, como susurros de un pasado compartido. Los latidos abrían sus brazos y dejaban caer capas de carne que flotaban como telas hasta posarse sobre el atril. Cada capa absorbía una gota de sangre y mostraba un fragmento de historia: un beso que no se dio, un nombre que se cambió para que el olvido no lo encontrara, una estrella que aprendió a latir, cada una un eco de sus vidas entrelazadas. Kael extendió la mano y tocó una de esas capas. La capa se pegó a su piel y se volvió cicatriz: una línea negra que le atravesaba la palma y llegaba hasta el corazón, un recordatorio de lo que había sido. Lysandra hizo lo mismo; su cicatriz era blanca, como si la sangre hubiera decidido negar su propia sombra, simbolizando la pureza de sus intenciones.
La Archivista de los Versos que Se Niegan a Ser Palabra, Fin, Tiempo o Silencio abrió la boca y dejó salir un susurro que no era susurro sino eco de eco: —Con esto pueden nombrar lo que falta. Pero recuerden: cada verso que creen desaparecerá de su memoria tan pronto como el verso se seque. Nombrar aquí es regalar el recuerdo para que el recuerdo siga vivo fuera de ustedes, un acto de creación y sacrificio. Kael nombró: —Se encontrarán cuando el tiempo se olvide de ser camino y decida ser mesa donde apoyar la mano, una invitación a la calma y la reflexión. Lysandra nombró: —Se separarán porque el abrazo también es una forma de viaje y algunos viajes se hacen dejando ir, una aceptación de la dualidad del amor. Los versos brillaron, se apagaron, y ambos sintieron que algo se iba de dentro, como quien despierta y ya no recuerda el sueño pero conserva la sensación de que el sueño lo cambió todo, un cambio sutil pero profundo en su ser.
Cerraron el verso. La carpeta era dura, fría, y tenía grabado un símbolo que ninguno reconoció pero que ambos supieron que era el nombre de lo que son cuando están juntos sin tocarse, un símbolo que encapsulaba su conexión. La Archivista de los Versos que Se Niegan a Ser Palabra, Fin, Tiempo o Silencio les indicó la salida, un gesto que marcaba el final de su viaje. El pasillo que los llevó hasta la entrada ya no era el mismo: ahora los versos-durmientes se habían despertado y murmuraban versos de lo que acababan de perder, un eco de su experiencia compartida. Salieron. El manuscrito ya no estaba. Solo quedaba la hoja colgando del alfiler de luz, girando lentamente, mostrando páginas en blanco que se llenaban con cada latido de los dos, una representación de su historia que continuaba escribiéndose.La hoja giraba en el aire como un remolino de posibilidades, capturando la esencia de lo vivido y lo anhelado, cada giro un recordatorio de que cada latido llevaba consigo la huella de un momento único. En aquel espacio etéreo, donde la realidad parecía disolverse, los ecos de sus palabras flotaban a su alrededor, llevándolos a recordar la fragilidad de sus decisiones y la fuerza de sus deseos. Mientras observaban la hoja, se dieron cuenta de que no solo eran observadores de su historia, sino también los creadores de la misma.