Sus corazones latían en una sincronía que resonaba en el aire, creando ecos que no eran ecos sino promesas en forma de susurros. El pasillo se extendía, sus paredes ahora eran de cristal y cada paso reflejaba fragmentos de lo que habían creado. A medida que avanzaban, las sombras de los versos perdidos danzaban en las superficies traslúcidas, contando historias que nunca habían sido contadas, susurrando secretos que se creían olvidados.
Lysandra se detuvo al ver un verso anclado en la pared, un latido atrapado en la forma de una imagen hecha de sueños vencidos: dos sombras que se entrelazaban en un abrazo eterno, pero que nunca se tocaron. —¿Qué es esto? —preguntó con la voz entrecortada, como si el aire alrededor estuviera cargado de nostalgia. La Archivista, aún presente en sus corazones, se hizo eco de sus deseos: —Es el latido de aquellos que aún no se encuentran, el reflejo de lo posible que se desdibuja en la lejanía.
Kael sintió que esa imagen le atravesaba, y en su pecho un nuevo verso comenzaba a formarse, un deseo de trascender el dolor de la distancia con el poder de sus historias. Con un movimiento de su mano, comenzó a desatar los hilos que habían apretado su corazón, tejiendo palabras en el aire. —Se abrazarán cuando los recuerdos sean menos que la distancia y más que el aliento compartido —declaró, y las palabras comenzaron a tomar vida.
Lysandra, inspirada por esa energía, susurró: —Se perderán en caminos que no saben que existen y hallarán su esencia en el reflejo de sus mutuas ausencias. Un nuevo latido empezó a resonar en el pasillo, como un pulso compartido entre ellos, y las paredes de cristal comenzaron a dibujar un camino de luz que serpenteaba hacia lo desconocido. Todos los versos de la sala murmullaron su aprobación, y el aire se llenó de poesía.
A medida que caminaban, el pasillo se iluminaba con cada letra pronunciada, formando un puente donde los corazones empezaban a unirse más allá del tiempo. La Archivista los observaba desde la distancia, un brillo de satisfacción en sus ojos de texto antiguo, sabiendo que habían encontrado el camino hacia la memoria compartida, donde, al fin, no habría separación.Los pasos resonaban sonoros en el resplandor del camino, como si cada instante se convirtiera en un eco de futuras posibilidades. Kael y Lysandra se permitieron perderse en las palabras que emergían a su alrededor, flotando en el aire como flores de papel en un oleaje invisible. Cada verso que se formaba no solo era letra, sino una promesa que buscaba encarnarse en la realidad.
—¿Y si el abrazo no es solo un encuentro sino una metamorfosis? —preguntó Lysandra, sus ojos brillando con la chispa de mil historias. Kael, asintiendo, sintió que las palabras lo atravesaban como un río de luz.
—Se transformarán en la esencia de quienes fueron y de quienes serán cuando las distancias se desdibujen —respondió, las sílabas danzando en el aire. Al pronunciarlas, el pasillo vibró con un nuevo latido, y las paredes se rompieron como un espejo fracturado, revelando múltiples caminos que convergían en un solo destino.
A medida que avanzaban, cada camino parecía contener visiones de sus posibles futuros, imágenes de un baile entrelazado por el sonido de risas, abrazos y despedidas. Kael vio un instante donde sus manos se encontraban en el aire, justo antes de que el tiempo decidiera replegarse sobre sí mismo. Lysandra vio un jardín floreciendo en colores imposibles, donde las memorias se cruzaban y tejían nuevas narrativas, líneas que nunca se habían escrito ni olvidado.
Con cada paso, sábana tras sábana de las historias de otros se deslizaban hacia ellos; cada gota de recuerdo que tocaba el suelo se convertía en un verso: —a veces—, —nunca más—, —juntos al fin—. Los ecos de aquel instante ofrecían un canto sutil que invitaba a ser escuchado, un himno de recuerdos que retumbaban como golpes suaves de un tambor lejano.
La Archivista, presente en cada latido, pareció adivinar sus pensamientos y susurró en un tono que resonó entre sus corazones: —Recuerden la naturaleza del verso, pues cada elección que hagan les dará vida no solo a ustedes, sino a todos los que vendrán. Kael y Lysandra se miraron, comprendiendo que cada paso dado no solo era hacia adelante sino hacia la creación misma, una danza de visiones y deseos.
Finalmente, al llegar al final del pasillo, se encontraron en una amplia sala, cuyo techo se perdía en un cielo estrellado pintado de la tinta del universo. En el centro, un altar de palabras pulsantes invitaba a que cada verso recién creado fuera reconocido. Sin dudarlo, Kael dio un paso hacia adelante, seguido de Lysandra, y juntos colocaron las manos sobre el altar.
—Se encontrarán siempre —pronunciaron al unísono, y el altar brilló con una luz que les envolvió, como abrazando lo que había sido y lo que todavía podría ser. Con este nuevo verso creado, comprendieron que el viaje no era solo de separación, sino también de unión: un ir y venir que entrelazaba sus destinos con el vasto tejido del cosmos.
El pulso del mundo se sentía más fuerte, y al mirar atrás, el pasillo se desvanecía en una bruma de recuerdo, aunque la memoria de su recorrido jamás se perdería. El cielo estrellado sobre ellos se iluminó en respuesta a sus palabras, llenándose de constelaciones que eran testimonios de sus latidos compartidos, donde cada estrella brillaba por cada paso que habían decidido dar. Y así, con un nuevo eco en sus corazones, continuaron su viaje, conscientes de que al cruzar el horizonte de sus historias, nunca estarían verdaderamente solos.Mientras avanzaban hacia el cielo estrellado, el aire se llenaba de un murmullo electrizante, un susurro de lo inexplorado. Era como si las mismas estrellas, cada una un verso por sí misma, estuvieran ansiosas por contar las historias que albergaban. Kael y Lysandra, envueltos en el halo de luz que seguía a sus pasos, comenzaron a experimentar una sensación de despertar, como si cada latido que compartían les ofreciera la clave para descifrar los misterios del universo.