El Beso Que No Existe

capitulo 49

El edificio emergió al alba cuando la niebla decidió ser pared y la penumbra, techo. No tenía puerta visible; solo un cartel oxidado que rezaba: “Se devuelven recuerdos a quienes no los pidieron”. Kael tocó la placa y la herrumbre le dejó una marca marrón en la yema, como si el metal le dijera: ya estás dentro. Lysandra respiró hondo y el aire supo a papel viejo y a saliva de otros siglos. Entraron.

El vestíbulo era un cruce de pasillos infinitos flanqueados por estanterías de cristal. En cada balda descansaban frascos de boca ancha llenos de luz dormida; dentro, diminutas escenas proyectaban besos congelados: uno en la frente, otro en la comisura, uno robado, uno devuelto, uno que nunca llegó y otro que se quedó demasiado. Un hombre de bata blanca —pero sucia de huellas digitales ajenas— los recibió sin levantar la vista.

Aquí se clasifica por sabor —murmuró—. Salado, dulce, amargo, neutro, y el raro: sabor a “después”. Ustedes, ¿traen el que les falta o el que les sobra?

Kael abrió la mano. En la palma tenía una hoja de cristal ahumado que temblaba despacio, como corazón fuera del pecho. El hombre la estudió con lupa de plomo y frunció ceño.

Este beso está incompleto. Falta la mitad del sabor. Sin eso, no hay archivo que lo guarde; se escapará por las rendijas del olvido.

Lysandra sacó el cuarzo rosado que llevaba desde el jardín de los relojes. Lo apoyó sobre la hoja. El cristal absorbió el tono del cuarzo y se tiñó de alba. El hombre asintió, satisfecho, y los condujo al pasillo de los “Intermedios”: besos que no terminaron de ser y aguardan segunda parte.

Se detuvo frente a un estante vacío con etiqueta nueva: “K-L / puente sin fin”. Abrió la puerta de vidrio, les indicó que colocaran la hoja dentro. Al soltarla, el estante vibró y proyectó un resplandor gris que se convirtió en proyección: el puente del capítulo 6, pero ahora completo, con ambos extremos visibles. El hombre les dio una llave oxidada.

Guardad esto. Cuando la uséis, el beso volverá a su dueño y dejará de ser recuerdo para convertirse en presente. Pero recordad: solo funciona una vez y nunca en el mismo sitio donde fue dado.

Kael guardó la llave en el bolsillo interior, junto al corazón que le sobra desde hace siglos.

Recorrieron más pasillos. Vieron besos que habían cambiado de dueño tantas veces que ya no sabían a quién pertenecían; besos que se habían vuelto canciones y que tarareaban melodías distintas según quien pasara; besos que se escapaban de los frascos y flotaban como luciérnagas, buscando bocas que los completaran.

En el fondo, una puerta sin etiqueta emanaba calor humano. El hombre la abrió con cautela. Dentro, una sola estantería contenía frascos transparentes con besos en forma de brasas.

Estos arden. Son los que nunca se dieron por miedo. Si los liberáis, encenderán lo que toquen. Pero una vez fuera, no hay archivo que los retenga: serán fuego y nada más.

Lysandra alargó la mano, pero Kael la detuvo.

No. Todavía no.

El hombre sonrió por primera vez, una sonrisa que parecía firmada por alguien que ya no existía.

Sabio. El fuego besa y devora. A veces, lo segundo es el precio de lo primero.

Salieron al vestíbulo. El hombre les entregó un sobre sellado con cera negra.

Cuando estéis lejos, abridlo. Contiene el beso que os falta para ser completos. Pero recordad: completos no siempre es mejor.

Agradecieron sin saber cómo. El hombre ya había vuelto a sus frascos, clasificando besos nuevos que llegaban en bandejas de plata, como si fueran migas de pan que alguien había dejado después de una cena que no terminó.

Salieron al amanecer. El edificio se deshizo tras ellos, convirtiéndose en niebla que olía a papel quemado. Abrieron el sobre: dentro había una sola palabra escrita con tinta que aún temblaba.

Mañana.

Entendieron. Guardaron la palabra en el bolsillo de la camisa, junto al latido que ya no era solo de uno. El beso incompleto descansaba en el archivo, aguardando la llave que lo devolviera a la vida; pero por ahora, bastaba con saber que existía un lugar donde los besos mal guardados encontraban techo y, a la vez, la promesa de que mañana —ese mañana que no es día sino decisión— podrían ser dados de nuevo, quizá esta vez sin puente que se rompa, sin reloj que florezca, sin archivo que los clasifique. Solo boca contra boca, sabor completo, en el presente que todavía estaban aprendiendo a habitar.

El camino de regreso estaba envuelto en una bruma suave, como si el aire mismo cargara los susurros de esos besos que aún no habían encontrado su destino. Kael y Lysandra marcharon en un silencio cargado de expectativa, el eco de la palabra "mañana" reverberando en sus mentes como un mantra. Cada paso que daban parecía acercarlos a un horizonte nebuloso lleno de posibilidades aún por descubrir.

La niebla se esclareció lentamente, revelando un jardín donde flores de diversos colores florecían en armonía perfecta. Cada una de ellas representaba un recuerdo; cada pétalo, un beso perdido. Un aroma dulce llenaba el aire, y al acercarse se dieron cuenta de que cada fragancia correspondía a un sabor, una emoción: alegría, tristeza, anhelo.




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