El cielo se oscureció en un instante; grandes naves se aproximaban al reino hada. Los habitantes de esta se alarmaron y, sin pensarlo dos veces, huyeron al otro extremo del reino.
Gloria y Miguel se escondían en un callejón mientras el mar de personas huía, aplastando lo que se ponía en su camino. Las hadas volaban a gran velocidad, chocando entre ellas y cayendo en el camino para luego ser aplastadas por las demás criaturas.
Esta escena tan espantosa fue presenciada por la pareja; Gloria se volteó para no seguir viendo. En ese instante se percató de que Luci ya no estaba, y soltó un grito que fue casi inaudible por el escándalo fuera.
Gloria pálida agarró el brazo de su pareja, que aún seguía mirando el desastre. Este se volteó para consolar a su esposa, pero sus ojos chocaron con una cara más blanca que el papel; los labios de Gloria temblaban sin control.
—No está.
Soltó apenas audible; la cara de Miguel pasó de confusión a terror en un momento. Ambos buscaron en ese pequeño espacio alguna pista de dónde estaba o a dónde fue la pequeña Luci.
En un abrir y cerrar de ojos las naves ya estaban sobre el reino de las hadas; del cielo que antes era tan claro ahora ni un pequeño rastro de sol pasaba entre las metálicas naves.
Mientras tanto, en otra parte, Teo cargaba a la hada, ambos ignorando la avalancha de personas que huía aterrada. Cuando por fin llegaron al castillo, las naves estaban sobre ellos. Teo entró a gran velocidad, pasando a los guardias que temblaban ante el cielo oscurecido. Al llegar al gran salón, se detuvo para dejar a la hada. Al bajar, corrió aún malherida hacia un trono vacío; el rey no estaba. Teo se dio la vuelta; ese no era su problema. Debía regresar lo antes posible; cuando estaba a punto de irse, el hada lo llamó.
—Oye, espera, necesito tu ayuda aún.
Teo se detuvo, mas no se dio la vuelta.
—Ya terminé lo que tenía que hacer aquí; ahora debo volver con los míos.
El hada no se perturbó ante tal comentario; solo soltó un suspiro largo y mientras su cuerpo era arrastrado hacia abajo, soltó una última palabra en lo que parecía una súplica.
—Ayúdame, por favor. . .
Las palabras salieron seguidas de un golpe sordo. Teo se giró lentamente; el cuerpo de aquella hada estaba desmayado sobre el frío suelo del salón. Soltó un suspiro de resignación antes de levantarse y acomodarla en una mejor posición. Luego se dirigió a la salida del salón y comenzó a buscar a lo más parecido a un rey en ese castillo; su tiempo era limitado, así que tenía que hacerlo rápido para volver lo más rápido posible con su grupo.
Fuera, en los grandes jardines, se encontraba Luci explorando el castillo de fuera hacia dentro, ignorando todo el caos a su alrededor; las sirvientas huían aterradas hacia el exterior. Donde estaban los guardias y soldados ya reunidos. Luci, aprovechando la distracción de las personas, entró al castillo. Al entrar, choco con una persona que pasaba por allí; Luci saltó por el susto y suspiró aliviada cuando vio que solo era Teo. Por otro lado, la cara de Teo se oscureció al verla, allí, sola.
—¿Qué haces aquí, sola? ¿Dónde están tus padres, niña?
Luci se quedó muda por unos momentos para luego soltar en casi un susurro.
—Vine sola.
La cara de Teo se puso aún más fea; él sabía que su amigo era despistado, ¿pero su cuñada también lo era? Frotó sus sienes intentando apaciguar el dolor que empezaba a surgir. Luci lo miró con ojos inocentes, sin la menor pizca de remordimiento por escapar o crearle más problemas a Teo. A pesar de todo, Teo no podía culparla por eso; era una niña. Los verdaderos culpables eran sus padres por no vigilarla bien. Al final de todo, Teo ahora tenía una tarea extra, la cual sería más difícil que la anterior. Un estruendo repentino despertó a Teo de sus pensamientos; el castillo tembló de repente. Los escombros caían sobre sus cuerpos. Teo actuó rápido, agarrando a Luci y huyendo del lugar.
Los grandes escombros caían a diestro y siniestro, impidiendo mejor probabilidad de huida; para cuando por fin estuvieron a salvo, el suelo cesó sus bruscos movimientos. El sonido de desgarro resonó en todo el lugar; ambos alzaron su mirada al techo y lograron ver grietas bastante grandes. La información no había llegado a sus cerebros cuando de repente otro estruendo resonó en todo lo que quedaba del lugar. El techo, antes débil, ahora caía con pesadez sobre ellos. Al no tener tiempo de reaccionar, Teo ocultó a Luci entre sus brazos recibiendo todo el impacto. Del agujero empezaron a entrar criaturas parecidas a arañas. Los gritos alrededor se intensificaron con la llegada repentina de esas criaturas.
Fuera del castillo todo era aún peor; las hadas que luchaban caían ante el poder de las criaturas arácnidas y, como si de poco se tratase, las naves soltaban grandes bolas de fuego que, al caer, destruían todo a su paso. Miguel y Gloria tuvieron que salir de su escondite para buscar a la perdida Luci. Cuerpos destruidos caían a sus lados. Tenían miedo, sí, pero les aterraba más perder a la pequeña Luci y que muriera por su descuido; era lo peor que podían pensar. Una bola envuelta en llamas impactó a pocos metros de allí, provocando que cayeran heridos. Miguel se levantó con rapidez, revisando que Gloria no tuviera alguna herida grave; suspiró al no ver nada que pudiera provocar su muerte. De pronto, pasos pesados retumbaron en sus oídos. Al girar, Miguel pudo ver entre el polvo y el humo una figura gigante que caminaba aplastando a los pocos sobrevivientes que quedaban luego de las explosiones. Parecía un gigante, pero este arrastraba sus brazos, demostrando que estos eran más grandes que su propio cuerpo. Miguel, antes aliviado, ahora deseaba estar en otro lugar menos terrorífico y más tranquilo. Giró su cabeza para ver si Gloria ya había despertado y se encontró con un rostro tan blanco como el papel y un par de ojos tan abiertos que parecían platos. Ella miraba hacia la misma dirección en la que él veía antes.