El bosque de cristal

Capítulo 1.-El inicio de todo

Hace más tiempo del que cualquier memoria viva conserva, cuando los cielos eran todavía un lienzo oscuro y la Tierra un cúmulo de llamas, una sola gota descendió desde la lejanía de la galaxia. No fue lluvia ni cometa: fue una esfera pequeña y perfecta que atravesó la explanada estelar, fría como el vacío e hirviente como el centro de una forja, y se clavó en la corteza ardiente del mundo.

Los antiguos ancestros la llamaron: la Gota. Siglos más tarde, cuando aparecieron las primeras palabras para fijar leyendas, la Gota ocupó versos, advertencias y mitos. Los ancianos —aún existía con firmeza la palabra «anciano» entonces— la miraron con un temor reverente; con el tiempo, el lugar donde cayó dejó de ser el mismo.

Lo que antes habían sido mares de lava y columnas de humo se suavizó, poco a poco, en cuencas de agua, charcas y ríos que serpenteaban como venas nuevas. La Gota no sólo aportó materia: trajo una condición, una semilla de posibilidad que calmó la furia del fuego. De las rocas chamuscadas surgieron brotes: hojas translúcidas como vidrio, tallos que titilaban por dentro y flores cuyos pétalos guardaban aromas para los que aún no existía vocabulario.

Aquellas plantas no cabían en los libros que siglos después trazarían manos cuidadosas. Tenían colores imposibles; algunas emitían un resplandor azulado cuando la noche caía, otras murmuraban como viento entre dientes. Helechos se enrollaban en espirales lumínicas; arbustos mantenían raíces que flotaban apenas por encima del suelo, buscando humedad como quien busca compañía. En esos bosques primigenios, la vida animal estalló con una extravagancia que desafiaba cualquier clasificación.

Había bípedos y cuadrúpedos; insectoides con cientos de ojos; anfibios que respiraban a la vez aire y agua. Algunas especies desarrollaron múltiples cabezas para vigilar horizontes; otras multiplicaron patas para aferrarse a rocas que todavía expulsaban calor. En la danza de la adaptación nacieron alas donde antes no existían membranas, y branquias externas en cuellos ya acostumbrados a sostener cerebros.

Algunos grupos se asentaron en los márgenes de los ríos de lava. Aprendieron a domar el calor, a tallar refugios con obsidiana y savia endurecida. Otros se lanzaron al mar en balsas de raíces y algas, rumbo a archipiélagos que ningún mapa nombraría. No todas las travesías tuvieron destino; las corrientes, los conflictos entre seres y la simple fatalidad reclamaron muchas vidas. Pero la voluntad inventiva persistió: la carne forjó costumbre, y la costumbre moldeó cuerpos.

Con generaciones llegó una mudanza casi inverosímil: ciertas especies empezaron no sólo a mutar, sino a modular su forma. No era azar, era aptitud. Un clan podía engrosar su coraza en tiempos de guerra; otro alargarse para alcanzar frutos lejanos. Lo llamaron metamorfosis; era una artesanía biológica. Y aprendieron también a encender fuego por voluntad, incluso a controlarlo, al principio eran chispas en lo áspero de una piedra; luego, hogueras que no solo calentaban, sino que ordenaban grupos y marcaban poder.

Cuando la historia parecía asentarse en un ritmo más o menos predecible, sucedió algo que dividiría la historia en un antes y un después. En una explanada cubierta de flora fluorescente apareció un objeto que no pertenecía a ningún paisaje: una caja metálica, lisa y fría, fruto de una geometría que las criaturas no conocían. No vibraba ni emitía sonido, pero su sola presencia trastornaba el aire. Los vientos rebotaban en su piel como si la caja repeliera la brisa.

Las más valientes —o las más curiosas— se acercaron. El lenguaje todavía era un tejido de chirridos y posturas; sin embargo, dos de aquellas criaturas entonaron una serie de sonidos rituales, guturales y líquidos como agua en roca.

—Iiïka kaen kaento—

Otro contestó con una cadencia más larga, como quien completa una frase sagrada.

—Ikiítikaenmoiklancato—

El resto del grupo respondió en coro.

—¡Tinletoen! ¡Tinletoen! ¡Tinletoen!—

Era una prueba colectiva, una forma temprana de interactuar con aquello que aún era innombrable.

La caja no cedió de inmediato. Sus sellos parecían reforzados por un frío que no pertenecía a ese mundo; sin embargo, ante la sorpresa y la curiosidad, se abrió una grieta. De la rendija surgió un fulgor y un sonido antiguo, parecido al crujir de una rama que cede bajo el peso de la nieve. Por esa luz asomaron dos figuras humanas, visitantes de otro tiempo, perdidos en coordenadas que no comprendían.

—¿Eh? Jhonny, ¿dónde estamos? —preguntó una voz femenina, con el pulso acelerado.
—Se suponía que estábamos en el Antiguo Egipto —respondió él, clavando la vista en su reloj—. Pero no hay pirámides a la vista—

Aurora, sarcástica por costumbre, rodó los ojos y buscó la protección de la espalda de su compañero. Al volverse, notó decenas de miradas: ojos compuestos, pupilas verticales, rostros semejantes a cortezas. La mezcla de asombro y peligro la empujó a un grito espontáneo. —¡AAAAAH! —y sin pensarlo se aferró a Jhonny.

—Bájate de mí, Aurora —masculló él, esforzándose por mantener la calma. Ella tironeó su manga y lo obligó a mirar. La escena que ambos contemplaron era tan nueva que las palabras sonaban pobres: maravilla y amenaza en la misma respiración.

—¿Qué demonios es eso? —murmuró Jhonny.

En la prisa no notaron que un libro grueso —historia y mitología— había quedado sobre la hierba luminosa. Sus páginas empezaron a empaparse de savia en el contorno, como si la propia planta tomara posesión de la letra. La máquina, detrás de ellos, cerró su boca de metal con un guiño eléctrico y un murmullo que parecía un suspiro.



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En el texto hay: reinos, magia, ficcion

Editado: 24.01.2026

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