El bosque de cristal

Capitulo 2.- El susurró

Raymond no lograba sacudirse la imagen del lobo. Cada vez que cerraba los ojos, volvía la misma visión: esos pequeños soles fragmentados que parecían mirar en planos distintos, devolviendo un reflejo de la realidad que no coincidía, que evocaba su propia versión del valle inquietante.

—Esa mirada me perturba —dijo en voz baja, la frase más cercana a una confesión que había ofrecido desde que volvieron. No era el tono del científico que anota, que descompone y que etiqueta: era un sonido con nervio humano.

Aurora lo observó con los brazos cruzados, que parecía ver a un colega que pierde por un momento su centro. Él se dio cuenta y trató de recomponerse—¿Y la máquina? ¿Algún fallo? —preguntó, inclinando la cabeza hacia Jhonny.

—No encuentra nada fuera de lo normal —respondió él, con las manos aún temblando— Todo el sistema está estable. Lo que no cuadra es un pequeño detallito... ¿qué puto lugar es ese y por qué pasamos de criaturas amorfas elementales a un lobo con los malditos ojos de un insecto?

El ambiente general del laboratorio continuaba ajeno: pasos, conversaciones apagadas, el pitido lejano de equipos. Pero dentro de la pequeña sala, el tiempo parecía haberse separado. Raymond frotó la frente, tratando de ordenar datos y sensaciones en una ecuación que no terminaba de cerrar.

—No es solo el animal —murmuró—. Es el tiempo. ¿Cómo es posible que allá pasaran seis minutos y aquí, seis horas? No hay un fallo técnico que explique eso—

El silencio que siguió fue de esos que pesan. Afuera, alguien se quejaba por radio; en el corredor, una puerta resonó. Pero en esa habitación, el sonido se redujo a solo la fricción de unas hojas; el libro que Raymond había traído expulsaba un olor a savia y humedad que no debía corresponder a unos cuantos minutos de exposición.

—Esperen —dijo Raymond— Ahora que lo recuerdo, no los había visto desde la mañana. Hace un rato me dijeron que llevaban buscándolos como 8 o 9 horas—

Aurora y Jhonny se miraron, la incertidumbre llenando el espacio entre ellos. Raymond, como si viera el cálculo en su mente, alzó el libro hasta la luz —Esto está sucio como si hubiera estado tirado horas, aunque tiene tantas marcas que pudieron ser días. —Pausó—. Entonces… la proporción no es una falla puntual. Es sistemática—

Aurora tragó saliva. —¿Volvemos? ¿Comprobamos otra vez?—

Raymond se permitió una sonrisa que no llegó a los ojos. No era la chispa arrogante del descubridor, sino la de alguien que reconoce la profundidad de lo que se ha abierto.

—No tenemos opción —respondió con gravedad—. Si ese mundo existe, no es una curiosidad académica: es un descubrimiento que puede reescribir nuestra comprensión de la vida… y del tiempo. Pero no hoy. Ya son las once de la noche. Estoy exhausto. Poco a poco haremos planes, quizá cámaras, sensores, controles de retorno autónomos. Ahora vayan a descansar. Yo me quedaré para ordenar los datos—

Ambos asintieron y salieron, dejando a Raymond con el zumbido de las pantallas y el olor persistente de la savia en las manos. Mientras reorganizaba notas, su pulso —ese metrónomo que había dicho tantas veces que era su brújula— latía con un ritmo diferente: inquieto, como si algo nuevo marcara su compás. La euforia de su curiosidad científica, que lo había sostenido hasta entonces, se desvaneció, dejándolo abrumado por lo caótico e incierto de la situación.

Sacó el teléfono. El sonido del nombre de Tina le produjo una calma breve, pura, casi absurda en medio del caos científico. Marcó, esperando el calor de la voz que conocía desde hacía años.

—¡Hola, mi amor! —explotó Tina al contestar—. ¿Ya saliste?—

—Sí, en un rato llego, mi niña—

—Jaja, está bien, pero no te tardes, te hice de comer tu favorito: costillas en salsa de cacahuate—

—Está bien, mi amor, en un rato llego, solo termino de acomodar algo y ya, chau, nena—

—Chauu—

La voz de Tina siempre lo volvía suave; su tono, sus pequeñas exageraciones, aquello que para otros podría ser trivial y chocante, para Raymond era su hogar. Colgó sabiendo que debe llegar pronto y volvió a la consola, a los diagramas, a las notas que pedían una estructura para dejar de ser ruido.

Había terminado, pero fue entonces cuando algo lo hizo encogerse de nuevo: la fecha en el panel de la máquina, un código que nunca antes había visto, parpadeaba con siglas que resonaron como una falta: A.T. Estaba familiarizado con las anotaciones a.C. y d.C., pero aquello no cabía en sus marcos mentales.

—No recuerdo haber puesto esta fecha —murmuró, más a sí mismo que a la habitación. La pantalla le devolvió su cara reflejada, ojos agrandados por la fatiga.

Sintió, entonces, un susurro detrás de la nuca. Era como si el aire hubiera recibido su duda y le diese respuesta.

—Tal vez solo eres un genio—

Raymond dio un salto y chocó con la compuerta metálica de la máquina. Se giró de golpe: nadie. Sólo los monitores, sus luces, las sombras de los cables. El susurro pudo ser la web de su cansancio, pero el sonido había existido. Respiró hondo.

—¿Un genio? —repitió en voz baja, tratando de convertir la sorpresa en broma—. Sí. Tal vez lo soy—

La voz volvió, más insistente, que parecía conocer sus deseos más íntimos —Claro que lo eres. Por eso pusiste esa fecha y le darás significado—



#1243 en Fantasía
#168 en Ciencia ficción

En el texto hay: reinos, magia, ficcion

Editado: 24.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.