El bosque de cristal

Capítulo 3. El enigma del tiempo

Raymond despertó sobresaltado. El amanecer apenas insinuaba su luz a través de las cortinas, pero algo en el aire se sentía mal. Tenía esa sensación de haber sido observado durante toda la noche.

El reloj marcaba las seis. Se levantó, todavía con la cabeza llena de ecos que parecían venir de sus sueños. Se vistió con movimientos mecánicos, guardó su libreta de cálculos, algunos planos y su vieja calculadora de bolsillo. Al salir del cuarto, el olor a pan tostado y café lo recibió como una caricia reconfortante. Tina, luciendo hermosa con el cabello recogido, le sonrió mientras servía el desayuno.

—¿Otra vez te desvelaste? —preguntó ella, sin apartar la vista del sartén.

—Solo… pensaba —respondió él, ocultando el temblor en sus manos y refugiándose en la cercanía de su esposa.

Comió sin mucho apetito. El sabor se le escapaba como si el tiempo también jugara con su sentido del gusto. Cuando se despidió de Tina, la besó como siempre, pero ahora fue un gesto distraído. Al cerrar la puerta, el silencio exterior le devolvió el peso de la noche anterior.

El camino hacia el laboratorio se sintió más largo de lo habitual. Cada paso parecía empujarlo hacia un vacío invisible. Las calles, los árboles, incluso el aire, tenían un tono diferente, que evocaba una vibración en otra frecuencia. A unos metros de la gran puerta metálica del laboratorio, su respiración se cortó. Su mano temblaba a centímetros del lector de huella.

—¿Raymond? —la voz de Aurora lo hizo girar bruscamente. Ella y Jhonny estaban allí, con vasos de café humeante.

—Pareces un fantasma, amigo —añadió Jhonny, forzando una sonrisa.

Raymond intentó responder, pero solo murmuró: —No… no es nada—

Aurora le dio un leve empujón en el hombro. —Vamos. Todavía tenemos que descubrir qué pasó ayer—

Al cruzar la puerta, el aire cambió. El zumbido constante de las máquinas, el olor a ozono y metal, el chisporroteo eléctrico del generador principal: todo sonaba más fuerte de lo normal. Era como si el lugar mismo los recibiera con recelo.

Raymond soltó un largo suspiro y entró a su pequeño espacio personal, un laboratorio dentro del laboratorio. Los planos y las fórmulas de la jornada anterior seguían allí, como un campo de batalla dejado a medias.

—Anoche no dejé de pensar en ese sitio —dijo, tomando una tiza y caminando hacia la pizarra—. En cómo el tiempo allá y aquí parecen no tener la misma densidad—

—¿Llegaste a algo? —preguntó Aurora, apoyándose en una mesa cubierta de papeles.

Raymond trazó dos columnas con firmeza: “MUNDO DESCONOCIDO” y “AQUÍ”.

—Allá pasaron seis minutos. Aquí, seis horas. La proporción es clara. Uno allá equivale a sesenta aquí—

—Okey, okey, más despacio, cerebrito —interrumpió Jhonny, alzando las manos—. Te recuerdo que reprobé física, química y matemáticas… varias veces—

Aurora soltó una risa breve. —Entonces, ¿cómo demonios entraste a trabajar aquí?—

—Porque alguien tenía que probar las cosas que ustedes inventan —gruñó él—. Soy el maldito muñeco de pruebas, ¿recuerdan?—

Raymond sonrió apenas. —Bien, escuchen. Si allá un minuto equivale a una hora aquí, entonces seis minutos allá… son seis horas acá—

Aurora asintió, pensativa. —¿Y si lo invertimos? Si aquí pasan tres minutos, allá serían tres horas…—

Los ojos de Raymond se iluminaron. —Exactamente. Es un flujo desigual pero recíproco. El tiempo allá se estira; aquí se contrae. Es como si ambos mundos existieran en ritmos distintos del mismo reloj—

El sonido de la tiza se volvió más frenético. Las ecuaciones se multiplicaban en la pizarra: proporciones, curvas, vectores, líneas que cruzaban la frontera de lo comprensible.

—Si esto es correcto… —murmuró Jhonny, mirando el caos de números mientras contaba a escondidas con los dedos— entonces un día allá serían sesenta días aquí—

Aurora lo completó con voz temblorosa: —Y si nos quedáramos un mes allá… aquí pasarían cinco años. Es muy difícil explorar así—

Raymond dejó la tiza. Su rostro reflejaba la gravedad de una revelación que comenzaba a oler a advertencia.

—Eso significa que no estamos ante un simple viaje —dijo despacio—. Es una ruptura. Cada segundo allá podría consumirnos. No sabemos si nuestro cuerpo… o nuestra mente… podrían resistirlo—

El silencio volvió, pesado como plomo. Solo se oía el chasquido de un cable y el eco del ventilador del sistema.

—Podríamos estudiarlo —propuso Aurora, rompiendo la tensión—. Analizar la flora, la fauna… ese lugar es un ecosistema imposible—

—Primero debemos confirmar que lo que vimos fue real —replicó Raymond—. No sabemos qué pasa cuando allá cae la noche. Y no podemos dejar a nadie solo—

—Yo tengo una cámara solar —dijo Aurora con una sonrisa nerviosa—. Sin pilas, sin cables. Podría servirnos—

—Perfecto —asintió Raymond—. Pero antes quiero que vean algo—

. . .

Caminaron hasta la sala de contención, donde la máquina del tiempo descansaba como un animal dormido. Raymond señaló el panel principal.

—¿Alguno de ustedes sabe qué significa “A.T.”?—

—Ni idea —dijo Jhonny—. También reprobé historia—

Aurora rodó los ojos. —¿Hay alguna materia que sí hayas aprobado?—

—Educación física —dijo con orgullo.

Raymond sonrió con cansancio, pero su mirada seguía clavada en la pantalla. —No recuerdo haber puesto esa fecha. No existe registro con esas siglas—

Aurora se inclinó sobre el teclado. —Si ese lugar es… anterior, podría significar “Antes de Todo”. Antes de cualquier registro, de cualquier tiempo conocido—

—Antes de Todo… —repitió Raymond, como probando el sabor de la idea—. Es posible—

—Pero mira —intervino Jhonny, señalando las coordenadas—. Esto marca un punto cerca de Japón—

—¿Japón? —repitió Aurora, frunciendo el ceño—. Espera… eso está en un bosque famoso. Dicen que está maldito. La gente que entra no sale—

—¿Y qué tiene que ver con esto? —preguntó Raymond.



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En el texto hay: reinos, magia, ficcion

Editado: 24.01.2026

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