Raymond despertó con la mente aún entre sueños. Afuera, la luz gris del amanecer se colaba por la ventana, y la casa entera parecía contener el aire tibio de una calma forzada. Se levantó, arrastrando los pies sobre el piso frío, hasta oír un sonido bajo y acompasado: un ronroneo.
En la sala, Tina estaba sentada en el sofá. Entre sus manos, un gato gris de pelaje fino y ojos verdes brillaba como si llevara dentro un fragmento de vidrio pulido. El animal la observaba con la quietud de un oráculo mientras le enrrollaba su cola en el brazo, y ella lo acariciaba con un gesto lento, casi ritual.
—¿Y ese gato? —preguntó Raymond, sorprendido.
Tina levantó apenas la vista.
—Se llama Alexis —respondió ella.
—¿Alexis? —repitió él, frunciendo el ceño— Anoche lo vi afuera, ¿cómo es que está dentro de la casa?—
Ella vaciló.
—Es de Anyra... Me pidió que lo cuidara esta noche—
Su voz era tranquila, pero algo en el tono sonó tenso, como una cuerda a punto de romperse. Raymond la miró unos segundos, buscando una grieta en esa mentira que aún no comprendía.
—¿Y cómo te fue con Anyra? —preguntó al fin, en un intento de suavizar la sospecha.
Tina respiró hondo.
—Bien. Le gustó mi trabajo. Dice que podríamos colaborar de nuevo —respondió ella.
La sonrisa de Raymond fue honesta, confiada.
—Me alegra. Sabía que lo lograrías —dijo él.
Se inclinó para besarle la frente. Ella cerró los ojos, pero no soltó al gato, que seguía ronroneando con una cadencia hipnótica. Cenaron en silencio, bajo la atenta mirada de Alexis. Cuando Raymond se durmió, Tina permaneció despierta, fija en el techo. En su mente resonaba la duda de cuándo podría mantener esa mentira.
Al amanecer, el laboratorio vibraba con la tensión previa a un nuevo experimento. Las luces blancas recortaban los contornos de las máquinas, y el aire olía a metal recién encendido.
Aurora ajustaba la cámara, cuidando cada lente como si preparara un instrumento sagrado. Jhonny, a su modo, rompía el silencio probando los walkie-talkies y tarareando una melodía sin ritmo.
—¿Listos? —preguntó Aurora, poniéndose los guantes.
—Lo estaremos cuando las cámaras estén sincronizadas —respondió Raymond desde el panel de control.
El plan era claro: Aurora y Jhonny cruzarían de nuevo al otro lado, llevando consigo una cámara. Raymond grabaría desde el laboratorio. Si todo salía bien, compararían los registros para medir la distorsión temporal.
El zumbido de la máquina fue creciendo hasta llenar el aire.
—Raymond, ya estamos al otro lado —sonó la voz de Aurora a través del walkie—. Todo estable. Preparados para grabar—
—Esperen el primer rayo de sol —respondió él— En cuanto toque el horizonte, comiencen y regresen—
—Copiado —dijo Jhonny.
Un clic.
—¡Grabando ya! —gritaron ambos, desde dos mundos.
Entonces el silencio se hizo profundo, tanto que pareció doblar el aire. El laboratorio entero quedó suspendido, y Raymond tuvo la sensación de que el tiempo se había replegado sobre sí mismo, como una hoja que se dobla por la mitad.
Dejaron las cámaras grabando durante el día completo. Al caer la noche, Aurora regresó por la cámara que dejaron del otro lado.
El grupo se reunió frente a las pantallas. Reprodujeron las grabaciones simultáneamente. El resultado los dejó mudos: en ambos lados habían pasado exactamente 24 horas. El sol ascendía y descendía al mismo ritmo, las sombras crecían y se disolvían en idéntico compás… pero nada era igual.
En la grabación del otro lado, las siluetas no se movían como debían. Algunas sombras parecían doblarse, otras se estiraban más de lo que la luz permitía. Entre la maleza, se distinguían formas familiares y ajenas a la vez: animales que comunes pero con alguna deformidad, criaturas más similares a lo primero que vieron, y lo peor de todo fue ver figuras humanoides pero con tres ojos o cuatro brazos.
—Diablos… —murmuró Jhonny— No les basta con un lobo de seis ojos, parece que les gusta deformar todo jaja—
Raymond no respondió de inmediato. Su mirada estaba fija en los relojes digitales de ambos monitores: misma duración, mismo pulso solar, pero… distinto ritmo de sombra.
—No es que el tiempo avance más rápido —dijo al fin, casi para sí mismo— Es que… depende del lado desde el que lo mires. Como si fueran dos relojes reflejándose uno en otro. Dos ritmos que laten igual, pero no se tocan—
Aurora anotó algo en su libreta.
—Entonces… ¿el espejo no distorsiona el tiempo? ¿Lo reinterpreta? —preguntó ella.
Raymond asintió lentamente.
—Exacto. Es el mismo segundo, pero contado en dos lenguas diferentes —respondió él.
Hubo un silencio breve, y luego Jhonny, con una sonrisa nerviosa, rompió la tensión:
—Bueno, si esto no nos da nuestro propio laboratorio, nada lo hará—
Rieron los tres, por costumbre más que por alivio. El día había sido largo y el cansancio les cayó encima como una manta húmeda. Poco a poco, el laboratorio se fue vaciando hasta quedar en penumbra. Raymond se quedó un rato más, ordenando cables, escuchando el leve tic-tac del reloj de pared. Por alguna razón, el sonido le resultaba más irregular, una perturbación de su subconsciente.
Aurora llegó a su casa exhausta. Se dejó caer en la cama, pero el sueño no vino, se entía peor que de costumbre. Decidió ir al baño y mojarse el rostro.
Cuando alzó la vista hacia el espejo, el aire se le congeló en la garganta. Su reflejo la observaba con ojos hundidos. Su piel lucía más seca, más pálida. Y entre el cabello, relucía una hebra blanca. Luego otra.