El bosque de cristal

Capítulo 5. Bajo otros cielos

Aurora despertó sobresaltada.
El reflejo del espejo aún la perseguía: aquel rostro marchito, los cabellos grises que nunca tuvo, esa sonrisa que no era la suya.
Permaneció sentada unos segundos, tratando de convencerse de que había sido un mal sueño.

Raymond cerró la puerta de su casa y se detuvo un momento frente a Tina. Ella lo miraba con una mezcla de cariño y ansiedad.

—Quiero que te cuides, por favor —susurró, sosteniéndole las manos—. No sabemos qué hay allá—

Él sonrió con la calma ensayada de quien oculta su propio miedo, estaba acostumbrado a eso.
—Para ti serán dos días, pero para mí apenas cuarenta y ocho minutos —dijo, fingiendo ligereza—. Estaré bien mi amor—

Tina asintió, pero su mirada lo siguió incluso cuando el auto se perdió por la calle.
A fin de cuentas, ambos sabían que no era cierto: nadie sabía qué ocurría “allá”.

El laboratorio los recibió con su brillo metálico y su zumbido constante. Aurora, Jonny y Raymond repasaban el plan con la precisión de un ritual. Esta vez, cruzarían al otro lado durante cuarenta y ocho minutos para observar no solo el entorno, sino el comportamiento de las criaturas.

Aurora verificó las cámaras. Jonny cargó unas botellas de agua, biodegradables, por si acaso. Raymond ajustó los relojes sincronizados. Ninguno lo dijo en voz alta, pero todos presentían que ese viaje no sería igual que los anteriores.

—Si algo sale mal —dijo Raymond antes de activar la máquina—, volvemos de inmediato—
—Ya lo sabemos, jefe —respondió Jonny, intentando sonar despreocupado.
Aurora solo asintió, con una mirada que oscilaba entre la expectación y el miedo.

Un destello los envolvió, y el aire cambió de densidad.

El otro lado los recibió con una pureza casi insoportable.
El cielo tenía tonos más profundos, como si el azul aquí fuese una sustancia viva. Las nubes parecían esponjas de luz suspendidas, y el suelo respiraba. Literalmente bajo sus pies, las hojas se movían como si exhalaran aire.

—Nunca deja de sorprenderme… —murmuró Jonny, filmando el horizonte.

Raymond revisaba su reloj cada pocos segundos.
—Recuerden que los minutos son exactos —dijo, anotando los datos—. Allá podrían pasar semanas y apenas serían unas horas aquí para nosotros—

Jonny lo miró, escéptico.
—Sí, pero también significa que no entendemos nada de este lugar. Y no soy experto pero eso, amigo mío, me preocupa—

Raymond sonrió sin mirarlo.
—La ignorancia es parte del método —respondió, entregándoles los walkies.— Nos separamos. Cada uno tomará nota de lo que observe. Tenemos 48 minutos de margen real—

Aurora sintió una punzada de temor.
La última vez que se separaron, nada había salido bien.

—Yo puedo acompañarla —dijo Jonny, notando su inquietud.
—No. —Raymond fue tajante—. Necesito que ambos cubran terreno. Esto es demasiado grande para explorarlo juntos—

Discutieron unos segundos más, hasta que un rugido sacudió la tierra. El suelo tembló.

De entre los árboles emergió una criatura descomunal: tenía el cuerpo de un rinoceronte, pero con la altura de un mamut y dos cuernos laterales. Sus pasos hacían vibrar el aire.

—¡¿Qué demonios es eso?! —gritó Jonny, retrocediendo.

Aurora corrió instintivamente hacia el bosque.
Raymond y Jonny apenas tuvieron tiempo de seguirla antes de que la bestia embistiera el lugar donde habían estado.

—¡¿Qué traía ese maldito libro, Raymond?! —gritó Jonny mientras corrían.
—¡Textos sobre especies extintas, mitos, bestiarios! ¡Nada que explique ESTO!—
—¡Pues ese “nada” nos quiere matar!—

Subieron a un árbol buscando refugio. La criatura pasó rugiendo debajo, arrastrando ramas y hojas.
El tronco tembló.
Jonny levantó la vista… y tragó saliva.
En la rama superior, un jaguar dormía, su respiración pausada, su garra a centímetros de su cara.
—Perfecto —susurró—. Solo faltaba eso.

Raymond le hizo señas de silencio. Pasaron largos minutos sin moverse, escuchando su propia respiración y el corazón golpeando en el pecho.

Aurora, mientras tanto, había perdido de vista a sus compañeros.
Corrió sin rumbo hasta que el rugido se desvaneció. Entonces se detuvo, jadeante, y levantó la vista.

El bosque frente a ella brillaba. No con la luz del sol, sino con la de su propia biología: plantas que destellaban tonos violeta, hongos que emitían una fosforescencia verde, insectos de alas transparentes que dejaban trazos de neón al volar. Era un paisaje imposible, un sueño bioluminiscente.
Y allí, entre los arbustos, un lobo de seis ojos la observaba.
No gruñía. No atacaba.
Solo la miraba, y tras unos segundos, se acercó lentamente. Aurora dio un paso atrás, pero el animal se detuvo, ladeó la cabeza… y luego se volvió, llamando con un pequeño sonido gutural a sus crías.

Aurora comprendió. Se acercó despacio, se arrodilló, y el lobo permitió que tocara a una de las pequeñas. Su pelaje era tibio, su respiración suave.
No eran monstruos. Eran seres vivos, completos, con inteligencia y ternura.
El bosque no era un infierno de mutaciones: era un reflejo de la vida, reinventada bajo otras leyes.
Un grupo de ciervos con cuernos ramificados apareció alrededor.
Aurora inclinó la cabeza, y ellos hicieron lo mismo, en un gesto casi ceremonial.
—Me entienden —susurró.
El lobo emitió un sonido más largo, una mezcla entre gruñido y palabra.
Intentaba imitarla.
Aurora sintió algo encenderse dentro de sí: no miedo, sino fascinación.
Por primera vez, sintió que ese mundo la reconocía… o tal vez la recordaba.



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En el texto hay: reinos, magia, ficcion

Editado: 24.01.2026

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