El bosque de cristal

Capítulo 6. La grieta

El laboratorio estaba sumido en una quietud extraña, rota solo por el zumbido constante de las máquinas. Las luces frías de las pantallas proyectaban reflejos azulados sobre los rostros cansados de quienes aún no se atrevían a descansar. Raymond revisó una y otra vez las grabaciones: los registros térmicos, los clips de Jonny, los sonidos captados en el otro lado. Había repetido el mismo ciclo tantas veces que los videos parecían tener via propia.

Aurora lo observaba desde la distancia, con los brazos cruzados y una tensión silenciosa en el gesto. Lo conocía lo suficiente como para saber que, cuando Raymond callaba tanto, era porque estaba a punto de decidir algo irreversible.

Finalmente, él habló sin apartar la vista de las pantallas:
—Esto es más grande de lo que imaginábamos… Con estas pruebas el presidente no tendrá dudas. Si ve que allá el tiempo fluye distinto, que hay recursos, que hay vida, no tardará en autorizar nuevas expediciones. Imagina, Aurora —su voz tembló, no de miedo, sino de ambición—. Equipos enteros, más máquinas, laboratorios completos... Tal vez incluso un premio—

Aurora lo interrumpió, con una calma que solo encubría un enojo que crecía desde adentro.
—¿Y qué piensas hacer con las criaturas, Raymond? ¿Encerrarlas? ¿Disecarlas? ¿Volverlas propiedad de tu ciencia?—

Él giró la cabeza, exasperado.
—No seas ingenua. Este no es un paseo espiritual. Es investigación. Si queremos entender ese mundo, debemos estudiarlo. Ni siquiera podemos proteger lo que no comprendemos—

—¡Pero tampoco podemos comprender algo destruyéndolo! —gritó Aurora. Su voz resonó entre los monitores. Su respiración se agitó—. Son seres vivos, Raymond. Nos miran, aprenden, se comunican. ¡No son simples especímenes!—

Raymond golpeó la mesa con la palma abierta, un sonido seco que rompió el aire del laboratorio.
—¡Eres científica! —replicó, sin gritar pero con una fuerza que heló el ambiente—. Si te dejas guiar por tus emociones, perderás el propósito. Este descubrimiento puede salvarnos: energía, espacio, recursos. ¡Podríamos cambiar el curso de la humanidad!—

—¿Y a qué costo? —susurró Aurora, temblando, sin poder contener la rabia—. A costa de destruir otra. De repetir lo mismo que siempre hacemos: conquistar, explotar, vaciar. Ese lugar no nos pertenece, Raymond. Si lo cruzamos de nuevo con intenciones de dominación, lo perderemos—

Jonny, que había permanecido sentado frente a su cuaderno, levantó las manos, buscando un respiro entre ambos.
—Oigan… los dos tienen razón. Quizá haya un punto medio. Podríamos estudiar sin alterar, observar sin intervenir…—

Aurora lo miró con tristeza.
—No existe un punto medio, Jonny. No con lo que descubrimos. O respetamos ese mundo o lo corrompemos. No hay equilibrio posible entre curiosidad y poder—

Raymond apretó los dientes.
—Ya tomé una decisión. Mañana mismo le mostraré las grabaciones al presidente. Este hallazgo no puede quedarse en silencio. La historia no recuerda a los cobardes—

Las palabras cayeron como una sentencia. Aurora no respondió. Lo observó en silencio, mientras él volvía a hundirse entre papeles y fórmulas. En ese instante, comprendió que había perdido más que una discusión: había perdido la confianza en su mentor.

Cuando el reloj marcó las tres, ella se marchó. El sonido de sus pasos fue lo último que quedó en aquel cuarto antes del amanecer.

Raymond caminaba hacia su casa con las manos en los bolsillos, intentando calmar la marea de pensamientos que lo asfixiaban. La bruma de la madrugada envolvía las calles, y su respiración salía en pequeñas nubes pálidas.
"Aurora está equivocada", se repetía. "No se trata de crueldad, se trata de avanzar. Si ella no puede verlo, yo debo hacerlo por ambos".

Fue entonces cuando algo se movió frente a él. Una figura pequeña, blanca, casi luminosa: un zorro ártico. Raymond se detuvo, incrédulo. Aquello era imposible.
El animal lo observó con ojos de un azul tan intenso que parecía entenderlo. Dio un paso, y el aire se distorsionó a su alrededor. Donde había pelaje, ahora había piel; donde había patas, un cuerpo humano, delgado y nervioso.

—Vaya —dijo Raymond sin sobresalto, como si la lógica hubiese abandonado el mundo hacía tiempo—. Así que eres de esos, ya se ma hacía extraño para un simple gato—

El híbrido sonrió con un gesto más animal que humano.
—Quiero que sepas que odio a los de tu especie. Siempre creen que todo lo que tocan les pertenece—

—Y, sin embargo, aquí estás —respondió Raymond, con voz baja—. Siguiéndome y hablandome—

—No tuve opción. Anyra quiere verte. Dice que tienes algo que ella necesita—

—¿Y por qué a mí?—

—Bueno, eres el esposo de Tina, y también el mejor cientifico del país —Eso útimo lo dijo en un tono burlesco.

—¿Ah sí?—

—Sí, te lo juro jaja—

Raymond dio un paso atrás, desconfiando.
—Dile que no me interesa su trabajito.

—Oh, sí te interesa, más que tu visita al presidente.

—¿¡Cómo sabes eso!?—

—Fácil, yo lo sé todo—

El híbrido regresó a su forma animal y se desvaneció entre los tejados. Raymond se quedó mirando el punto donde había estado, con el corazón latiendo rápido. Había estado siendo observado desde hace días, pero lo inquieta que haya sido por un híbrido.
Hace tiempo que los híbridos existen, fueron creados por un cientifico, y quizá de ahí nace el odio a estos. Tal vez fue un fetiche, tal vez había motivos tácticos detrás, pero pasó y ahora son una parte de la comunidad, lograron reproducirse y existir como una semi especie funcional.
Fue casi como caído del cielo ese encuentro, pues los híbrido son la prueba de todo lo que dice Aurora, el daño que se le puede hacer a la vida por medio de la ciencia aplicada. Las dudas empezaron a llegar, pero él no vió lo mismo que su compañera. Aunque lo cuestionó, finalmente decide seguir con su plan. No va a tirar esta oportunidad solo para proteger criaturas que trataron de matarlo.



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En el texto hay: reinos, magia, ficcion

Editado: 24.01.2026

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