El bosque de cristal

Capítulo 7. Ecos rotos

Raymond se levantó antes del amanecer, con el corazón golpeando su pecho como si presintiera la magnitud del día que le esperaba. Frente al espejo del baño, ajustó su corbata y murmuró para sí mismo:
—Hoy cambiaré la historia. Hoy el mundo entero verá lo que he descubierto—

Su reflejo le devolvió una mirada ansiosa, casi eufórica. Tomó su portafolio, lleno de las pruebas, se despidió de una dormida Tina y salió al frío de la mañana. Afuera, un taxi lo llevó hasta el Palacio Presidencial. Allí, la secretaria le indicó que el presidente podría recibirlo en la tarde. Dos horas de espera. Dos horas en las que su mente giraba sin pausa entre escenarios: titulares de periódicos, conferencias, ovaciones. En todas esas visiones su nombre figuraba grabado junto al descubrimiento del siglo.

Cuando volvió al laboratorio, Aurora y Jonny ya estaban esperándolo. Sobre la mesa, una hoja brillante descansaba. Jonny sujetó el espécimen con cuidado, la emoción vivía en los ojos.

—Raymond —dijo con una sonrisa nerviosa—, escúchame. He estado pensando… No necesitamos invadir ni capturar criaturas. Podemos recolectar pequeñas muestras: hojas, rastros, animales que ya hayan muerto. Así nadie sale herido—

Raymond levantó la vista, arqueó una ceja y soltó una risa seca, incrédula.

—¿Pequeñas muestras? ¿Crees que el presidente moverá un ejército, recursos y atención por una pequeña muestra? —Su voz sonó cortante, casi cruel—. Jonny, lo siento pero eso es una estupidez. Lo que impresiona son los hechos, las pruebas contundentes. No migajas de curiosidad—

Aurora lo observó en silencio, con una mezcla de tristeza y decepción.
—A veces, Raymond, el problema no es lo que mostramos… sino cómo lo mostramos —dijo en voz baja—

Pero él ya no la escuchaba. La hora llegó; recogió las cajas con las grabaciones, los informes y las muestras; salió con paso firme.

La reunión con el presidente fue breve, pero devastadora.
Raymond desplegó su material: las imágenes de la vegetación luminosa, los registros de la variación temporal, las notas sobre el “otro lado”. Su voz temblaba de entusiasmo, pero al terminar, solo encontró miradas frías.

—Señor Raymond —dijo el presidente, entrecerrando los ojos—, esto parece un montaje. No puedo aprobar una investigación basada en fantasías. La ciencia exige hechos verificables, no grabaciones difusas ni historias de otro mundo—

Raymond lo miró, perplejo.
—¿Montaje? No, señor, yo estuve allí. Analicé el terreno, el aire, el tiempo… Puedo demostrarlo—

—Lo siento —interrumpió el presidente, con tono glacial—. No puedo destinar recursos a lo que usted llama “el otro lado”. En ese video, por ejemplo… ¿qué es eso? ¿Un rinoceronte con cuernos laterales? ¿Usted cree que alguien lo tomará en serio?—

El silencio fue un golpe. Raymond intentó responder, pero su voz se quebró ante algo más que fracaso.

—Pe… pero señor…

—Basta —zanjó el presidente, levantándose de la silla—. Lárguese. Y para evitar más escándalos, queda destituido de su cargo. Laboratorios Randox revocará su acceso y toda comunicación con el personal queda prohibida.

La orden fue tan fría como definitiva.

Salió del edificio con los puños cerrados y la mirada fija en el suelo. Pero había algo diferente, algo que no notó antes debido a su emoción: apestaba a orina de gato.

Cada paso resonaba como un eco hueco en su pecho. Cuando llegó al laboratorio, encontró sobre su escritorio un sobre sellado: “Despido inmediato por manipulación de grabaciones con fines de falsificación científica.”

El mundo se desmoronó en silencio.
Sus sueños, su carrera, su propósito: todo reducido a polvo y papeles rotos.

Ese laboratorio le hizo un último favor: ahogó sus gritos. Arrojó las grabaciones al suelo. Las rompió, una por una. Los fragmentos de cinta y los papeles volaron como ceniza. Tomó el teléfono y marcó el número de su esposa. Su voz, contenida pero firme, fue la última muestra de control que tuvo ese día:
—Se acabó. Trabajaré con Anyra. Quizá ellos sabrán reconocer lo que valgo. Por algo deben quererme tanto—
Dejó el laboratorio sin mirar atrás.

Aurora observó la escena desde fuera, junto a Jonny. Cuando Raymond desapareció, ambos entraron al laboratorio. El lugar olía a desesperanza y a humo de cinta quemada.

—Despedido —murmuró Jonny, mirando los restos—. Genial… ¿y ahora qué hacemos con todo esto?—

Aurora no respondió enseguida. Se acercó a la mesa, recogió un trozo de papel con un dibujo incompleto de la máquina y susurró:
—No podemos dejar que esto caiga en manos del gobierno. Si descubren cómo funciona, no quedará nada de ese mundo. Debemos llevarnos los planos, las notas… todo—

Jonny la miró con desconcierto.
—¿Llevarnos todo? Eso sería… desertar, suicidio prácticamente—

—Sería proteger lo único que realmente vale —replicó ella, firme—. Si ellos no están listos, nosotros sí—

Él la observó en silencio durante un largo instante. Finalmente asintió. Sabía que Aurora tenía razón.
Esa noche regresarían.

La oscuridad envolvía el laboratorio cuando volvieron. Solo la luz tenue de los paneles y el resplandor de la máquina rompían la penumbra. Empacaron en silencio: planos, diarios, fragmentos de video, piezas pequeñas del mecanismo. Todo debía caber.



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En el texto hay: reinos, magia, ficcion

Editado: 24.01.2026

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