El sol comenzaba a ocultarse tras el horizonte, dándole a la playa un filtro en tonos anaranjados y dorados. El vaivén de las olas estaba mezclado con las risas de Farley, Luna, Anna y Hasad, quienes disfrutaban de un momento de calma poco común. Tina y Raymond no estaban con ellos aquella tarde, pero su ausencia no quitaba lo bello del momento. La arena tibia bajo sus pies y la brisa marina daban la sensación de que el mundo seguía en paz... pero esa bonita ilusión se quebró de golpe.
Un silencio repentino cayó sobre la playa, denso, tanto que incluso el mar pareció contener la respiración. El aire se tornó muy pesado, metálico, impregnado de un olor a salmuera y hierro oxidado. El cielo comenzó a teñirse de un rojizo profundo, como si alguien hubiera vertido sangre en las nubes y cayera como una cortita. El corazón de Luna dio un vuelco, y la sonrisa en su rostro desapareció al instante.
—¿Qué... está pasando?—murmuró, aferrándose al brazo de Anna, esperando una respuesta relajante.
El rugido vino después. No era solo un sonido; era una vibración que sacudía la arena, las rocas, y hasta los huesos de quienes estaban en la orilla. Farley apretó la mandíbula, se puso firme pero la adrenalina estaba corriendo por su cuerpo. Hasad, con los ojos entrecerrados, avanzó un paso, como un soldado que reconoce el preludio de una batalla.
Las olas, antes pausas, comenzaron a agitarse con violencia. El mar se abrió desde dentro en un torbellino oscuro y, de sus profundidades, emergieron colosales tentáculos negros. Cada uno era tan grande como un mástil de barco, y al golpear contra el agua levantaban chorros que caían como aguaceros pesados sobre la playa. La arena tembló bajo los pies de todos cuando los apéndices se alzaron hacia el cielo, oscureciendo lo poco que quedaba de luz solar.
Luna soltó un grito ahogado. Anna retrocedió dos pasos, pero Farley extendió un brazo para cubrirla instintivamente.
De entre los tentáculos, surgió una figura humanoide, de piel húmeda y mirada fría como el acero. Sus ojos brillaban con un fulgor carmesí antinatural, y su sola presencia imponía respeto y un miedo casi reverencial. Era Skerp.
El silencio se quebró con su voz, profunda y resonante, que parecía provenir no solo de él, sino de todo el océano, en realidad estaban rodeados.
—Escúchenme bien —su tono era un filo cortante en el aire— Si no me obedecen, si no se doblegan ante mí y ensucian sus rodillas, desataré una guerra que consumirá sus reinos. Lo que aman será arrasado, lo que construyeron, reducido a nada. Yo decidiré el destino de cada uno de ustedes.
Hasad volvió a dar un paso y estaba intencionado a dar más, decidido a confrontar lo que veía, pero un tentáculo emergido de la espalda de Skerp cayó con fuerza sobre la arena a escasos centímetros de él. La línea profunda que dejó marcaba un límite invisible, un aviso silencioso pero contundente: no avanzaras más.
Ese mismo tentáculo se mantuvo en suspensión solo unos metros delante de Skerp, la punta señalando directamente a Farley. La atención de los cuatro se concentró en él, sus corazones se aceleraron, sintiendo el peligro. Skerp habló, su voz resonante y fría como el metal:
—He preparado un contrato —dijo— Una petición mía, les daré un tiempo para que decidan: escucharme o prepararse para la guerra. Regresen a la playa cuando estén listos. Aquí me haré presente para conocer su decisión.
Mientras hablaba, los tentáculos que surgían de su espalda se multiplicaban lentamente, rodeando a los cuatro a la distancia y formando una esfera que volvía sólida la cúpula rojiza en la que se vieron atrapados antes.
Al finalizar, Skerp bajó el tentáculo que señalaba a Farley. La tensión era casi física, todos respiran con dificultad. Con un tono firme, cerró:
—¿Entendido?
Farley, inquieto pero con la mirada firme, asintió. Al instante, los tentáculos que los rodeaban desaparecieron con una velocidad que contrastaba con la lentitud de su aparición, dejando tras de sí solo la arena marcada.
La amenaza flotó en el ambiente, pesada, ineludible. Ninguno de los cuatro se movió; el miedo era demasiado denso, y las palabras parecían inútiles frente a semejante dominio. Skerp, con un movimiento elegante de su mano, señaló hacia la arena. Allí apareció de pronto un cuerpo, un muchacho exhausto y atado con algas negras que se retorcían como serpientes vivas. Lo dejó caer con desprecio, como quien lanza una piedra al suelo.
—Tómenlo como prueba de mi voluntad. Manténganlo con vida... y quizás sea menos grotesco con ustedes— sus palabras cayeron como un decreto divino.
El mar comenzó a tragarse de nuevo su figura mientras la cúpula se desbarataba, pero algunos tentáculos permanecieron unos instantes más, como queriendo grabar en la memoria de los presentes que la amenaza no era pasajera. Luego, lentamente, la superficie del océano volvió a cerrarse, dejando tras de sí solo el eco del rugido y el olor metálico en el aire.
Farley fue el primero en reaccionar. Corrió hacia el muchacho y se arrodilló junto a él.
—¡Está vivo!— exclamó, palpando con desesperación su cuello —Su pulso es débil, pero aún late.
Anna se inclinó también, sus ojos llenos de preocupación y desconfianza. Luna no podía apartar la vista del agua, como si temiera que Skerp emergiera de nuevo en cualquier momento. Hasad, en silencio, observaba al chico con el ceño fruncido, mientras que en su mente repasa las palabras de Skerp. Después de sentir el pulso débil del chico, decidió ser el que tome acción