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Molivara
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En el reino Molivara
Anna despertó con calma, pero se sentía muy desconcertada, como si un rayo invisible la hubiera atravesado entre sus sueños.
-Mmm... -murmuró, frotándose los ojos.
Se incorporó lentamente sobre la cama de seda. Todo estaba en su lugar... y sin embargo, no era igual. El aire tenía una densidad nueva, un aroma frío a cristal mojado. Las cortinas le lanzaban un brillo azulado que se filtraba desde el exterior.
Se levantó despacio, tambaleante, hasta quedar frente al espejo. Allí, una versión desconocida de sí misma la observó: su cabello, antes corto y recogido, caía ahora en una cascada larga y desordenada hasta sus pantorrillas. Su piel, antes tibi, se veía pálida, casi translúcida. Se llevó una mano al rostro con asombro, como temiendo que el reflejo no fuera suyo, el brusco salto de tiempo hizo que ya no se reconociera.
Sin pensarlo, tomó la bata blanca del perchero y se cubrió por encima de la pijama. El frío le arañaba la piel. Caminó hasta el baño, abrió la llave y dejó que el agua helada cayera sobre su rostro. El golpe del agua hizo que su mente se despejara. Se duchó rápido, se vistió con su vestido favorito y se ató el cabello en una coleta. No sabía por qué, pero sentía que debía salir con prisa.
Abrió la puerta de su habitación. El pasillo estaba sumido en una penumbra azulina. Las antorchas chispeaban apenas, como si acabaran de ser apagadas.
Descendió las escaleras y caminó hacia el ala donde dormían las sirvientas.
El sonido de las respiraciones se mezclaba con murmullos y el roce de telas. Una a una, las sirvientas comenzaban a moverse, confusas, frotándose los ojos como quien despierta de un sueño demasiado largo.
-¿Qué sucede? -preguntó Anna, intentando mantener la calma frente a ellas.
Una de las mujeres la miró con una mezcla de desconcierto y vacío. Trató de responder, pero se encontraba tan confundida que no pudo, parecía apenas ser consciente de quién era.
Anna retrocedió, inquieta, y salió del lugar. Cruzó el gran salón del castillo, y al llegar a la puerta principal notó que estaba entreabierta. Empujó lentamente. Un aire helado la envolvió de inmediato.
El exterior se extendía en un silencio inhumano: las fuentes secas, los árboles inmóviles, el cielo teñido de un azul imposible. Las calles estaban vacías, pero en los rincones algunas figuras humanas tambaleaban, despertando igual que las sirvientas. Hasta los guardias que solían custodiar las puertas se incorporaban torpemente, limpiándose el polvo de los hombros.
Anna descendió los escalones del castillo, el corazón latiendo con fuerza. Algo le decía que aquello no era solo un amanecer más.
-¿Anna?-
La voz la detuvo. Se giró y lo vio.
Farley estaba allí, de pie entre la bruma. El cabello revuelto, la mirada oscura, los labios resecos por el frío.
-Farley... ¿qué está pasando? -preguntó ella, conteniendo un temblor.
Él bajó la cabeza, negando mientras respirando hondo.
-No lo sé. Todo comenzó de repente... El Corazón... Mariaphel... el mundo despertó.
Anna sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Dio unos pasos antes hablar.
-¿Crees que esto ocurra también en otros reinos? ¿Crees que Tina...?-
No terminó la frase. El silencio que siguió bastó para llenarla de miedo.
Farley levantó la mirada, y en sus ojos se encendió un destello de decisión.
-Tenemos que ir -dijo con voz firme-. Debemos ver el reino de Tina-
Ella asintió sin dudar, su ansiedad transformada en impulso. Tomó aire, miró por última vez su reino adormecido, y comenzó a caminar junto a él. La bruma se abría a su paso como un velo de luz mientras que dejaban atrás los murmullos de quienes estaban despertando aún.
El descenso hacia la salida del reino era largo. Sus islas flotaban sobre un océano de nubes, sostenidas por raíces de piedra. Los escalones parecían infinitos.
-Odio tener que bajar caminando -refunfuñó Anna, con una mueca que rompía su seriedad-. Sería más fácil si pudiera transformarme en algo con alas, como los guardias...-
Farley soltó una risa breve.
-¿No se supone que eres la reina de los Molivaras? ¿No puedes transformar la materia, o incluso a ti misma?-
Anna negó con un gesto cansado.
-No, que yo sepa solo los guardianes poseen ese don. Ningún rey ni reina lo ha tenido jamás-
-Eso es... raro -murmuró Farley, mirando el horizonte.
Ella sonrió con cierta ironía.
-Bueno, al menos tengo sentido del humor, que es otra forma de magia-
-Si tú lo dices...-
Siguieron bajando en silencio un largo trecho, hasta que Anna volvió a hablar, con voz más baja.
-¿Dónde está Luan? Siempre está contigo, pegado como chicle...
-Lo dejé con Mariaphel. No podía traerlo, se habría cansado y al final tendría que cargarlo -respondió Farley, esbozando una sonrisa cansada-. Ya sabes cómo es, prefiero evitarme la fatiga-
-Cierto -asintió ella-. Oye... ¿Y no sabes algo de Hasad?-
Farley miró hacia el vacío.
-Hasad es fuerte. Si alguien puede soportar esto, es él, estará bien-