El rugido del bosque marcó el comienzo.
La tierra tembló, los árboles crujieron y las raíces se movieron como si tuvieran vida propia. Elizabeth sintió el eco de miles de voces susurrando su nombre. Era el bosque de Elara, el corazón de todo lo que había jurado proteger… pero también el campo donde se decidiría su destino.
Hatriu extendió sus alas, envolviéndola por un momento.
—Cuando entremos ahí, no habrá vuelta atrás —le advirtió—. Si caemos, el bosque caerá con nosotros.
Elizabeth sostuvo el medallón, que palpitaba al ritmo de su corazón.
—Entonces no caeremos —respondió—. Ni tú ni yo nacimos para arrodillarnos ante una sombra.
El portal se abrió con un rugido, liberando una ráfaga de energía oscura. En su centro, Varek apareció. Su figura era humana solo en apariencia; sus ojos eran pozos de vacío, y su piel parecía hecha de piedra rota y cicatrices de fuego.
Su voz era profunda, resonante, como si hablara desde todos los rincones del bosque.
—Al fin… la heredera de Elara se atreve a enfrentarme. —Sus labios se curvaron en una sonrisa cruel—. He esperado siglos para ver si el linaje podía volver a desafiarme.
—Tu tiempo se acabó —dijo Elizabeth, su tono firme, casi sereno—. Has corrompido la tierra, los custodios y la memoria de lo que alguna vez fue sagrado. Hoy, todo eso termina.
Varek alzó una mano y el aire se distorsionó. La energía negra se alzó como una marea y se lanzó hacia ella. Elizabeth cruzó las dagas frente a sí, formando un escudo de luz dorada. El impacto fue brutal. El suelo se abrió en grietas y las runas del santuario se encendieron con luz carmesí.
Hatriu voló sobre ellos, lanzando cuchillas de energía azul que cortaban las sombras, pero Varek apenas se movía. Con un simple gesto, desvió sus ataques, riendo con desprecio.
—No entiendes lo que enfrentas, criatura alada. Yo no soy un enemigo. Soy el principio y el fin de Elara.
—Y sin embargo, tiemblas —replicó Hatriu, lanzándose contra él.
El choque fue ensordecedor. Las alas de Hatriu se encendieron con fuego azul y su espada de obsidiana chocó contra el bastón de Varek. La onda expansiva derribó árboles y levantó un vendaval de hojas y ceniza. Elizabeth aprovechó la distracción para canalizar la energía del medallón.
—¡Por el juramento de sangre! —gritó.
El suelo respondió. Raíces doradas emergieron del santuario, envolviendo a Varek e intentando contenerlo. Por un instante, el poder ancestral de los custodios pareció dominarlo. Pero entonces, la voz de Varek resonó como un trueno:
—¿Crees que puedes atarme con la sangre de tus ancestros? ¡Ellos fueron los primeros en traicionarme!
El grito liberó una explosión de energía oscura que rompió las raíces y arrojó a Elizabeth varios metros atrás. Cayó al suelo, jadeando, con el medallón ardiendo en su pecho. Hatriu descendió de inmediato, cubriéndola con sus alas.
—Elizabeth… —dijo, preocupado—. Estás sangrando.
Ella lo miró, con los ojos iluminados por la furia.
—No… esto no ha terminado.
Se levantó, tambaleante, pero decidida. La sangre que caía de su herida tocó la tierra, y las runas del suelo se encendieron nuevamente, más brillantes.
El medallón respondió, latiendo con un ritmo distinto… uno que no era solo suyo.
Era el bosque mismo.
Varek la observó con interés.
—Ah… ahora entiendo. No solo llevas el poder del linaje. El bosque te ha elegido… completamente.
Elizabeth extendió una mano. La energía dorada envolvió su cuerpo, y por primera vez, el símbolo del juramento se marcó en su piel con líneas incandescentes.
—No me eligió. Yo lo reclamé.
Varek rugió y se lanzó hacia ella. El impacto fue devastador: oscuridad contra luz, destrucción contra vida. Cada golpe hacía retumbar los cielos. Hatriu se unió, cortando las sombras que intentaban envolverla.
La batalla se extendió por todo el santuario. Los árboles ardían, las raíces luchaban, las piedras se quebraban bajo la presión del poder. Elizabeth avanzaba con pasos firmes, su mirada fija en el enemigo.
Y entonces, con una fuerza que no sabía que tenía, levantó ambas manos y gritó:
—¡Elara, respóndeme!
Una luz blanca descendió desde el cielo. Todo se detuvo. El viento, el fuego, incluso Varek.
En ese instante, Elizabeth vio una figura detrás del brillo: un espíritu antiguo, femenino, con la misma marca que ella.
Era la primera guardiana de Elara.
—Tu juramento ha despertado lo que dormía —susurró la voz—. Pero el precio aún no ha sido pagado.
La luz se desvaneció, dejando a Varek arrodillado, debilitado pero sonriendo.
—Has ganado este encuentro… pero el precio te perseguirá, heredera. El juramento nunca concede poder sin sacrificio.
Y con un último estallido de energía, su cuerpo se disolvió en humo.
El silencio cayó sobre el bosque. Elizabeth cayó de rodillas, exhausta. Hatriu la sostuvo antes de que tocara el suelo.
—Lo lograste —susurró él.
Elizabeth levantó la mirada hacia el altar, que ahora brillaba con luz pura.
—No, Hatriu… apenas empezó.
El medallón latió una vez más, proyectando la imagen de tres santuarios más. Nuevos lugares, nuevos secretos.
El verdadero propósito del juramento apenas se había revelado.
El bosque tardó en respirar de nuevo.
Las hojas dejaron de temblar, el viento se aquietó y la luz volvió a filtrarse entre las ramas como si nada hubiera ocurrido. Pero Elizabeth sabía que todo había cambiado. Lo sentía en la piel, en la sangre que aún ardía bajo las marcas del juramento.
Hatriu la sostuvo mientras ella recuperaba el aliento. Sus alas, antes tensas por la batalla, ahora estaban ligeramente caídas, como si también cargaran el peso de lo ocurrido.
—Varek no está muerto —dijo Elizabeth al fin, con la voz ronca. —No —respondió Hatriu—. Pero tampoco es el mismo. Lo has obligado a retroceder… y eso nunca había pasado.
Ella se incorporó lentamente. Cada músculo le dolía, pero había algo más profundo: una sensación de vacío, como si una parte de ella hubiera sido arrancada y sustituida por algo antiguo, vasto, imposible de ignorar.
El altar del santuario comenzó a resquebrajarse. Las runas se apagaban una a una, como brasas muriendo. Elizabeth dio un paso adelante, atraída por él.
—El espíritu… —murmuró—. La guardiana original.
Hatriu la observó con atención. —No se manifiesta ante cualquiera. Si habló contigo, es porque te ha reconocido como algo más que heredera.
Elizabeth cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, la imagen de Ethan cruzó su mente, nítida, dolorosa. El recuerdo no la debilitó; la sostuvo.
—Entonces que quede claro —dijo—. No lucharé solo por Elara. Lucharé por cada vida que Varek destruyó… y por las que aún pretende tomar.
El suelo respondió.
Una vibración suave recorrió el santuario, y del centro del altar emergió una hoja de piedra negra, larga y estrecha, atravesada por vetas de luz dorada. No era una espada común. No brillaba, no imponía por su forma, sino por la sensación que transmitía: promesa… y condena.
Hatriu dio un paso atrás. —Eso no estaba aquí antes.
Elizabeth extendió la mano. En cuanto sus dedos tocaron el arma, una oleada de visiones la atravesó: antiguos pactos, guerras olvidadas, custodios cayendo, juramentos rotos. Varek, más joven, aún no corrompido. Y luego, traición.
Cayó de rodillas con un jadeo.
Hatriu estuvo a su lado de inmediato. —Elizabeth.
—Ahora lo entiendo —susurró ella—. Varek no destruyó Elara solo por ambición. El juramento original fue quebrado… y él fue el primero en pagar el precio.
Hatriu apretó la mandíbula. —Eso no lo absuelve.
—No —coincidió ella—. Pero explica por qué el bosque sangra desde hace siglos.
El arma se disolvió en luz y se marcó sobre su antebrazo, como una cicatriz viva. Elizabeth respiró hondo. La marca ardía, pero no dolía. Era un recordatorio constante.
—Este es el verdadero juramento —dijo—. No solo proteger… sino restaurar lo que fue corrompido.
El cielo comenzó a oscurecerse. Nubes densas se reunieron sobre el santuario, y una lluvia fina empezó a caer, apagando los restos de la batalla. Hatriu alzó la vista.
—Se acercan otros —advirtió—. No aliados.
Elizabeth asintió. Ya podía sentirlos: movimientos en los límites del bosque, presencias que habían despertado al sentir la derrota de Varek.
—Entonces no podemos quedarnos —dijo—. Si los otros santuarios existen, debemos encontrarlos antes que él.
Hatriu la miró con algo distinto en los ojos. No desconfianza. No burla. Respeto.
—Lo que acabas de hacer te ha puesto en el centro de algo mucho más grande —dijo—. Ya no eres solo una humana con valor. Eres un punto de equilibrio.
Elizabeth sostuvo su mirada. —Entonces quédate —pidió—. No como custodio. Como aliado.
Hatriu desplegó ligeramente las alas, dejando que la lluvia resbalara por las plumas oscuras. —Mientras sigas de pie, Elizabeth de Elara, yo volaré a tu lado.
Un trueno resonó a lo lejos.
Desde lo profundo del bosque, una risa baja, distorsionada, atravesó el aire. No era física, pero ambos la oyeron.
Varek.
—Corre si quieres, heredera —susurró la voz—. Cada juramento que despiertes… me acercará más a ti.
Elizabeth no retrocedió.
Apretó el puño. —Entonces te esperaré en cada uno.
El bosque se cerró tras ellos cuando partieron, sellando el santuario destruido.
La primera confrontación había terminado.
La guerra, apenas comenzaba.