El Bosque de Los Espejos

Introdución

Todos tenemos sueños cuando dormimos.

Es algo tan natural como respirar, tan cotidiano como cerrar los ojos al final del día. Soñamos con cosas que nunca sucederán, con lugares que no existen, con personas que jamás conoceremos. Soñamos que volamos, que caemos, que llegamos tarde a algún sitio, que perdemos algo que nunca tuvimos. Despertamos y, en la mayoría de los casos, el sueño se desvanece como el humo, como el eco de una campana lejana, como un susurro que el viento se lleva antes de que podamos atraparlo.

Pero hay veces —pocas veces, pero las hay— en que los sueños no se desvanecen.

Hay veces que un sueño se queda con nosotros. Se enreda en nuestra memoria como una raíz que no quiere soltar la tierra. Y por más que intentemos ignorarlo, por más que nos digamos a nosotros mismos que solo fue un sueño, algo en nuestro interior sabe que no es así. Algo susurra que lo que vimos, lo que sentimos, lo que vivimos mientras dormíamos fue real. No real como la vida despierta, no real como el suelo bajo nuestros pies, pero real de otra manera. Real como un recuerdo que no nos pertenece. Real como la nostalgia de un lugar al que nunca hemos ido.

Los sueños pueden ser muchas cosas.

Unos son premoniciones. Visiones de lo que está por venir. Los olvidamos al despertar, los enterramos bajo el peso de la rutina, los confundimos con fantasías sin sentido. Pero cuando el futuro se despliega ante nosotros y reconoces aquello que soñaste —una conversación, un rostro, un instante que ya viviste antes de vivirlo—, el recuerdo vuelve a ti como un latigazo. Como una llave que gira en una cerradura que no sabías que existía. Y entonces entiendes que no fue un sueño. Fue un aviso. Un mensaje que tu propio yo del futuro te envió al pasado, y que tu mente, por algún motivo, decidió guardar.

Otros sueños son fantasías. Escenas tan reales que parecen sacadas de la vida misma, pero no lo son. En ellos reímos, lloramos, amamos, perdemos. Despertamos con el corazón acelerado, con las mejillas húmedas de lágrimas, con una sonrisa que no sabemos por qué está ahí. Y durante unos segundos, la frontera entre el sueño y la vigilia se difumina. No sabemos dónde termina uno y dónde empieza la otra. Pero luego la realidad nos devuelve a su cauce, y el sueño se va, se deshace como azúcar en el agua, y al cabo de unas horas ya no recordamos por qué llorábamos, por qué sonreíamos, por qué nuestro corazón latía tan fuerte.

Y luego están los sueños que se repiten.

No son premoniciones, o no solo premoniciones. No son fantasías, o no solo fantasías. Son otra cosa. Algo más profundo. Algo más antiguo.

Una noche los tienes. Y los olvidas. O crees que los olvidas.

Pero vuelven.

Otra noche. Y otra. Y otra.

Cada vez más reales. Cada vez más vívidos. Cada vez más difíciles de ignorar.

Empiezas a reconocer los lugares que aparecen en ellos, aunque nunca los has pisado. Calles que no existen en tu ciudad. Bosques que no están en ningún mapa. Habitaciones que nunca has visto pero que, de alguna manera, te resultan familiares. Como si hubieras estado allí antes. Como si hubieras vivido allí en otra vida.

Empiezas a reconocer objetos. Una taza con un dibujo desgastado. Una pulsera de cuero. Un espejo de marco antiguo. Cosas que no te pertenecen pero que sientes como tuyas. Como si la memoria de tus manos las recordara, aunque tu mente las haya olvidado.

Empiezas a reconocer personas. Rostros que no has visto nunca pero que te miran como si te conocieran de siempre. Ojos que te observan con una tristeza antigua, con una alegría que no entiendes, con un amor que no puedes explicar. Y sientes que esos rostros te importan. Que esas personas significan algo para ti. Algo que no alcanzas a nombrar, pero que está ahí, en algún lugar muy profundo, esperando.

Esos sueños no se olvidan.

Se quedan contigo. Crecen contigo. Te susurran al oído cuando menos lo esperas. Se cuelan en tus pensamientos durante el día, en los momentos de silencio, en las noches de insomnio. Son como un rompecabezas que no sabías que tenías, y que de repente empieza a armarse pieza por pieza, sin que tú lo decidas, sin que tú lo entiendas.

Porque esos sueños pueden ser recuerdos.

No recuerdos de esta vida. Recuerdos de otras. De vidas que viviste antes de esta. De personas que fuiste antes de ser quien eres ahora. Y esos recuerdos vuelven a ti como un río que ha estado fluyendo bajo tierra durante siglos y que de repente encuentra una grieta por la que salir a la superficie.

Vuelven pieza por pieza. Sin prisa. Sin aviso. Un día ves un rostro en el sueño. Al otro, un lugar. Al otro, un nombre que no sabías que sabías. Y poco a poco, sin darte cuenta, empiezas a recordar quién fuiste. Qué amaste. Qué perdiste. Qué prometiste antes de nacer.

La mayoría de las personas nunca tiene ese tipo de sueños.

Viven sus vidas sin saber que hay otras vidas detrás. Duermen sus sueños sin saber que algunos sueños son más que sueños. Y quizás es mejor así. Quizás hay recuerdos que pesan demasiado, que duelen demasiado, que es mejor no recordar.

Pero hay personas que sí los tienen.

Personas que nacieron con una grieta en el alma por donde se cuela el pasado. Personas que están destinadas a recordar, aunque recordar duela. Personas que tienen un camino trazado antes de nacer, y que los sueños son solo el mapa que deben seguir.

Una de esas personas es Aranza Valeuzen.

Aranza tuvo esos sueños. Desde que tenía memoria, los tuvo. Soñó con bosques de cerezos bajo una luna rosada. Soñó con una chica de cabello vinotinto que le susurraba palabras que no entendía. Soñó con alas blancas y alas negras, con ojos azules y ojos rojos, con una guerra que no recordaba haber peleado.

Y durante mucho tiempo, creyó que solo eran sueños.

Pero no lo eran.

Y así, de esa manera, empieza su historia.

Esta historia está en proceso, se recomienda paciencia absoluta ya que es mi primer libro que he hecho en toda mi vida y tengo muchas ideas que ordenar en mi cabeza, se recomienda ser muy pacientes con la historia y conmigo que poco a poco voy enviando nuevos capítulos. jaja. Espero que te guste.




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