Aranza
El sueño comenzó como siempre: el sendero de piedras blancas, el bosque de cerezos bajo la luna rosada
Luna de las Flores.
Pude recordar el nombre de ese eclipse; pasa una vez al año en el mes de mayo, y en esa fecha, muchas flores empiezan a florecer de noche como llegada de primavera.
Pero la paz se quebró en segundos. Las imágenes invadieron mi mente con violencia renovada:
Cielo rojo sangre. Árboles secos. Alas—unas blancas como un ángel, otras negras como un murciélago. Ojos azules, serenos. Ojos rojos, aterradores.
Esta vez llegaron con sonido: Estruendo de metal. Gritos desgarradores. El chasquido húmedo de la espada encontrando carne. Fuego crepitando. Era una guerra. Un campo de batalla. Cuando abrí los ojos, ya no estaba en el bosque idílico. Estaba en ese paisaje infernal, solo, el aire espeso con ceniza y el dulce olor metálico de la sangre. Y entonces, la vi. No se veía quién es ya que llevaba la capucha y la capa negra puesta, cubriendo todo el cuerpo pero tenía el cabello suelto. Era largo y liso de color vinotinto, y cuerpo se vería pequeño. Se volvió lentamente hacia mí, y aunque no podía ver su rostro, sentí el peso de su mirada.
—Huye —susurró, su voz era femenina, llegando clara a mis oídos a pesar de la distancia—Huye —repitió, más urgente.bEstaba más cerca ahora. Y vi el oscuro, húmedo brillo que empapaba la mitad inferior de su capa. Sangre. Mucha sangre. Me detuve en seco, el terror anclándome al suelo—¡HUYE! —su grito no solo sonó en mis oídos; vibró en mis huesos, en mis dientes, en el mismo aire que respiraba.
El eco no se desvaneció. Se multiplicó. Los gritos de la batalla, los de agonía, los de furia, se arremolinaron a mi alrededor en un crescendo ensordecedor. Me tapé los oídos con fuerza, pero los sonidos atravesaban mis manos, mi cráneo. Entre el caos, un grito destacó por encima de todos: el del hombre de mis sueños, el que siempre gritaba. Y esta vez, por un fragmento de segundo, vi su rostro en mi mente. Borroso, desfigurado por el dolor, pero humano.
Me desperté disparada en la cama, con un grito saliendo de mi garganta. Todo mi cuerpo estaba empapado en un sudor frío que olía a miedo puro. Jadeaba, las manos agarrotadas en las sábanas, mientras los ecos de aquellos sonidos se resistían a desaparecer. La puerta de mi habitación se abrió de golpe. Mi padre irrumpió, blanco como la pared, blandiendo el bate de béisbol de la liga recreativa como si esperara encontrar un intruso.
—¡¿Qué sucede?!¡¿Qué ocurrió?!¡¿Estás bien, Aranza?!–Su voz era un grito ronco, los ojos desorbitados.
—¡Wow papá, cálmate!¡No ha pasado nada!–logré articular, intentando controlar el temblor de mis manos–solo tuve una pesadilla.
—¿Una pesadilla? Sonó como si te estuvieran... —no terminó la frase. Él bajó el bate unos centímetros, pero no lo soltó. Su respiración era tan agitada como la mía. Se pasó una mano por el rostro. Las ojeras bajo sus ojos parecían pozos—. Por Dios, Aranza. Casi me das un infarto. Creí que un intruso entró a tu habitación, o era ese... ese don tuyo, que había atraído algo malo.
Sus palabras, cargadas de un miedo viejo y arraigado, me calaron más hondo que el sueño. Él no solo temía por mi seguridad; temía a lo que yo podía atraer.
—No ha sido nada de eso —mentí, forzando una sonrisa débil—. Solo un mal sueño. Lo juro. No ha pasado nada.
—Pues a mí si me ha pasado algo. El grito me está robando mis pobres 8 horas de sueño–dijo sin cambiar el tono de su voz.
—¡Papá!
—¿Qué?solo digo.
—Papá...–me levanto de la cama y me acerco a él–vuelvo y repito, no ha pasado nada. Sólo tuve una pesadilla, eso es todo.
—¿Segura?
Era una afirmación cansada, no una pregunta. Asentí.
—Bueno. Buenas noches... o lo que queda de ella —murmuró, arrastrando los pies y el bate al salir.
Veo la hora de mi reloj.
4:30 am
Regresé a mi cama y me acosté e intentar dormir.
🌸
En la escuela, la fatiga era un peso de plomo en mis huesos. Liam me encontró en la fila de la cafetería, bostezando mientras esperaba mi dosis de café.
—¿Dormiste bien? —preguntó—Pareces un fantasma —comentó, con una sonrisa que no lograba ocultar su preocupación.
—Más o menos —dije un poco cansada. Pasé toda la noche con los ojos abiertos, mirando al techo, la advertencia de la mujer de rojo grabada en fuego detrás de mis párpados. Huye. ¿De qué? ¿De quién?—no he podido dormir bien por una pesadilla que tuve.
—¿Una pesadilla?
—Si, una pesadilla. Fue tan intenso que se me dificultó el sueño, y ahora estoy muy cansada. Y estoy segura de que mi papá estaría durmiendo en su oficina en este momento —lo último me río si eso pasaría en verdad, o ya pasó y de verdad está durmiendo en su trabajo. Espero que no lo regañen por mi culpa.
Cuando por fin tuve mi vaso de café, lo sostuve como un talismán. Caminábamos hacia nuestra mesa cuando una fuerza calculada chocó contra mi hombro. El líquido ardiente saltó del vaso, salpicando mi brazo y mi blusa con manchas marrones. Un gemido de dolor y frustración escapó de mis labios. Liam reaccionó al instante, arrancando servilletas para limpiarme.
—¡Uy, qué torpe! —la voz de Lola era un dulce veneno. La tenía frente a nosotros, con los brazos cruzados y una sonrisa de triunfo.
—¡Ay, Lola!¡¿Por qué lo hiciste?!
—Esta es mi mesa, rara. Las reglas son claras.
—Aquí no hay dueños, Lola —dije, frotándome el brazo enrojecido.
—No de es propiedad de nadie. Es de esta escuela —Liam frunce el ceño molesto.
—¿Y a ti quién te preguntó, niño bonito? —espetó ella, clavando sus ojos verdes en Liam—. ¿Tan desesperado estás que andas con la rara?
Liam dejó de limpiar. Su sonrisa no desapareció, pero se volvió fría, cortante.
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Editado: 17.03.2026