El Bosque de Los Espejos

Capítulo 5

Aranza

Las palabras de Ian resonaban como un eco en una cueva profunda dentro de mí.

"No eres la única."

¿Qué se supone que hacía con eso? Durante dieciséis años había guardado el secreto como un segundo latido de mi corazón. Y ahora, un desconocido de ojos apagados aparece y lo había nombrado en media frase, como quien comenta el clima. Llegué a casa. Me cambié. Lavé la camisa manchada de café. Preparé la cena. Hice los deberes. Todo con la precisión mecánica de quien intenta ordenar un cuarto que se quema. Me acosté, pero el sueño era imposible. Las preguntas giraban en un carrusel enloquecido. ¿Cómo lo supo?¿Será mentira que lo sabe? Imposible; aunque sus ojos eran oscuros, veo sinceridad en ellos, no creo que mintió en lo que dijo. Y si es así entonces...¿Qué había visto exactamente en mí para que me lo dijera? ¿A qué se refería con "no estar sola"? ¿Era una advertencia?¿Una amenaza?¿Un consuelo?¿Qué es? Entonces escuché algo afuera. Algo que me salió de mis pensamientos.

Un crujido seco, como de una rama partiéndose bajo un pie que provenía del jardín trasero. Me senté en la cama, el corazón latiendo contra las costillas. Me deslicé de la cama y me acerqué a la ventana, separando con cuidado una esquina de la cortina. Nada. Solo la luna llena bañaba el patio en una luz plateada y fantasmal. Con los rosales de mi padre y las ramas y las sombras de los árboles que se movían con el viento.

Quizás fue un gato. O mi imaginación, alimentada por el estrés del día.

Respiré hondo, intentando calmarme. Tenía que revisar las cerraduras para asegurar que estén cerradas. La sensación de vulnerabilidad era un escalofrío frío recorriendo por mi espalda, así que bajé las escaleras en silencio, evitando los escalones que crujen. El pasillo de la sala estaba a oscuras, pero la luz de la calle se colaba por las cortinas, dibujando sombras alargadas. Me acerqué a la puerta principal. Toqué la perilla fría bajo mis dedos. Giré. Cerrada con llave. El cerrojo de seguridad, también corrido. Un suspiro de alivio escapó de mis labios. Me di la vuelta para regresar arriba, y entonces, el mundo se hizo añicos.

El estallido de cristal fue un trueno en el silencio de la casa. Una ráfaga de aire frío y la lluvia de mil diamantes de vidrio invadieron la sala desde la ventana del comedor. Antes de que mi cerebro procesara, una figura encapuchada se coló a través del marco destrozado. Demasiado rápido, se movió como si fuera una sombra. Un brazo oscuro se lanzó hacia mí, una mano enguantada de frío antinatural se cerró alrededor de mi garganta y me estampó contra la pared, levantándome del suelo como si pesara lo mismo que un muñeco de trapo.

El aire se negó a entrar en mis pulmones. Un sonido áspero y ahogado fue todo lo que salió de mí. Mis pies patalearon en el vacío.

—Ni se te ocurra hacer un solo sonido —susurró una voz áspera, como piedras moliéndose, directamente en mi oído. Tiene un olor fuerte a azufre que me quema las cosas nasales y su aliento olía a carne podrida—O te arranco la lengua antes de llevarme lo que es mío.

El pánico, puro y blanco, me electrocuta. Forcejeé, arañando el brazo que me sostenía con mis uñas, pero era como arañar una piedra.

—¡Suél...!

—¡Te dije que te callaras! —Apretó más. Mi visión se punteó de negro y me lanzó contra la pared opuesta y me caí de espaldas. Un dolor cegador estalló en mi espalda por el impacto de la pared y el suelo. El aire salió de mis pulmones con un jadeo seco. Vi estrellas. Veo a la figura encapuchada acercándose—Para ser la elegida, eres más débil de lo que pensé —murmuró con una sonrisa llena de malicia mientras que en su mano tan pálida como papel saca unas garras listas para rasgar y dañar cualquier superficie que los tocara, siendo reflejadas a la luz mortecina de la calle y de la luna—Después de siglos buscándolo...al fin lo que encontré. Tan frágil. Tan pura. Tan ignorante. Es casi una lástima tener que matarte.

¿Siglos? ¿Elegida?¿Elegida de qué? No tiene sentido.

—No... sé qué... —intenté, pero mis palabras eran hilachas mientras me arrastraba por el suelo, jadeando, buscando más aire.

—Claro que no. Los elegidos nunca saben... ¡Hasta que alguien viene a reclamarlos! —Se abalanzó para atacarme con sus garras, pero entonces la madera cantó.

El bate de mi padre impactó contra su cráneo con un sonido sordo, húmedo. El intruso trastabilló, y por un instante, vi a papá: descalzo, el pijama arrugado, los nudillos blancos alrededor del madero. Su rostro, iluminado por la luz de la luna que entraba por la ventana rota, estaba desencajado por un miedo primitivo y furia.

—¡Deja a mi hija en paz! —gritó mi padre con la voz quebrada pero firme.

—¡No te metas, insecto! —escupió el intruso con un desprecio que heló la sangre y sus garras cruzaron el aire como cinco cuchillas y encontraron el pecho de mi padre con una precisión quirúrgica. La tela se rasgó. La piel se abrió. La sangre brotó, oscura y caliente, salpicando el suelo, mis manos, mi cara.

—¡Papá!–Mi grito fue un desgarro que me rajó la garganta.

El grito de dolor de mi padre resonó en mis oídos. Cayó hacia atrás, y en su camisa de pijama, justo sobre el corazón, una mancha roja oscura, demasiado roja, demasiado grande, comenzó a expandirse con una velocidad obscena. Me impulsé a levantarme y correr hacia él que cayó al suelo

—No… no, no... papá —Mis lágrimas caían sobre su rostro. Intenté parar el sangrado, presionando la herida con mis manos, pero era inútil. La sangre se escurría entre mis dedos como agua. El mundo se reducía a ese color, a ese olor metálico y dulzón que ahora impregnaba el aire.

—Llegó la hora, Elegida —la voz del intruso era un susurro triunfante a mi lado. Las lágrimas de agonía y terror nublaban mi vista, pero no pude evitar verlo cuando se llevó las manos a la capucha y se la arrancó..

Era la pesadilla hecha carne.




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