El Bosque de Los Espejos

Capítulo 7

Aranza

La chica que abrió la puerta era... rosa.

No era una exageración. Su piel tenía un brillo rosado, como si un atardecer se hubiera quedado atrapado bajo su epidermis. Sus ojos, de color rosado claro, me miraron con una curiosidad afilada. Su cabello, largo y suelto, caía en ondas color fresa. Vestía un conjunto impecablemente rosado, desde el vestido hasta los zapatos, y un pequeño gorrito cubría sus orejas —orejas que, ahora que las veía bien, terminaban en punta. Me quedé paralizada. Mi cerebro intentaba procesar lo que mis ojos veían y no terminaba de encajar las piezas. ¿Una elfa? ¿Un hada? ¿Una muñeca de porcelana que había cobrado vida? Parecía sacada de las muñecas de Barbie o de un cuento de hadas, pero había algo en su postura, en la forma en que sostenía su cuerpo como si esperara un ataque en cualquier momento, que me decía que ese cuento no era de los que terminan con "y vivieron felices para siempre". Y entonces, como un fogonazo que me partió el cráneo por dentro, una imagen cruzó mi mente con la violencia de un relámpago. La mujer de las cartas. En mis sueños. La misma figura borrosa pero inconfundible. Las cartas flotando a su alrededor en un círculo perfecto, cada una brillando con un color distinto, danzando como mariposas de papel. La misma energía que ahora sentía vibrando en el aire de este pasillo de mármol y lujo.

Era ella.

No había duda. No podía haberla. El sueño me había mostrado a esta mujer, y ahora estaba aquí, frente a mí, respirando, viva, más real que cualquier cosa que hubiera visto en mi vida. Rachel me miró. Sus ojos rosados se deslizaron hacia mí con una lentitud calculada, midiéndome, evaluándome. Luego, con un movimiento brusco, giró hacia Liam, su ceño fruncido, sus ojos entrecerrados con una intensidad que prometía problemas.

—La carta era para ti, Liam —gruñó, y su voz no tenía nada de muñeca. Era un cuchillo envuelto en seda, una hoja afilada disfrazada de terciopelo—. Y no me culpes a mí por no saber que ibas a venir con alguien más. —Sus ojos rosados se clavaron en mí otra vez—. Y en especial a una mujer.

Las últimas palabras las escupió como si fueran veneno. O como si fueran una broma que solo ella entendía. No supe cuál de las dos cosas era peor.

—Cálmate —Liam le devolvió la carta con un movimiento seco— No es momento para escuchar tus quejas.

Rachel atrapó la carta con un movimiento rápido, casi perezoso, y la hizo girar entre sus dedos con una fluidez que delataba años y años de práctica. Sus dedos la pellizcaron con desdén, como si la carta fuera una ofensa personal. Luego me señaló con un gesto amplio, y luego señaló a ella.

—Ella es mi amiga, Aranza —dijo Liam, con esa energía suya que parecía no agotarse nunca— Aranza, ella es mi amiga, Rachel.

—Eres una maga, ¿verdad? —pregunté, antes de pensar, antes de que mi cerebro pudiera detener las palabras que ya estaban saliendo de mi boca.

Liam y Rachel se giraron hacia mí, sorprendidos. Liam con los ojos ligeramente abiertos, Rachel con la ceja todavía más alta que antes.

—Hechicera —corrigió ella, con un dejo de orgullo que le iluminó el rostro— Hay una diferencia. Los magos lanzan hechizos. Las hechiceras somos los hechizos —Hizo una pausa, como si esperara que esa información hiciera mella en mí. Luego sus ojos se estrecharon— Me sorprende que una humana como tú sepa quién soy. ¿Liam te lo dijo?

Iba a decirle que no. Iba a decirle que la había visto en sueños, que su cara había aparecido en medio de la noche, rodeada de cartas que brillaban con luz propia. Pero ella no me dejó terminar. Sus ojos ya estaban fijos en Liam otra vez, como si yo hubiera dejado de existir de repente.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó, y su voz era un látigo envuelto en terciopelo— Nunca vienes a visitarme a menos que sea algo que tú necesitas. Y cuando necesitas algo, siempre es algo complicado. Así que dime: ¿qué tan complicado es esta vez?

Liam levantó las manos en son de paz, pero su sonrisa no desapareció.

—¿Podemos hablar adentro? —señaló la puerta abierta con un gesto de la cabeza— Es privado.

—¿Qué tan privado?

—No es tan privado —dudó, y verlo dudar era tan extraño como ver a un pez intentar caminar— Pero muy privado a la vez.

Se miraron. Un duelo silencioso de dos personas que llevaban siglos conociéndose. Sus ojos se encontraron y en ese intercambio hubo más palabras que en toda la conversación anterior. ¿Eran amigos? ¿Rivales? ¿Algo más? La forma en que ella lo miraba, la forma en que él sostenía su mirada sin pestañear, me decía que su historia era más larga y más profunda de lo que ninguna de las dos estaba dispuesta a contar delante de una extraña.

—Pasen —dijo Rachel, abriendo la puerta de par en par.

La habitación de Rachel era todo lo que su dueña prometía y mucho más. No era una habitación. Era un palacio en miniatura. Elegante, enorme, con paredes blancas que parecían absorber la luz y devolverla más suave, más cálida. El piso de madera encerada reflejaba cada paso con un brillo que parecía líquido. Un candelabro de cristal colgaba del techo, sus prismas lanzando diminutos arcoíris sobre las paredes como si el arcoíris hubiera decidido mudarse allí. Y una ventana que abarcaba toda la ciudad se abría al fondo, mostrando un horizonte de edificios que se perdían en la distancia, diminutos desde esa altura. Pero el lujo no era ostentoso. Era natural. Como si ella respirara dinero y elegancia sin esfuerzo, como si hubiera nacido entre mármoles y terciopelos y ya no los notara. Nos sentamos en un sofá de terciopelo blanco tan mullido que mis piernas se hundieron en él como en una nube. Rachel ocupó un sillón frente a nosotros, un trono de terciopelo rosa que parecía hecho a su medida. Cruzó las piernas con una lentitud deliberada, apoyó un codo en el brazo del sillón, y con una sonrisa amable que no me tragué ni un segundo, me ofreció una taza de té humeante que no había visto aparecer.




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