Aranza
Cuando cayó la noche, estábamos en el bosque. Habíamos caminado desde la cafetería durante una hora. Una hora entera, a paso lento, esquivando calles iluminadas y miradas curiosas. El sol se había puesto hacía rato, y la ciudad, que durante el día era un hervidero de ruidos y colores, se había transformado en un mapa de sombras y luces artificiales. Cada farola que pasábamos proyectaba nuestras siluetas alargadas sobre el asfalto, como fantasmas que nos seguían sin hacer ruido. Cuando les pregunté por qué no podían simplemente cargarnos y correr a su velocidad sobrehumana, Liam me explicó con una sonrisa que, en la penumbra, parecía más brillante de lo normal:
—Hay humanos despiertos, Aranzita. —Señaló una ventana iluminada en el tercer piso de un edificio, donde se adivinaba la silueta de alguien moviéndose detrás de las cortinas—Si alguien nos viera volar entre las sombras, los rumores empezarían. Y los rumores atraen cosas peores que la policía.
—Cosas peores que la policía —repetí, sintiendo cómo la noche se volvía de repente más densa, más profunda— Qué tranquilizador.
—Es mi especialidad.
Ahora estábamos sentados en las raíces de un árbol enorme, esperando a Rachel. El bosque olía a tierra húmeda y a noche. A hojas que llevaban días caídas descomponiéndose lentamente, a musgo que crecía en las sombras, a algo verde y vivo que respiraba a nuestro alrededor. Las estrellas se colaban entre las ramas como pequeños testigos, parpadeando desde lo alto con una indiferencia que casi envidiaba. La luna, apenas un cuarto creciente, dibujaba sombras danzantes en el suelo de hierba. Mi padre se había recostado contra el tronco de otro árbol, sus ojos cerrados, su respiración lenta y profunda. El cansancio de la noche anterior aún pesaba sobre sus hombros, sobre sus párpados, sobre cada uno de sus movimientos. Rachel no había llegado todavía, y el silencio que se había instalado entre nosotros era de esos que no necesitan ser llenados. Hasta que Ian se acercó. Ian me ofreció una botella de agua. Su mano izquierda —la del vendaje negro que siempre llevaba en la muñeca, ese que nunca explicaba, que nunca dejaba ver— extendió el envase con un gesto casi mecánico, como si ofrecer agua fuera lo único que sabía hacer en momentos de silencio. O quizás era lo único que se permitía hacer.
—¿Agua?–preguntó con su voz neutra.
—Gracias.
Acepté y bebí. El agua estaba fría, casi helada, y me quemó la garganta al bajar. O quizás no era el agua. Quizás era la forma en que Ian me miraba desde la penumbra, con esos ojos suyos que parecían ver más de lo que yo mostraba. Cuando terminé, lo miré. Estaba de pie, unos metros apartado del grupo, como siempre. Como si no quisiera pertenecer del todo. Como si estar cerca de nosotros fuera un lujo que no se permitía del todo.
—Ian.
Me miró. No dijo nada. Solo esperó.
—Siéntate. Un rato.
—No, puedo estar parado.
—Vamos. Solo un rato.
—No.
—Que sí.
—Que no.
—Seguiré molestándote hasta que lo hagas.
Me miró. Largo. Tanto que sentí que el tiempo se detenía, que el viento dejaba de soplar, que el bosque entero contaba los latidos de mi corazón. Suspiró rendido.
—Eres insistente.
Se sentó a mi lado, pero dejó entre nosotros lo que yo calculé como un metro exacto. Lo suficiente para que sus brazos no me rozaran si gesticulaba. Lo suficiente para que no pudiera alcanzarlo sin estirarme. Lo suficiente para recordarme que él siempre ponía una distancia entre él y el mundo.
—Cuéntame de su mundo —dije, porque necesitaba llenar el silencio con algo que no fuera el latido acelerado de mi corazón, que de repente había decidido que estar cerca de Ian era motivo suficiente para desbocarse—. ¿Cómo es? ¿Qué seres hay? ¿Hay humanos?
—Creí que no me molestarías si me sentaba —respondió fastidiado, pero no me importó.
—Por supuesto —Sonreí, dejando que mis ojos se encontraran con los suyos—Pero como que tengo tu atención, decidí aprovechar.
Ian no respondió de inmediato. Pero algo en su expresión cambió. Un milímetro. Apenas nada. Un leve arco en una ceja, una mínima relajación en la mandíbula, un brillo que se encendía y se apagaba en sus pupilas. Pero yo lo vi.
—Allá es...antiguo —respondió al fin.
—¿Qué tan antiguo?
—Muy antiguo.
Sonreí. No pude evitarlo. Había algo en su tono, en esa forma de decir las cosas como si fueran obvias, que me hacía querer sacarlo de su caparazón. Quería ver si debajo de esa coraza de hielo había algo más. Algo que él mismo escondía.
—¿Estilo prehistórico? —pregunté, inclinándome ligeramente hacia él—¿Dinosaurios y todo eso?
—Eso es demasiado antiguo —Entrecerró sus ojos y por un segundo, solo un segundo, algo brilló en ellos, como casi una chispa de diversión—Es medieval. Castillos, aldeas, mercados. La gente viste con túnicas y armaduras. Las calles son de tierra.
—¿En serio? —Me giré hacia él, apoyando la espalda en el tronco del árbol para verlo mejor. El movimiento acortó la distancia entre nosotros. Ahora era menos de un metro. Ochenta centímetros, quizás. Lo suficiente para ver cómo la luz de la luna se reflejaba en sus ojos— ¿No hay coches? ¿Ni electricidad?
—La gente de allá viven como en la Edad Media. No han evolucionado tanto como los de este mundo —Hizo una pausa, y sus ojos se desviaron hacia la luna, como si buscara algo en su brillo—No han evolucionado tanto como los de este mundo. En vez de coches, hay carruajes. Y en vez de electricidad, hay muchas velas. Aunque admito que la electricidad es lo único que ha llegado allá. Pero es diferente a aquí —Su voz se volvió más baja, más íntima— Tanto los humanos como los otros seres la usan de otra forma. La magia y la tecnología se mezclan de maneras que aquí no entenderían.
—¿Otros seres?
—Seres mitológicos.
Mis ojos se abrieron como platos. Sentí cómo una corriente de emoción me recorría la espalda, un hormigueo que iba desde los hombros hasta la punta de los dedos. Todo lo que había leído en libros, todo lo que había imaginado en sueños, todo lo que creía imposible...
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Editado: 21.04.2026