Aranza
Doce años atrás.
—Mamá, ¿los ángeles y los demonios son reales?
La pregunta flotó en el aire de mi habitación, mezclándose con la luz tenue de la lámpara que mi madre había dejado encendida en la mesita de noche, con el olor a jabón de mi pijama recién puesta, con el aroma a lavanda que siempre la acompañaba. Afuera, la noche era quieta, y las estrellas que se veían a través de la ventana entreabierta parpadeaban como si también estuvieran esperando la respuesta. Mi madre, sentada al borde de mi cama, dejó de acariciar mi cabello por un segundo. Sus dedos, que habían estado desenredando los nudos con una paciencia infinita, se detuvieron justo en la mitad de un mechón, y sentí cómo el aire se volvía más denso, más lento, como si el tiempo mismo estuviera esperando lo que iba a decir. Me miró con esa sonrisa suya, la que usaba cuando no sabía bien qué responder pero quería que yo me sintiera segura de todas formas. Era una sonrisa que conocía desde que tenía memoria, una sonrisa que había visto en las mañanas de desayunos apresurados, en las tardes de deberes interminables, en las noches de insomnio como esta. Era la sonrisa de quien ha visto suficiente del mundo para saber que no todas las preguntas tienen respuesta, pero que eso no significa que deban dejar de hacerse.
—No lo sé, pequeña —dijo al fin, y su voz era suave, tan suave como las sábanas que me cubrían hasta la barbilla— Solo quienes han podido verlos con sus propios ojos pueden creerlo de verdad.
—¿Y tú crees en ellos?
Ella soltó una risita. Suave, como todo en ella. Como el tintineo de una campanilla lejana, como el rumor de un río que corre entre piedras. Era una risa que había heredado, me decía mi padre, y que yo, sin saberlo, había empezado a imitar sin darme cuenta.
—Eso ni yo lo sé —respondió, y sus dedos volvieron a moverse en mi cabello, lentos, rítmicos, como el latido de un corazón que no tenía prisa— No digo que no sean reales, solo que me impresionan sus historias. Y me gusta contarlas a alguien que también las disfruta.
—¿Como yo?
—Sí. Como tú.
Me acurruqué más bajo las mantas, sintiendo cómo el calor de su mano me envolvía, cómo la lana áspera de la colcha me protegía del frío que se colaba por la ventana. Miré el techo, donde las sombras de los árboles se movían como fantasmas danzantes, y dejé que mi imaginación volara. Imaginaba ángeles con alas enormes, tan blancas que dolía mirarlas, con túnicas de luz y voces que eran como el coro de todas las campanas del mundo. Imaginaba demonios con cuernos retorcidos y ojos de fuego, con alas negras que no reflejaban la luz, que la devoraban, que la convertían en sombra. Me daban miedo, pero también curiosidad. Siempre la misma curiosidad. La que mi madre había sembrado en mí con cada historia contada al borde de la cama, con cada libro leído en voz alta hasta que mis párpados pesaban tanto que ya no podía mantenerlos abiertos.
—Mamá, si tú vieras a un demonio... ¿qué harías?
Ella pensó. Su mano siguió acariciando mi cabello, lento, rítmico, como si el gesto la ayudara a encontrar las palabras.
—No lo sé —dijo al fin, y en su voz había algo que no sabía nombrar. Algo que se parecía a la honestidad, pero también a la tristeza— Tal vez me quedaría paralizada. Tal vez huiría. —Hizo una pausa, y sus dedos se detuvieron otra vez— Pero si tú estuvieras ahí, no lo haría.
—¿No huirías?
—No. Me quedaría. Lucharía. —Me miró, y en sus ojos vi algo que no había visto antes. Algo que se parecía a la promesa— Daría todo lo que tengo para protegerte.
Me incorporé un poco, las mantas resbalando por mis hombros, mis ojos muy abiertos, mi corazón latiendo con una urgencia que no sabía explicar.
—Pero mamá, yo también sería valiente. —Mi voz salió más aguda de lo que quería, más infantil, pero no me importó— ¡Yo también te protegería!
Ella rió de nuevo. Pero esta vez su risa era más suave, más honda. Como si mis palabras hubieran tocado algo dentro de ella que llevaba mucho tiempo callado. Como si, en ese instante, yo hubiera dicho exactamente lo que necesitaba escuchar.
—Lo sé, Aranza. —Se inclinó hacia mí, y sentí sus labios en mi frente, suaves, cálidos, eternos—. Lo sé.
Me besó en la frente. Y en ese beso hubo todo lo que no podía decir con palabras. Hubo las noches que me había leído cuentos hasta quedarse dormida en mi cama. Hubo las mañanas en que me despertaba con el olor de sus crepes recién hechos. Hubo los días de lluvia en que me abrazaba y me decía que el sol volvería, que siempre volvía. Cerré los ojos. Sentí cómo su mano volvía a mi cabello, cómo sus dedos seguían desenredando los nudos que el día había dejado, cómo su presencia llenaba la habitación de una luz que no era la de la lámpara. El sueño llegó despacio. Como el agua que sube, como la marea que cubre la orilla. Y en el último momento antes de perderme en él, la escuché susurrar:
—Te quiero, mi niña valiente. No lo olvides nunca.
No lo olvidé.
No lo he olvidado.
No lo olvidaré.
🌸
Actualidad
La pata de la Jorōgumo caía hacia mí.
El tiempo se ralentizó. No era una metáfora. No era una exageración. Era un hecho. El mundo se movía con una lentitud que no era natural, que no era posible, pero que estaba ocurriendo. Vi el ácido goteando de su extremo, cada gota suspendida en el aire como una joya de muerte. Vi la sonrisa triunfal en su rostro deforme, cada arruga, cada pliegue, cada centímetro de su piel estirada sobre los huesos. Vi a mi padre intentando ponerse delante de mí, su cuerpo moviéndose como si estuviera bajo el agua, sus brazos extendidos hacia mí, su boca abierta en un grito que no llegaba. Vi a Ian de rodillas, su espada a un lado, olvidada. Su mano apretada contra su pecho, sus ojos rojos brillando con una intensidad que no le había visto nunca. Vi a Liam atrapado contra el árbol, los hilos plateados apretándose alrededor de su cuerpo, sus músculos tensos bajo la ropa, su espada aún en su mano pero incapaz de moverse. Vi a Rachel, muda de horror, su boca cubierta por las telarañas, sus ojos desorbitados, sus manos inmovilizadas a los costados. Y entonces escuché su voz.
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Editado: 21.04.2026