Mateo tenía ocho años y Lila seis, y los dos compartían el mismo lugar favorito del mundo: un bosque grande y verde que quedaba justo detrás de la casa de sus abuelos. Allí, entre árboles altos y un río que cantaba entre las piedras, los hermanos habían encontrado algo más valioso que cualquier juguete: cuatro amigos muy especiales que los esperaban cada tarde.
Como cada día, cruzaron el sendero de tierra con las mochilas al hombro y las mejillas coloradas de tanto correr.
—¡Ya llegamos! —gritó Lila, agitando la mano hacia los árboles.
Entre las hojas se asomó una orejita marrón, y enseguida apareció Roco, dando saltos de alegría.
—¡Los estábamos esperando! —dijo el conejito, corriendo hacia ellos.
Mateo se agachó para acariciarlo, sonriendo.
—Nosotros también teníamos ganas de venir.
Desde lo alto, un búho gris los observaba con calma, y un ciervo se acercaba despacio entre los árboles, mientras una zorra de ojos brillantes ya preparaba, entre risas, algún juego nuevo para esa tarde.
Moraleja: la amistad más linda es la que se cuida todos los días.