Ese búho gris se llamaba Bubu, y era tan sabio como tranquilo: pasaba las horas mirando el bosque desde las ramas más altas, y siempre sabía qué decir en el momento justo. El ciervo se llamaba Ciro, grande y noble, con una calma que contagiaba a quien estuviera cerca. Y la zorra astuta se llamaba Zuri, de ojos brillantes y siempre lista con una idea ingeniosa bajo la manga.
Mientras se sentaban todos juntos bajo el roble más grande, Lila los miró y sonrió.
—Cada uno de ustedes es tan distinto —dijo, pensativa.
—Y eso es justo lo lindo —respondió Bubu, acomodando sus plumas—. Yo observo desde lo alto, y así puedo avisar si algo importante está pasando.
—Yo soy rápido y siempre estoy listo para ayudar —agregó Roco, dando un saltito orgulloso.
—Y yo encuentro soluciones que a nadie más se le ocurren —dijo Zuri, guiñando un ojo.
Ciro se acomodó junto a ellos, con su voz suave.
—Yo trato de mantener la calma, incluso cuando las cosas se ponen difíciles.
Mateo los miró a todos, uno por uno.
—Por eso son un gran equipo —dijo—. Cada uno tiene su propio don.
Moraleja: cada quien tiene un don que lo hace único.