El botón del fin del mundo

El botón del fin del mundo

*click*

El dichoso ruidito volvió a llamar su atención. Skanek-Pand se acercó con fastidio al teclado y golpeó las teclas.

25-8-6-4-9-14

Después, volvió a su tarea: encontrar por dónde habían entrado aquellas ratas a la habitación del avituallamiento.

Tenía allí comida para pasar tres vidas y no esperaba estar más que un pequeño trozo de una, pero una plaga de ratas bien podía acabar con todo en un par de noches. Además, ¿por dónde mierda habían entrado? Se suponía que aquel era un sitio estanco.

Lo habían terminado de construir con él allí adentro, antes de que se le pasara el efecto de la sedación, o al menos eso le habían dicho. Sin puertas. Sin ninguna obertura al exterior. A cincuenta metros de profundidad bajo una de las ciudades más grandes del Imperio Verde. Las paredes eran metros de puro hormigón con láminas de plomo. Jodidas ratas… ¿Cómo era posible?

*click*

Ufff, cada vez tardaba menos en sonar.

Unos meses atrás había descubierto que la mujer a la que había amado durante veinte años espiaba para el Imperio Azul, y que sus dos hijos eran tan espías como ella. Swirtha-Lepond había conseguido huir, pero había dejado a sus hijos indefensos en su casa, sin posibilidad de avisarlos sobre el descubrimiento de su padre.

Él los había entregado junto con todas las pruebas necesarias, y los habían ejecutado dos días después. Poco importó que acabaran de cumplir la mayoría de edad. Poco importó que cuando vio sus gestos relajarse por la droga mortal inyectada, le viniera a la cabeza el recuerdo de sus chapoteos en el agua cuando él les había enseñado a nadar en el lago Schwirles, demasiados pocos años atrás.

Cuando al día siguiente los militares habían accedido a su casa en el momento exacto para convencerle de que sacara aquella pistola cargada de su boca ofreciéndole esto, no le habían mencionado lo terriblemente pesado que podía ser el ruidito de los cojones y lo harto que iba a terminar de teclear la jodida combinación de números.

Se resignó, volvió al teclado y realizó su tarea, pero cuando iba a volver con las ratas, se quedó parado. Algo no cuadraba. Las pantallas de visualización del exterior se habían quedado congeladas. Todas.

La del telediario tenía al presentador con la boca abierta, a mitad de pronunciar una frase. La de las cámaras de vigilancia estaba paralizada en una esquina con un coche de color gris que estaba girando a la izquierda sin señalizar. Hasta el mapa donde podía seguir visualmente los datos de las diferentes batallas que se libraban alrededor del mundo se había quedado mudo y no mostraba más que los contornos de los continentes.

Comenzó con la primera técnica que cualquier experto en visualización habría empleado: soltarle un buen mamporro a la pantalla que tenía más cerca. No dio resultado. ¿Sería parte del simulacro? ¿Serían las putas ratas?

*click*

Otra puta vez…

Le dieron ganas de no teclear nada. Al fin y al cabo, tenía hasta tres clicks antes de que el arma se pusiera en marcha. Además, era un jodido simulacro. Estaba seguro. Qué iban a hacer, ¿matarle? Ya estaba muerto, de todas formas. Para tenerlo así de puteado, bien podrían haberle dejado pegarse un tiro.

Ya era el segundo simulacro y no llevaba allí ni dos meses. Sí, era el “arma de solución final”, el arma más importante y peligrosa que jamás se hubiera fabricado. Entendía que tenía que haber un protocolo de seguridad complicado y que garantizara que sólo se disparaba en caso de ser necesario.

Sin embargo, las lucecitas que confirmaban que sus superiores estaban en sus puestos llevaban dos días apagadas. Ninguno de los siete mandos que estaban involucrados había pulsado su botón en las últimas cuarenta y ocho horas.

Debería haberse preocupado, pero ya había pasado anteriormente. Simulacro. Nada debía ser real. Si no fuera por…

*click*

¡Agh! Tecleó de nuevo los números, sacudió otro par de pantallas. Nada. Las imágenes seguían congeladas. Se sentó en el sillón delante de la consola.

Hasta ahora ni siquiera se había atrevido a pensarlo, pero… ¿y si no era un simulacro?

¿Y si esta vez era verdad? ¿Y si todos esos altos mandos militares estaban fritos y criando malvas?

Estaba harto. Lo iba a dejar. Que sonara, le daba igual. Se marchó de nuevo al cuarto de la comida.

*click*

Decidió que, ya que estaba allí, comería algo. Agarró uno de los paquetes de cartón de un palé y lo abrió, sacando del mismo un par de latas de conserva. Comenzó con la que llevaba carne en salsa.

Aquello sabía raro. No estaba malo del todo, pero no sabía a lo que tenía que saber. Cuando se lo metía en la boca notaba al final un sabor metálico, medio amargo, no tan potente como para darle arcadas, pero sí lo suficiente como para notarlo y no dejarle disfrutar de su comida.

Dejó el bote a un lado y abrió uno de postre. Aquella fruta almibarada debía quitarle el mal sabor de boca, pero tuvo que escupirla conforme empezó a masticarla de lo mala que estaba. Dos ratas en el suelo pelearon por lo escupido. Miró el bote abierto y lo estampó contra una pared.

*click*

El segundo click sin responder le hizo volver a la sala de control. Allí seguían las pantallas, mostrando las imágenes estáticas. En el otro simulacro, había sido el tercer click el que había destapado el engaño. Después de no contestarlo, le habían hablado por los altavoces y procedido a inculcarle una pesada charla sobre su responsabilidad. Como si no la hubiera entendido. Había cumplido el protocolo a la perfección, no entendió cuál era el objetivo de aquella charla. Sabía de sobra que si activaba el arma era para destruir el mundo. Para asegurar el empate en la guerra en caso de ser evidente que se iba a perder.

Se sentó en el sillón y se quedó mirando la pantalla con el presentador del telediario congelado. Le pareció que la imagen se movía un poco, como si avanzara un frame.




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