El dolor era palpable en cada centímetro de mi piel. Sentía unas punzadas que me recorrían todo el cuerpo como si fueran pequeñas descargas, y cerré mis ojos con fuerza, concentrándome en el dolor como si tuviera alguna posibilidad de huir de él. Y entonces, sin previo aviso todo ese sufrimiento cedió. No desapareció, simplemente se vistió de una falsa calma, inquietante, como si algo lo hubiera apagado de golpe. Oscuridad. Eso es lo que recuerdo con absoluta nitidez, pero no era miedo lo que me producía. Era paz. Agradecí ese silencio. Un descanso que no había pedido, pero que sin duda tranquilizaba. También se coló por mi mente algo más. Un ruido. Un golpe seco, aislado. Sí. Recordaba haber oído un golpe, pero no quién lo había recibido, o qué lo había provocado. Después vino el frío. Un frío que se deslizó entre mis huesos como si quisiera reclamarme. Y, finalmente, el vacío. Un vacío tan profundo que borró cualquier resto de mí. Desde ese instante, no volví a sentir nada.