El brillo de los copos de nieve

Capítulo 3 — Madre

Llevaban dos semanas de casados y las cosas no pintaban tan mal como ella se había imaginado que sería. Hiro era un hombre bastante amable, aunque parecía de muy mal genio en general, se mostraba bastante atento con ella y ella, intentaba hacer lo posible para ayudar en la casa ya que no tenía mucho más pendientes. Hacia las compras, la limpieza y todo lo que estuviera a su alcance para que él, cuando regresara, no tuviera ningún pendiente salvo descansar.

Más, las sorpresas iban a comenzar a llegarle a Nadeshiko al atender la puerta esa mañana. Mariko, la hermana menor de Hiromu, había llegado a su casa con su hijo, apresurada, pasando y tirando los zapatos en la entrada mientras le hablaba con rapidez, sin darle tiempo a la muchacha a reaccionar. Cerró la puerta y la siguió dentro.

—Por favor, necesito que lo cuides. La niñera tuvo un accidente y mamá no está. Yuuhi es un irresponsable de primera y yo debo ir al trabajo. Eres mi única esperanza —dijo pasándole el niño a la muchacha, que no tenía idea si quiera de cómo cargarlo— aquí tienes una lista detallada de todo lo que le gusta y no. Aquí sus alergias, mi número de teléfono y en el bolso está todo lo que él necesita para pasar el día —dijo soltando todo en la mesa y el suelo, dejándole el carrito en la entrada.

Nadeshiko no tuvo tiempo a interrumpirla una sola vez. Y sin que le hiciera caso, la mujer salió de la casa, dejando sola a la adolescente con el niño, que al ver a su madre partir, comenzó a llorar ¡y era lo que menos idea tenía! ¿Cómo iba a hacer callar al bebé?

Buscó con rapidez la silla del niño y lo sentó encima, intentando leer alguna de las cosas que le había dejado de indicaciones ¡pero no había dicho nada de cuando el niño llorase! ¿Qué hacía? El niño seguía llorando y ella se ponía nerviosa porque no tenía idea de qué hacer. Probó con los juguetes y nada. Intentó hacerlo dormir y tampoco tuvo éxito. ¿Una siesta? No tenía idea. Era su primera vez cuidando a un niño y el llanto sólo la ponía peor. Lo cargó en brazos nuevamente y pensó que, a lo mejor, el jardín podría ser justo lo que buscaba. Salir, tomar aire, sentir el ruido del agua del estanque podría calmarlo, así que no dudó en hacerlo. Además, el sol brillaba y a pesar del frío, ella recordaba que de niña, aquello le encantaba, así que ni lo pensó.

Rogaba a todos los dioses que aquello diera resultado y pudiera calmarlo, pero no tenía suerte, así que empezó a caminar lento esperando que aquello sirviera ¡en buena hora le habían dejado un niño a ella!

—Así no se va a callar. Probablemente, tenga hambre — aseguró acercándose la vecina, hablándole por encima de la cerca.

—¿Tiene hambre? ¿Y qué come? —preguntó sintiéndose peor. Ella iba a terminar llorando con el niño si las cosas seguían así.

La mujer sonrió y le pidió que esperase, que cerraría su casa e iría a verla a ella. Nadeshiko corrió dentro con el niño, abriéndole la puerta a la mujer que apenas entró, lo cargó y comenzó a arrullarlo antes de sentarlo en la silla y ponerse a trabajar, dirigiéndose hacia la cocina. Allí, sacó algunas frutas para hacerle una papilla.

Nadeshiko la observó con detenimiento. La mujer trabajaba rápido, jamás había pensado que podría ser tan simple solucionar el problema. Cuando terminó, se sentó junto al niño y preparó a darle de comer. Comió cinco cucharadas y estuvo satisfecho, atendiéndolo para que eructara y luego, durmiera tranquilo su siesta.

Morimiya Ayame, como se había presentado la abuela, le explicó algunas cosas a Nadeshiko sobre el cuidado del niño. Incluso, como debía esperar ella a que el niño acabase de comer a su tiempo, sin prisas, sólo vigilarlo de cerca por si acaso.

—Cuando tenga hijos, ya sabrás esto y aprenderás otras cosas que sólo la practica te permite tratar —le sonrió tapando al niño con una cobija.

—Quizás. No creo que eso suceda con Hiromu —sonrió ella.

—Es tu esposo, seguro querrá.

—No creo. Nuestro matrimonio fue arreglado. No creo ser el tipo de mujer que busca él para formar su vida —dijo jugando con sus dedos, mirando su regazo.

******

No era un día especialmente concurrido. El frío y la nieve que cubría las calles podría ser un gran contra para el negocio, aun así, tenían una buena clientela para ser un día tranquilo. Y se acostumbraban a los picos de clientela, especialmente, en los días festivos que era cuando las parejas salían a comer fuera, pronto lo verían con las fiestas casi encima, así que hasta había contratado a un cocinero extra para poder llegar con los pedidos.




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