Me temblaban las manos.
No sabía por qué. Llevaba toda la vida frente a este altar, cada solsticio, desde que tenía memoria la poca que me quedaba, la que empezaba el día que me la robaron. Y sin embargo esta noche algo en mi pecho se negaba a quedarse quieto, como si mi cuerpo supiera algo que mi mente todavía no.
—Estás pálida —dijo Selene, ajustándome el broche de plata en el hombro con la misma delicadeza de siempre. Diez años haciendo esto juntas y todavía trataba mis nervios como si fueran de cristal—. Respira, Liora. Es solo un ritual. Lo hemos hecho mil veces.
Lo hemos hecho mil veces. Qué fácil sonaba en su boca. Para ella probablemente era cierto.
Los jardines del solsticio se extendían bajo un cielo sin estrellas, la niebla plateada enroscándose entre las columnas talladas como si el aire mismo tuviera hambre. La corte entera se había reunido, vestida de blanco hueso, con las caras vueltas hacia el altar donde ardía el fuego frío del Velo, esa llama azul que no calentaba nada, que solo marcaba el umbral entre lo que éramos y lo que el ritual decidiera que fuéramos después.
Toqué la cicatriz de mi muñeca sin darme cuenta. Un gesto viejo, uno que hacía cada vez que el miedo se me subía a la garganta y no tenía dónde ponerlo.
—¿Nerviosa por algo en particular? —preguntó Selene, con esa sonrisa que había aprendido a leer como un idioma propio: cálida por fuera, alerta por dentro. Siempre alerta. Nunca supe bien de qué.
—No lo sé —admití, y era la verdad más honesta que había dicho en semanas—. Es como si hoy fuera distinto.
Algo cruzó su expresión. Tan rápido que dudé haberlo visto.
—Todo va a estar bien —dijo, apretándome la mano con más fuerza de la necesaria—. Yo me aseguro de que así sea.
Detrás de ella, entre la multitud vestida de blanco, un espejo colgaba de una de las columnas, parte de la vieja tradición del solsticio, de cuando todavía se creía que los reflejos protegían de la magia mala. No reflejaba a nadie. Ni a Selene, ni a mí, ni a la corte entera detrás de nosotras. Solo niebla y el temblor azul del fuego.
Nadie más pareció notarlo. O quizás todos habían dejado de mirar los espejos hacía mucho tiempo.
—Liora Faelenn. —La voz de la Reina Ashwyn cortó el aire como si el mismo Velo hablara a través de ella. Estaba en el centro del círculo, la corona de hueso tejido brillando fría bajo la luna filtrada—. Da un paso al frente.
Solté la mano de Selene. Ella no la soltó del todo: sus dedos resbalaron de los míos con una lentitud que en otro momento no habría significado nada.
Caminé.
El fuego azul no daba calor, pero cuando me detuve frente a él sentí la estática helada trepar por mi piel, la misma sensación que describían los libros viejos de la corte cuando hablaban del Velo: como si mil agujas diminutas de hielo me recorrieran desde la nuca hasta la punta de los dedos.
—Esta noche, como cada solsticio, honramos lo que el Velo se llevó y lo que el Velo protege —recitó la Reina, con la cadencia de quien ha dicho las mismas palabras tantas veces que ya no las escucha.
Miré hacia la multitud. Varek estaba ahí, un poco apartado del resto, como siempre. No aplaudía ni recitaba con los demás. Solo miraba. Sus ojos encontraron los míos por una fracción de segundo, y algo en su expresión, no supe nombrarlo entonces, se quebró.
Después, todo pasó demasiado rápido para tener sentido, y al mismo tiempo, demasiado despacio para sobrevivirlo.
Un dolor agudo me atravesó el pecho, tan repentino que ni siquiera alcancé a gritar. Sentí el filo antes de verlo, frío, después caliente, después nada y mis rodillas cedieron sin que yo se lo pidiera. El fuego azul se inclinó hacia mí como si me reconociera. Alguien gritó mi nombre, lejano y deformado, como si me llamaran desde el fondo de un lago. La niebla se espesó hasta tragarse los rostros de la multitud, uno por uno. Vi la cara de Selene, no sé si horrorizada o simplemente sorprendida, justo antes de que mis piernas terminaran de fallar y el suelo pareciera abrirse bajo mí sin abrirse en absoluto.
Solo frío.
Solo silencio.
Y entonces, luz.
Abrí los ojos de golpe, el corazón desbocado, empapada en sudor frío. Mi habitación. Las cortinas blancas moviéndose con la brisa de la mañana. El mismo desorden de anoche sobre el escritorio: la carta sin terminar, la taza de té vacía.
Miré por la ventana.
El sol se alzaba exactamente donde se había alzado ayer.
Me llevé la mano al pecho, buscando la herida que sabía, que juraba, que había sentido.
No había nada. Ni una marca. Ni una gota de sangre.
Solo el eco de un dolor que mi cuerpo recordaba y mi mente insistía en que no había ocurrido.
Alguien tocó la puerta.
—Liora —la voz de Selene, alegre, ligera, como si nada hubiera pasado—. Vas a llegar tarde al ritual.
Me quedé mirando la puerta sin poder moverme.
Porque el ritual ya había pasado.
Y yo ya había muerto.
#576 en Fantasía
#2932 en Novela romántica
magia bikremly misterio mundos magicos, romance accin suspenso drama, romantacy
Editado: 24.07.2026